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Capítulo 10: Entre preguntas y miradas

by Evan on Nov.22, 2009, under



Se quedó inmóvil al escuchar esa voz masculina, observó a través del espejo pero no encontró a nadie con él, luego se dio la vuelta y miró el resto del baño, pero seguía igual de solo. Intentó tranquilizarse respirando honda y pausadamente, y esperó un momento a que esa voz se escuchara de nuevo, pero eso no sucedió. Quizás sí había sido su imaginación…

-Claro –escuchó Gonzalo-. Todo lo que sucede, lo imaginas.

-¿Qué? –preguntó, confundido. ¿Quién era, acaso era el de las fotografías? ¿Intentaba burlarse, asustarlo…?

-Ten cuidado con lo que piensas, chico listo.

-¿Quién eres? –se atrevió a preguntar el moreno, completamente nervioso y confundido, sin dejar de mirar cada rincón de la habitación.

-Tu peor pesadilla si me haces enojar. Aunque ya estás al borde de eso…

Gonzalo se quedó estupefacto ante aquella advertencia y no supo cómo reaccionar. ¿Era en verdad el chico de las fotografías? ¿Y qué había hecho él para enojarlo, o mejor dicho, porqué estaba ahí?

-Son demasiadas preguntas como para que me den ganas de respondértelas todas. Pero sí, soy él –sintió que dijo la voz.

-¿Necesitas… algo? –preguntó dudoso, aún con los nervios de punta.

-De hecho, sí –contestó el extraño-. Por eso decidí hablarte.

-¿Qué es?

-Aléjate de Jonathan.

Gonzalo no comprendió exactamente por qué la voz le pedía eso, ¿acaso había acertado en que Jonathan lo conocía? ¿Entonces por qué le impedía acercarse a él? Pero, ¿por qué Jonathan no le había contado nada? ¿Por qué, siendo que Jonathan sabía tanto de espíritus y sus razones por las cuales se quedaban atrapados en este mundo, tenía a un familiar o un conocido que estaba estancado y no lo ayudaba?

-Sigues haciendo demasiadas preguntas, demasiados porqués –sintió que dijo la voz, sacándolo de sus pensamientos-. Haz lo que te digo, déjalo en paz. Él no necesita un chico mimado como tú. Nunca podrías entenderlo, mucho menos hacerle un bien.

-Pero, ¿por qué…?

-Te aconsejo que hagas lo que te digo –le interrumpió-, si no quieres seguir teniendo visitas como la de anoche, porque si lo haces, sabrás de lo que soy capaz de hacer y ahí sí tendrás más de una razón para no poder dormir.

Gonzalo quedó más confundido y asustado, si podía, y en ese momento sintió un ruido brusco en la habitación de al lado, que era la suya y donde Jonathan se encontraba en ese momento.

-Si ella lo ataca de nuevo, yo te atacaré el doble –sintió Gonzalo que le dijo la voz, pero no le importó, porque fue más importante salir corriendo en busca del rubio que pensar en lo que le decía.

---

No comprendió bien lo que había sucedido hasta que vio a Gonzalo frente suyo. Sentía un dolor de cabeza horripilante y náuseas, su cuerpo no le respondía bien, ¿acaso se había desmayado o por qué estaba cerca de la cama? Lo último que recordaba era…

-Jonathan, ¿estás bien? ¡Mírame! –sintió que le pidió Gonzalo mientras le sostenía el cuerpo agarrándolo de la cintura de un brazo para sostenerlo y con el otro le agarraba el rostro para verlo bien-. ¡Jonathan!

-¿Por qué estás aquí dentro? –le preguntó, pero luego se sintió un poco estúpido por ello. Gonzalo se preocupaba y lo primero que él le decía era porqué estaba ahí, a veces olvidaba el poco tacto que tenía con las personas.

-¿Cómo que por qué? ¡Sentí un ruido raro, me preocupé y vine! –exclamó el otro mientras lo ayudaba a sentarse y se arrodillaba a su lado-. Además ya pasaron los diez minutos, ¿qué sucedió?

El rubio intentó recomponerse, se llevó la mano a la nuca y sintió algo extraño, entonces observó su mano y en ella pudo ver algo de sangre. Aún sin poder procesarlo, Gonzalo le agarró la mano con rapidez y se la miró, dejándolo sin chance de ocultársela, y en ese momento, se miraron a los ojos.

-¿Te… ¡Te lastimó la cabeza!?

