Capítulo 9: Intentando aclarar las cosas
by Evan on Nov.22, 2009, under
Llegó a su casa y se recostó en la cama sin siquiera sacarse los zapatos, le había agarrado sueño. Era comprensible siendo que no había podido dormir bien la noche anterior, ya que tenía a esa “cosa” en su habitación mientras él dormía y encima le despertó, ya una vez despierto había dormido intermitentemente y mal, que ahora tuviera sueño tan temprano era solo una consecuencia. Se giró en sí mismo sobre la cama para quedar boca arriba y mirar el techo blanco de su habitación, en ese instante recordó la sensación de abrazar a Jonathan, de jugar con sus dedos sobre su suéter y sintió algo extraño adentro. No podía explicarlo porque nunca antes lo había sentido, aunque haciendo un poco de memoria lo recordó, sí lo había sentido antes.
Esa sensación de sentir un hormigueo por todo tu cuerpo, un sabor dulce en la boca que se desborda por dentro y hace que tu corazón se ponga a latir de forma extraña, la había sentido por una chica cuando tenía unos siete años. Era una chica castaña de cabello lacio y muy largo, de unos dulces ojos miel, compañera de su curso en ese entonces, con unos labios pequeños y llamativamente rojizos, y con el ligero sonrosado de sus mejillas le daban aspecto de un ángel, pero nunca le había hablado más que dos palabras, porque le hacía tartamudear y le daba vergüenza. Una chica que luego nunca volvió a ver cuando terminó el año escolar.
-¿Qué es esto? –se preguntó en voz alta, sin entender lo que sucedía.
No es que Jonathan se parecía a una chica, para nada. De solo intentar imaginárselo se puso a reír, luego se sintió un poco tonto y se calmó, sacando esa imagen de su cabeza. Pero, ¿por qué entonces le daba la misma sensación? Cuando escuchó de él por tanto tiempo en el instituto, le dio mucha curiosidad por el hecho de tener la capacidad de percibir cosas que los demás no sienten o siquiera creen real, pero de eso solo encontró a un chico extraño, perturbado y cansado que se aislaba del resto. No sabía cómo se había animado a hablarle la primera vez, pero estaba agradecido por eso, no solo por el hecho de que le ayudaría a comunicarse con su madre, sino que porque Jonathan parecía ser muy buena persona, y más allá de que a veces parecía aislarse en una caja en la que no le permitía entrar, muchas veces le había mostrado otra faceta de sí mismo, de un chico con ganas de aprender cosas nuevas de la vida, con ganas de aprender a disfrutarla. Eso era lo más lindo que veía, que por pasar un tiempo con él, escuchándolo, acompañándolo, podía ver crecer poco a poco en él que en verdad tenía ganas de ver la vida en forma diferente. Se dio vuelta de nuevo y hundió el rostro en su cama, recordando la sonrisa de su rostro que pocas veces había podido apreciar, suspiró pensando que seguramente habían muchas personas como él, que no podían sonreír debido a que no podían mirar al mundo con los ojos con los que lo veía él, no podían ver la hermosura que llevaba, a pesar de traer consigo unas cuantas amarguras, pero de eso se trata. De eso siempre se trata la vida y el mundo.
Suspiró con un poco de cansancio y cerró sus ojos, intentando despejar su mente de las dudas que comenzaban a surgir en ella. Jonathan era un muy buen chico y si intentaba mirarlo de otra forma, podía decir que era bastante lindo, bueno, tomando en cuenta el peculiar color de sus ojos y esa forma penetrante de mirar, y aunque era más bien bajo y su piel no le era muy favorable, ya que debido a ser tan blanca, le remarcaba las ojeras bajo sus ojos, no podía decir que era feo. Porque, estaba bien, tenía un buen perfil, quitando todo lo demás, cejas rectas, nariz perfilada, boca ni muy fina ni muy gruesa o ancha, pero… era un chico. ¿Se había fijado en su boca? ¿Se había fijado en su piel? ¿Estaba pensando que era lindo?
-Dios, ¿qué está pasando conmigo?
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Se despertó de repente, estaba en la cama de su habitación y a oscuras. Seguramente tras haber llorado un buen rato se quedó dormido por el cansancio físico y mental, miró el reloj al lado de su cama y le marcaba las ocho de la noche, sintió un dolor de cabeza abrumador y la dejó caer sobre la almohada. Todavía no se había cambiado, así que se levantó y se puso un pantalón de algodón azul que solía usar para dormir y una fina sudadera de mangas largas, la ropa del instituto la hizo un bollo y la dejó sobre la mesa del escritorio que tenía frente a su cama para volver a acostarse, pero esta vez tapándose hasta la cabeza. Cerró sus ojos para seguir durmiendo pero luego de un rato sintió que golpearon su puerta, no la abrió ni contestó nada, quería hacerse pasar por dormido.
-¿Jonathan? –sintió que preguntó su madre y al no contestarle abrió la puerta-. ¿Jonathan, estás aquí?
No pudo evitar sentirse un poco injusto con ella, siendo que era ciega y seguramente pensaría que no estaba ahí y lo buscaría en otro lado, pero creería que no estaba en la casa si no le encontraba, entonces se removió bajo las sábanas y se decidió a contestarle, aunque no tuviera ganas de hablar.
-¿Qué pasa? –le dijo y sintió que se acercó.
-¿Qué tienes, hijo? –preguntó Eleonor sentándose a la cama y buscándolo, pero seguía bajo las frazadas, así que lo destapó-. ¿Por qué estás acostado tan temprano?
-Tengo sueño.
-Estás muy frío, ¿te sientes bien? –le preguntó su madre, evidentemente preocupada, y él se alarmó un poco.
-No es nada, estoy un poco cansado, pero estoy bien –intentó tranquilizarse pero la mujer le tomó el rostro con ambas manos y apoyó sus labios sobre su frente.
-No, no, Jonny, la temperatura de tu cuerpo no está bien. ¡Estás muy frío! –le dijo mientras se apartaba, sin soltarle el rostro, en medio de la oscuridad de su habitación.
-Estoy bien, mamá, sólo quiero dormir.
-No, seguramente estás por engriparte. ¿Quieres que te preparare un té con miel?
-No, solo quiero quedarme en la cama un rato… -su madre se quedó inmóvil un momento y no pudo ver muy bien sus facciones ya que la poca luz que entraba de la ventana que estaba arriba de su cama era escasa para que le dejara verla bien, pero podía apostar que estaba preocupada y se sintió un poco culpable con eso.
-Jonny… ¿Estás así por lo de Gabriel?
-No empieces, mamá –le pidió el chico dando un largo suspiro y apartándole sus manos para darse la vuelta y darle la espalda a su madre. Ella se apartó un poco y se quedó sentada sin moverse, aparentemente algo enojada.
-Jonathan, esto es serio –le dijo ella, entonces él la miró un momento-. Ya hace un año de su muerte y sigues en etapa de negación.
-Mamá, no me hables de etapas –le dijo él algo molesto-. Tú sabes bien lo que pasa. Tú sabes bien cómo me llevaba con él, cómo murió, cuándo, dónde y porqué. Y encima sabes lo que yo tengo.
-Hijo, escúchame –le pidió con voz serena buscando su mano y él intentó calmarse un poco, porque sentía que estaba a punto de gritarle-. Sé que… es complicado para ti, que te es más complicado más que a nadie porque puedes verlo. Pero si lo sigues viendo, es porque no lo dejas ir, no puede irse porque no le dejas ir.
Jonathan observó a su madre un momento, asustado y sorprendido por lo que decía. No tenía sentido, él lo dejaba ir, la cuestión era al revés, Gabriel era quien no se quería ir. Sacudió su cabeza negando una y otra vez, eso estaba mal, él lo había soltado. Lo había soltado en el mismo instante en que se le apareció.
-Jonathan, tienes que dejarlo ir. Tienes que aceptar que…
-Está muerto –le interrumpió-. Lo sé. Sé que está muerto mamá. Lo vi bien en el cajón ese día y no se movía… Lo vi bien y ya no respiraba. No respiraba, no sonreía, no lloraba…
-Jonny…
-Déjame solo, mamá. Digas lo que me digas, no puedes ayudarme –su madre se removió en la cama, algo incómoda y entonces la miró, le encontró los ojos llorosos y se contagió, de repente todo el peso del mundo se le vino encima y se sintió fatal.
-Te dejaré dormir, pero no te dejaré solo. Nunca te dejaré solo, hijo y siempre estaré dispuesta a ayudarte, aún así no me lo pidas ni lo quieras.