Y automáticamente el moreno llevó una de sus manos hasta donde estaba la herida y él se quejó, pero cuando le tocó la nuca y el resto de la cabeza, Jonathan no sintió ningún dolor. La mano de Gonzalo estaba limpia y sin rastros de sangre, entonces Gonzalo se acercó y continuó palpando con sus manos, alguna herida en la cabeza, pero no había ninguna. Ambos se alarmaron y comenzaron a mirar su cuerpo por todos lados, buscando algo más, pero solo tenía sangre en las manos. ¿Eso significaba que la sangre no era suya? ¿Cómo podía ser posible?

-Esto… ¿Qué es esto? -tartamudeó Gonzalo, mirándole las manos al rubio sin comprender qué sucedía, si Jonathan no tenía ninguna herida abierta, ¿cómo era posible que tuviera sangre?

Y entonces Jonathan lo recordó, Judith se le había acercado demasiado y él la había empujado para apartarla y salir, pero lo jaló para hacerlo regresar y le hizo caer junto a la cama.

-Jonathan… ¿Qué demonios sucede? –sintió que le preguntó el otro estudiante y entonces lo observó a los ojos de nuevo-. Esto no tiene sentido…

-¿Cuándo a una cosa de estas podemos encontrarle sentido? –preguntó entonces él y Gonzalo se removió incómodo y algo fastidiado.

-¡Ya! ¡Entiendes lo que quiero decir! –se exasperó el chico y él miró hacia otro lado-. Okay, lo siento. No quería gritar, pero estoy muy nervioso y siento que voy a explotar –se disculpó el moreno y suspiró hondamente, luego le agarró los brazos y bajó por ellos, para mirar la sangre de sus manos.

-Lo sé, sólo intenta tranquilizarte…

Jonathan continuó observándose un momento más las manos, pero comenzó a marearse y el solo hecho de recordar ese rojo tan latente y vívido, comenzó a sentir un poco de náuseas.

-Gonzalo, necesito ir a lavarme… -le pidió el rubio y entonces Gonzalo lo observó a los ojos-. No creo que pueda estar mucho más con esto en las manos…

-Okay, no te preocupes. Ven, te ayudo.

El moreno le ayudó a incorporarse y lo acompañó al baño, muy atento por si ese extraño ser aparecía de nuevo, pero no lo encontró. Una vez dentro del baño, Gonzalo le arremangó la ropa para que Jonathan pudiera lavarse las manos con mayor comodidad. Lo observó hacerlo un momento, con nerviosismo y bastante tembloroso, entonces, sin preguntarse siquiera porqué, se le acercó y le ayudó a enjabonarse las manos y fregárselas para quitarse todo rastro de sangre que pudiera quedar. Jonathan alzó su vista hacia él cuando comenzó a hacerlo, pero él lo observó una milésima de segundo y regresó su visión a sus manos, sonriéndole ligeramente.

Una vez enjugadas las manos, notaron que tampoco tenían lesiones. Ambos se las secaron y permanecieron allí en silencio, Jonathan apoyándose del lavatorio y Gonzalo a un costado, contra la puerta.

-No pudiste comunicarte con ella, ¿verdad? –preguntó de pronto el moreno-. Pasó lo mismo que la otra vez…

-Algo así –respondió entonces Jonathan, sin levantar la vista del lavatorio blanco, aún intentando reacomodar su cabeza con todas las cosas que le había dicho Judith.

-Jonathan, ¿por qué no quieres contármelo? –cuestionó el chico, acercándose a él-. Mírame, Jonathan –le ordenó entonces y el rubio levantó la mirada y se encontró con esos ojos cafés que ansiaban una respuesta que no sabía si podía darle-. Si mi madre ahora no es como yo creí que era, dímelo… Dímelo y dejaré de atormentarte con esto.

-No es eso –dijo él, negando con su cabeza un par de veces para después suspirar y desviar otra vez la mirada-. No es tu madre, Gonzalo…

-¿Qué quieres decir?

-Es… complicado –dijo él, luego volvió a observarlo-. Gonza, necesito irme de aquí –le pidió con cansancio, sintiendo deseos de dormir.

-¿Te quieres ir? –le preguntó y entonces asintió levemente, Gonzalo suspiró y miró el piso, aparentemente decepcionado.

-Hablemos fuera –le dijo entonces-. Si quieres, hablemos fuera, pero no aquí… Ya no puedo estar aquí sin sentirme amenazado. Esto me pone exhausto y me siento muy desganado.

Gonzalo lo observó un momento las facciones del rubio, de verdad se veía cansado, con ganas de dormir y hasta podría decir melancólico, entonces solo asintió un poco y abrió la puerta del baño.