Eleonor se levantó y le dio un pequeño beso en la frente, para después levantarse e irse. Jonathan observó su habitación de reojo y notó que estaba solo, nadie lo había ido a visitar, Gabriel no había vuelto a aparecer. En cierta forma se sintió aliviado por eso, no tenía ánimos de verlo justamente en ese momento. Suspiró y recordó por un momento que al otro día sería sábado y había quedado con sus primos para ir al cine y con Gonzalo por lo de su madre, suspiró sin saber qué hacer. No tenía ánimos de ir al cine, pero ya había aceptado y en cuanto a lo de Gonzalo, si iba a su casa, no solo corría el riesgo de que su madre lo atacara de nuevo, sino también Gabriel, ya que le había prácticamente ordenado que no volviera a verlo. Quizás podía meditar los pros y los contras de ir a su casa… pero se sentía cansado y tenía ganas de llorar.
Se tapó, tomó su teléfono móvil por debajo de las sábanas y frazadas, y buscó en su teléfono el número de su primo Ariel, le mandó un mensaje de texto disculpándose por no poder ir al cine con él y Axel porque se había enfermado. Dejó el teléfono nuevamente sobre la mesa, junto al despertador y no esperó una respuesta, porque sabía que era muy probable que no la estuviera.
Se dio vuelta en la cama y cerró sus ojos. No sabía qué hacer, ni siquiera sabía en qué ponerse a pensar primero. Al menos tenía claro que tendría hasta las cinco de la tarde libre, porque luego iría a lo de Gonzalo, si es que iría. Quizás lo más coherente era intentar hablar con Judith pero sin el moreno de por medio, intentaría razonar con ella para saber exactamente por qué no le quería en su casa, inmediatamente pensó en Gabriel. Él había aparecido en lo de Gonzalo cuando fue a su casa, echado por Judith en ese entonces. Luego de eso, Gonzalo comenzó a comentarle que sentía cosas raras en su habitación, hasta que no aguantó más y tomó una fotografía. Tenía sentido pensar que Judith le ordenaba que se fuera, porque sin saberlo había conducido a Gabriel a la casa de Gonzalo, y éste estaba celoso de él y en cierta forma, quizás era una amenaza para Judith, pero había algo que seguía sin entender. ¿Por qué Gabriel no le dio un susto a Gonzalo o no le dijo nada para intentar alejarlo de él? ¿O lo había hecho y no le había dicho nada al respecto?
Confuso, volvió a girar en su cama, buscando una posición cómoda para dormir, pero se sentía desvelado. Pensó un momento en Gonzalo, no sabía qué hacer con él. Necesitaba su ayuda, porque tarde o temprano terminaría convirtiéndose en alguien parecido a él, incapaz de separarse del recuerdo de una persona fallecida muy importante para él, y encima, estaba la contrapartida que ahora que sabía todas las cosas que le había enseñado, si lo dejaba solo, en su desesperación por conseguir algo de información de los distintos medios para comunicarse con su madre, era muy probable que terminara por caminos peligrosos. En ese instante decidió que no lo dejaría solo, que no lo abandonaría a mitad de camino, por más que Gabriel le haya ordenado alejarse de él. Suspiro nuevamente y abrió sus ojos en medio de la oscuridad.
Sí, ayudaría a Gonzalo, porque no solo le había prometido ayudarle, una parte de él le pedía quedarse. No sabía bien por qué, pero Gonzalo se había convertido en una especie de puente para salir de su rutina, podía hablar con él sin sentirse anormal y encima… le consolaba y le apoyaba. Sabía que no debía compararlo con Gabriel, eran parecidos en algunos aspectos pero muy distintos en otros, pero no podía evitarlo. Quizás porque el chico le hacía sentir bien cuando estaba con él, quizás porque lo escuchaba, lo apoyaba y lo consolaba, quizás porque… ¿Por qué? Por lo que Gabriel decía. Se golpeó la cabeza un par de veces y se dijo que era imposible, Gabriel sólo estaba celoso y por eso lo decía, no es que lo que decía era verdad… No, para nada.
Se relamió los labios, sintiendo ganas de hablar con Gonzalo. Agarró su teléfono y miró la hora, eran cerca de las diez, mejor le dejaba solo y se ponía a dormir, aunque podía mandarle un mensaje de texto…
-¿Diciéndole qué? ¿“No puedo dormir, ¿y tú?”? –se susurró a sí mismo para después dejar el teléfono en donde estaba.
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Andaba en bicicleta a todo dar, mientras veía pasar a gran velocidad los postes que separaban su carretera del inmenso campo lleno de césped largo y muy verde. Sonreía al levantar la cabeza y ver las nubes mientras el viento fresco recorría todo su cuerpo. Frenó poco a poco y observó a sus alrededores, le encantaba visitar ese lugar aunque era bastante desierto y su madre le había pedido que no fuera a ver porque temía que le pasara algo. Pero no podía detenerse, era como un dulce caramelo prohibido, ya lo había probado, no podía dejarlo.
Buscó la “entrada secreta” que había encontrado y entró por ella, dejando la bicicleta roja cerca de la carretera. Al pasar al otro lado, sintió unos raspones en el brazo derecho y se quejó, se miró y encontró cuatro marcas largas y rojas en donde le salía un poco de sangre por haberse dado con unos de los alambres sueltos del agujero el tejido por el que había entrado. Se sobó un poco el brazo y le restó importante, continuó su viaje mientras jugaba a tocar los pastizales con sus dedos mientras miraba el cielo.
Cuando por fin llegó al pequeño lago no pudo evitar emocionarse, hacía calor y quería darse un chapuzón, así que se quitó las zapatillas y la ropa cuan más rápido pudo y se tiró al agua. Estaba nadando tranquilamente, hundiéndose y saliendo, nadando de un lado al otro para ver cuánto podía aguantar, pero cuando se decidió de cruzar el lago de punta a punta, a mitad de camino se chocó con algo. Asustado, levantó su cabeza del agua, pensando que quizás se había topado con algún ganso o alguna otra ave, pero al quitar bien los rastros de agua de sus ojos, lo que encontró no era precisamente un animal. Era una persona… una persona ahogada.
Horrorizado, retrocedió cuanto más pudo y sin poder dejar de mirar ese cuerpo blanco que flotaba en el agua, era un hombre que no conocía en lo absoluto. Intentó llegar a la orilla, pero al intentar alejarse de ese cuerpo sintió que algo le agarró de uno de sus pies y comenzó a llevarlo hacia abajo. El agua dulce comenzó a entrar por su boca mientras intentaba respirar y esa mano lo llevaba cada vez más hacia lo hondo de la laguna. Pateó con todas sus fuerzas a lo que se suponía que lo hundía pero el aire simplemente se le iba y en vez de respirar, solo tragaba agua.
Sobresaltado y aún pataleando, Gonzalo abrió los ojos y se sacudió para todos lados hasta darse cuenta de que había sido una pesadilla. Observó a su habitación, aún asustado y con el corazón en la boca. Encendió la luz de la lámpara que tenía junto a la cama y miró a todos lados, se miró a sí mismo en la cama toda desordenada por haber estado pateando dormido y todo sudado por el tremendo susto que se había pegado. Suspiró hondamente y se tapó la cara, no podía ser posible que ese sueño volviera a pasarle. Creía olvidada completamente esa parte de su vida, o creía que siquiera había sucedido, ya no lo recordaba. Quizás lo había soñado tanto que le parecía real, pero era cierto que ese lugar existía y siempre había ido a él. ¿Había pasado o no?
Dejó de cuestionarse sobre esas cosas cuando sintió un pequeño ardor en la pierna, automáticamente pensó en que la sensación del agarre aún le quedaba en el tobillo, pero cuando llevó la palma de su mano a la zona, pudo notar algo extraño en ella. Algo asustado, apartó las sábanas para mirarse el tobillo y cuando lo hizo se horrorizó, porque había una marca roja con forma de mano en su pie. Agarró su teléfono móvil y miró la hora, eran las tres de la madrugada y siete minutos. Más asustado aún, comenzó a mirar hacia todos lados, en particular hacia la puerta y se acurrucó contra el respaldar de la cama, sentándose allí y permaneciendo inmóvil. Buscó el número de Jonathan en el teléfono y se quedó quieto, observando a todos lados.
-Si algo extraño pasa, lo llamaré… Si algo extraño pasa, lo llamaré. Dios, ¿qué era lo que me había dicho que tenía que hacer? –se preguntó en voz alta a sí mismo, sin dejar de mirar la puerta.
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Tocó el timbre que estaba en una columna que estaba al lado de la entrada de las rejas y esperó un momento a ser atendido. Observó un momento los alrededores, habían varias casas de dos pisos modernas y muy vistosas, la gente caminaba mucho por las veredas y a lo lejos se notaban un par de edificios no muy altos, con algunos locales en las plantas bajas. Conocía un poco la zona, pero sin duda era más agradable que en la que él vivía.