-Okay, déjame ir por un abrigo y salimos un rato, ¿quieres?

---

Se sentó en una banca de madera que encontró vacía de aquella enorme plaza que estaba cerca de la casa del moreno aunque algo más apartada de la suya, Gonzalo se sentó a su lado con las manos en los bolsillos de su campera impermeable grisácea, aparentemente con frío ya que había mucho viento. El rubio observó a los alrededores y se percató que no había mucha gente en la calle, quizás en consecuencia al frío.

-¿Y bien? –sintió que le preguntó el moreno, algo impaciente, él observó el piso.

-No quiere saber nada de mí –admitió Jonathan con un poco de tristeza-. Lo siento…

-Pero, ¿por qué? –insistió el estudiante-. Dame más detalles, qué te dijo, cómo, porqué…

Jonathan suspiró y levantó la mirada hacia la calle que tenían enfrente, sin estar seguro si contarle a Gonzalo la verdad era lo mejor. Tenía un poco de temor que lo culpara y que incluso lo rechazara, y no tenía ganas de sumar otra persona a esa lista, no quería que él formara parte de ese grupo. No quería que lo juzgara.

-Demonios, Jonny. ¿Por qué te quedas callado?

Jonathan miró a Gonzalo y en ese momento lo decidió. Si le mentía, el moreno tarde o temprano terminaría por descubrirlo y sería peor, porque le guardaría un resentimiento enorme, sin duda alguna. Si le decía la verdad, había las muchas posibilidades de que lo entendiera y lo soportara, y que las que simplemente lo rechazara y se alejara.

-Hay cosas de mi pasado que no le gustan –admitió por fin el rubio, pero tuvo que desviar su mirada de los ojos cafés de Gonzalo--. Por eso es que ella no quiere usarme como intermediario.

Gonzalo guardó silencio un momento, analizando lo que su acompañante le decía mientras esperaba que continuara hablando, pero el rubio no lo hizo.

-¿Qué cosas? –preguntó entonces con seriedad. Jonathan se inclinó hacia adelante y se apoyó en sus rodillas, entrelazando sus manos y mirando al piso.

-Cosas complicadas –admitió él y luego guardó algo de silencio otra vez-. A veces me gustaría olvidarlas… -le confesó afligido, luego levantó una de sus manos temblorosas y se la llevó al rostro y luego la apartó rápidamente, como secándose una lágrima-. Pero por más que quiera, no puedo, y no debo hacerlo, porque son sucesos que compartí con alguien que era muy especial para mí.

El moreno aguardó en silencio a que Jonathan se soltara y comenzara finalmente a relatarle las cosas que tenía que contarle, en silencio porque tenía la sospecha de que era algo serio y tenía que guardar respeto. No por nada el rubio estaba llorando, no por nada, parecía luchar contra unos recuerdos que lo abrumaban.

-Hace algunos años, yo… -Jonathan suspiró y se inclinó hacia atrás, mirando el cielo nublado que lentamente oscurecía-. Esto es muy difícil…

-Imagina que no estoy aquí –dijo entonces Gonzalo y Jonathan lo observó algo sorprendido-. Quizás te es más fácil pensar que estás solo y que a nadie le importará lo que digas, puesto a que estás solo, aunque no sea así.

-Está bien, voy a intentarlo…

¿Por qué tenía que ocultárselo? ¿Acaso tenía la obligación de decírselo? No, era una opción. Pero de esa opción, Gonzalo tenía otra, y de esa opción era de la que tenía miedo en realidad.

-El que salió en la fotografía de tu habitación, yo lo conozco…

Tal y como lo había sospechado, Gonzalo guardó silencio un momento intentando no impacientarse a derribar esa barrera que Jonathan lentamente se decidía a desarmar, pero no podía evitarlo. No podía evitar sentir ansiedad por el deseo de saber, por el deseo de tener una respuesta que pudiera aclararle la razón por la cual su madre no quería utilizarlo como médium.

-¿Quién es? –preguntó entonces el moreno con toda la suavidad que pudo, mas Jonathan no levantó la mirada.

-Gabriel Santana –contestó-. Una persona por la cual yo hubiese dado la vida… Pero terminó siendo al revés.

-¿Qué quieres decir? –preguntó Gonzalo, para después arrepentirse, pues con tal sólo pensar unos segundos, creyó entenderlo todo.

-Era mi pareja, Gonzalo. Mi novio –aclaró Jonathan sintiéndose un poco ofendido de tener que explicar tanto, de tener que empezar a sacar las cosas que no tenía ganas de llevar a la luz-. Hace un año, falleció.