Sintió que abrieron la puerta de la entrada y observó hacia dentro de la casa de Gonzalo, apareciendo éste caminando hacia él, vestido con un pantalón cargo de color beige y una campera de nylon negra. Caminaba observando sus llaves para buscar la que abría las rejas y cuando la encontró, abrió la puerta que daba a la calle sonriendo ligeramente, invitándole a entrar. Él pasó, y no supo bien por qué, pero se dieron un abrazo fuerte antes de terminar de entrar en su casa, para luego el moreno cerrar la puerta de la calle.
-¿Cómo estás? –sintió que le preguntó el otro estudiante y pudo notar algo raro en él, entonces lo observó con atención mientras caminaba a su lado para ir a la puerta de entrada.
-Bien, ¿y tú? Luces cansado…
-Lo estoy, no pude dormir mucho anoche –le comentó mientras se detenía junto a la puerta principal.
-¿Nervios?
-Más bien por otra cosa -el rubio no pudo comprenderlo completamente, pero no tuvo oportunidad para preguntar, ya que Gonzalo llevó la llave a la cerradura y lo observó con seriedad-. Bien, mi papá se ha ido con su esposa y mi hermano al cine hace cinco minutos, en teoría tenemos la casa para los dos como cuatro horas hasta que vuelvan. ¿Cómo haremos esta vez? ¿Entras primero tú, dices algo… digo algo yo…?
-Pasa tú –Gonzalo asintió y abrió la puerta para pasar él primero a la casa. Jonathan aguardó un momento para entrar, cerró sus ojos y suspiró hondamente, intentando concentrar su mente en enviarle un mensaje de paz a Judith para que ésta no le atacara.
Dio unos pasos y se quedó inmóvil, intentando percibir alguna presencia con sus ojos cerrados para agudizar su oído. No encontró a nadie, ni si quiera a Gabriel. Pero luego, sintió un pequeño sonido, a la izquierda, en donde recordaba que estaba el comedor. Aguardó un momento y abrió los ojos, encontrándose al moreno mirarlo atentamente.
No se dijeron palabra alguna, Jonathan simplemente se dedico a caminar unos pasos más hacia adelante hasta escuchar algo que le indicara que era bienvenido o que por lo menos no sería atacado. El rubio abrió sus ojos y Gonzalo caminó hacia uno de los sillones que estaban en el centro de la sala, entonces alguien salió del comedor, caminó por atrás de los dos y subió las escaleras.
-Jonathan… -sintió que le llamó el moreno, algo nervioso.
-¿Lo sentiste, lo viste? –le preguntó entonces pero no se movió.
-Alguien subió las escaleras –Jonathan asintió y recién entonces observó al otro estudiante a los ojos-. Era como una sombra negra… ¿verdad?
-Nos invitó a subir –aclaró él, Gonzalo se relamió los labios, más nervioso que antes.
-Bueno, ¿entonces subimos? –preguntó acercándose a las escaleras.
-¿Puedo hacerlo solo?
-¿Qué? –cuestionó algo sorprendido el moreno, mirando a Jonathan desde las escaleras-. ¿Por qué?
-Estuve pensando, y creo que es lo mejor –aseguró completamente convencido el rubio-. Así podré hablar tranquilo con ella y luego, dependiendo de lo que me diga, podrás hablar tú.
-No –reprochó Gonzalo-. Quiero estar ahí, además, ¿qué hay si te ataca de nuevo? Quizás la otra ve no te atacó tanto porque yo estaba ahí.
-Gonzalo, dame diez minutos con ella, y luego subes tú, ¿te parece? –preguntó el chico viendo cómo el otro torcía la boca en señal de desagrado-. Sólo diez minutos.
El moreno apartó la mirada hacia el ventanal de la sala, escuchando el leve tic tac del reloj que estaba contra la pared encima del televisor, lo observó y eran las cinco y media.
-Está bien, sólo diez minutos pero si escucho algo extraño, iré por ti.
-Está bien, pero no te quedes junto a la puerta, mejor sería en la escalera –Gonzalo bufó y asintió no muy convencido.
Subieron los dos la escalera, al llegar al final, Gonzalo se detuvo y el rubio iba a pasar de largo, pero se detuvo cuando sintió que le agarró la muñeca, entonces lo observó a los ojos.
-Jonny, ten cuidado, ¿sí?
Jonathan asintió levemente con su cabeza y terminó de subir la escalera, los dedos de Gonzalo se deslizaron lentamente por su muñeca a medida que él se alejaba y pasaron por toda la palma de su mano y sus dedos. Caminó hasta la habitación del chico sin mirar hacia atrás, con un agradable hormigueo en su mano. La puerta estaba abierta y no había nadie dentro, dio unos cuantos pasos dentro y luego sintió que la puerta se cerró a sus espaldas.
Gonzalo observó con muchos nervios a Jonathan entrar a su habitación, mientras él se quedaba de pie en el último escalón de la escalera. Cuando lo perdió de vista, se acercó a su habitación, consciente de lo que el rubio le había pedido y cuando estaba por mirar adentro, la puerta se le cerró en el rostro, sin que nadie la empujara.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo enteró y se intensificó en su nuca, se rascó y caminó nerviosamente hacia las escaleras, se sentó en el piso y aguardó en silencio. Se estrujó las manos una contra otra y miró a la nada, rogando a Dios, si existía, que no dejara que nada malo pasara.
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Se dio la vuelta, lentamente, y encontró de pie a Judith en la entrada a la habitación de Gonzalo. No lucía enfadada y el ambiente parecía tener una temperatura normal y eso lo tranquilizó un poco más.
-Hola, sé que me pediste que no regresara, pero de verdad necesito hablar contigo. Gonzalo necesita hablar contigo.
-Yo sé lo que Gonzalo quiere –contestó ella con voz suave y mirándolo fijamente a los ojos, unos ojos que eran casi idénticos a los de su hijo-. Yo sé lo que tú quieres.
Jonathan aguardó un momento en silencio, concentrándose en no dejarse llevar por el olor a sangre sino más bien en intentar comprender a la mujer. Judith se acercó unos pasos hacia él, sin perderlo de vista y luego en su rostro aparecieron facciones de enojo.
-¿Por qué lo trajiste aquí? –Jonathan no comprendió, pero cinco segundos más tarde lo entendió-. Por eso no quería que te fueras, porque lo trajiste a él.
-No era mi intención traerlo –aseguró Jonathan sin perder su semblante-. Si me habría dado cuenta de que me estaba siguiendo, no habría venido hasta aquí jamás.
-Ya es tarde.
-Lo siento… Yo sólo quería ayudar.
-Pues no ayudas. Sólo empeoras las cosas –aseguró severamente ella acercándose más y Jonathan se sintió intimidado-. Aléjate de mi hijo.
-¿No quieres hablar con él? –preguntó entonces-. ¿Sólo quieres estar con él, esperarlo?
Nuevamente, Judith mostró un rostro lleno de aflicciones ante esa pregunta, pero no dijo nada, entonces Jonathan sintió la necesidad de insistir.
-El desea hacerlo. El desea poder decirte, con su propia boca, que te quiere, que te extraña, que le haces falta –Judith no dijo nada y entonces se apartó un poco del estudiante-. Él se siente culpable por lo que te pasó.
-Lo sé –afirmó cabizbaja.
-Sé que no crees que es su culpa, pero él lo siente así. Si se lo dices, tal vez pueda entenderlo y aceptarlo.
-No puedo hablar con mi hijo, a no ser que tú y él se vayan –aseguró entonces la enfermera, levantando la mirada otra vez y poniéndose firme-. Porque contigo, él sufrirá.
-¿Podrías explicarme porqué?
-Lo sabes. Él ya te lo dijo. Te lo dijo anoche.
Jonathan sintió que algo en su interior se sacudió, con temor y con angustia. Entonces era por eso, sus sospechas habían sido ciertas. Todo esto, era por Gabriel. Suspiró y miró el piso, ¿qué podía hacer en estas circunstancias? Judith no cooperaría, Gonzalo no aceptaría un no y Gabriel tampoco.
-Aléjate de mi hijo, Jonathan. Aléjate de él por más que te persiga, por más que te lo pida o te lo ruegue, por más que tú no quieras –el rubio sonrió con amargura y luego observó a la mujer.
-Lo que siempre me molestó de ustedes es que no paran hasta conseguir lo que quieren –dijo el muchacho, algo enojado, entonces Judith se puso reacia-. No aceptan un no y abusan del poder de la fuerza desconocida para las personas. Atacan para extorsionar y conseguir lo que quieren. Son muy egoístas… y siempre afirman que es por el bien de uno. Pero saben que eso no es verdad. En el fondo lo saben.
Judith sonrió un momento e inclinó un poco su cabeza, mirando a Jonathan con curiosidad.
-Yo sé que eres un buen chico. Sé que siempre haces lo que es correcto y no lo que quieres, pero esta vez eres tú el que está siendo egoísta –afirmó ella y Jonathan se sintió más ofendido-. Porque no piensas en el bien de Gonzalo, solo piensas en lo que sientes por él. Podrás engañarte a ti mismo, pero no a mí.
Jonathan guardó silencio, sintiéndose enfadado de escucharla, pero sabía que tenía razón.
-Tiene que haber otra manera –dijo él, algo desesperado-. Tiene que haber una manera de cambiar las cosas.
-Ya tienes esa respuesta, sólo que no la quieres mirar.
-Ayúdame entonces –pidió el chico, acercándose a la madre de Gonzalo, que lo miraba indiferente-. Ayúdame a abrir los ojos y encontrar la respuesta.
-Si él se va, podrás acercarte a mi hijo. Mientras eso no suceda, no voy a dejarte, porque tú sabes mejor que yo quién es él y lo que puede hacer –Jonathan se mordió el labio inferior, sintiéndose encerrado en un círculo vicioso del que no estaba seguro poder salir. Gonzalo no aceptaría un no, Judith no le dejaría acercarse hasta que Gabriel no se alejara de su hijo, Gabriel no dejaría de molestar a Gonzalo hasta que se alejara de él-. Es mi última advertencia, luego, no seré tan amable contigo.
-¿Por qué no quieres comunicarte con él? Si aceptaras, me alejaría más rápido de la vida de Gonzalo –Judith se acercó a una velocidad impresionante, la misma con la que había visto a Gabriel muchas veces y se le puso a escasos centímetros de su rostro, mirándolo con enojo y desprecio, obligándolo a retroceder.
-Porque tú no sabes nada sobre mi hijo ni de su vida o de la mía y no voy a dejar que alguien como él se entere, porque tendría más cosas con qué atormentarlo. ¡Así que lárgate, intruso, que ya suficiente te he dicho!
Jonathan se chocó contra algo y perdió un poco el equilibrio, hasta quedar apoyado contra la pared, entonces comenzó a sentir frío. Estaba hecho, ya no podría razonar con ella y tenía que elegir algo para hacer. Lo más sencillo era alejarse de Gonzalo. Lo más razonable era irse.
Mientras tanto, Gonzalo continuaba mirando el reloj de la pared que estaba arriba del televisor, observando atentamente la aguja del segundero dar la vuelta completa otra vez y sumar un minuto al día que transcurría. Se removió ansioso, habían pasado ocho minutos y aunque estaba atento al reloj, también lo estaba a los sonidos de la casa.
Se rascó la nuca al sentir un hormigueo incómodo y en ese instante pudo notar cómo las finas cortinas que cubrían los amplios ventanales que daban al patio trasero comenzaron a moverse, como si alguien pasara rápido cerca de ellas. Las observó con más atención y en el rincón de la cortina que estaba más lejos, pudo encontrar una silueta.
Sintió que su corazón comenzó a latir con fuerza y se fregó los ojos, para observar de nuevo hacia ese rincón de la casa. ¿Lo estaba imaginando o eso de ahí parecía ser un hombre oculto tras las cortinas blancas? Se veía algo gris y las cortinas se movían de adelante hacia atrás, como si alguien respirara y su aliento las hiciera bailar. Buscó sus pies y no los encontró, entonces sintió una especie de ronquido o gruñido y se sobresaltó, poniéndose de pie de inmediato.
Dudó un momento si salir corriendo hasta Jonathan o de comenzar a caminar de un lado al otro sin saber qué hacer. Entonces, quitando su mirada de esa cosa extraña que parecía una persona escondida, corrió hasta el baño y se enjuagó el rostro con agua fría.
-Cálmate, Gonzalo, cálmate –suspiró el moreno, cerrando sus ojos y apoyándose en el lavatorio-. Se parece mucho al de la foto que tomaste la otra vez y al que viste anoche cruzar el pasillo, pero esta vez solo te lo estás imaginando… -se dijo el chico para intentar convencerse a sí mismo, mientras negaba con su cabeza un par de veces.
-Sí, sólo te lo estás imaginando –sintió que una voz extraña le dijo tras su espalda.
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