El moreno no supo qué hacer o qué decir. No supo porqué, pero comenzó a sentir taquicardia y unos nervios que lo incomodaban. ¿Había escuchado bien? ¿Novio? ¿Y había muerto? En su interior sentía una marea de razonamientos que lo golpeaban tal cual las olas gigantes y peligrosas, en un mar en el cual no llegaba a hacer pie. ¿Por qué estaba su espíritu aún por aquí? Quería proteger a Jonathan, ¿por eso le había dicho esas cosas en el baño? Pero, ¿por qué? ¿Acaso… eran celos? ¿Por eso es que le decía que lo deje en paz? ¿Pero porqué se quedaba en su casa?

De repente, Gonzalo sintió que cualquier gesto de su cuerpo y palabra que saliera de su boca, podían ser la daga con la que podía lastimar a Jonathan, porque éste le miraba atento, buscando una reacción para salir corriendo, gritar, insultar o alguna cosa de esas. Estaba muy consciente de eso, comprendía que Jonathan seguramente estaba buscando alguna aprobación por lo primero que había dicho, pero no podía entender muy bien porqué la buscaba. Sin embargo, el moreno se sintió más tocado por el hecho de saber que ese chico estaba muerto, más que por el saber que Jonathan era gay. En cierta forma, ese asunto… no le dio tanta sorpresa, pero no tenía sentido. Quizás lo imaginó o… lo sintió. No lo sabía, porque de alguna u otra forma, Gonzalo comenzaba a sentirse distinto, aliviado y a la vez, presionado de nuevo, en otra parte.

Pero nada de eso importaba, porque ese chico estaba muerto, había sido su pareja, y aún continuaba atado a un mundo que no le pertenecía, eso era lo más shockeante, siendo que Jonathan sabía tanto del tema. Eso solo podía significar una cosa, eso que tanto el rubio le había dicho: él era, probablemente, esa persona que no escucha lo que él quiere decir, dejándolo atado aquí, pero ¿porqué?

-Lo lamento… –dijo entonces, buscando librarse de la guerra de razonamientos dentro de su cabeza, y notó como Jonathan abrió más los ojos, sorprendido quizás-. Lamento oír que ya no esté contigo, al menos en ese sentido, eh, o sea... –Gonzalo sintió que se enredó en sus propias palabras mientras intentaba explicarle al otro estudiante lo que sentía, comenzó a sentirse nervioso al ver que Jonathan le miraba fijamente y se rascó la cabeza-. Bueno, creo que me entiendes lo que quiero decir...

Jonathan continuó con los ojos igual de abiertos que antes y desvió la mirada.

-Sí –contestó el chico, casi absorto de su entorno. Sorprendido aún, que Gonzalo no le dijera nada acerca de su homosexualidad. ¿Por qué? ¿Qué acaso no era un chico de las afueras de la ciudad? La gente del exterior por lo general tendía a sentirse repelida ante el solo hecho de saber que alguna persona es gay, o por lo menos, en mayor cantidad comparándoselas con la gente de la ciudad, ¿por qué él no? ¿Le había tratado de tonto todo este tiempo o es que Gonzalo era de mente más abierta de lo que pensaba que era?

-¿Está tratando de protegerte de mí, verdad? –sintió que le preguntó Gonzalo de repente y lo miró a los ojos, más sorprendido si podía, porque al final, el moreno parecía ser una caja de sorpresas-. Bueno, es que… me ha hablado.

-¿Qué? –Gonzalo torció la boca y desvió la mirada, rascándose la nuca de nuevo y moviendo sus pies, en señal de frío-. ¿Te habló? ¿Qué te dijo?

-Lo mismo que mi mamá te dijo a ti, que me aleje de ti.

Jonathan observó un momento el piso, analizando. Ya suficiente malo era que estuviera en su casa, como para que ahora le hablara. Tenía que acabar con todo el asunto pronto, porque no tenía el presentimiento de que las cosas pudieran terminar bien.

-Hay algo que no entiendo, ¿qué tiene que ver él con mi mamá, Jonny? –cuestionó el moreno, mirándolo de nuevo a los ojos y se sintió incómodo. ¿Cómo explicar en una tarde, lo que le había ocultado durante todo ese tiempo desde que se habían conocido?

-Ese es el tema. Es complicado –dijo Jonathan, llevándose la mano a la frente y frotándosela, como si tuviera un dolor de cabeza.

-¿Pueden hablar? ¿Pueden verse? ¿Se atacan entre ellos, o cómo es? ¿Por qué es que…?

-Gonzalo, no puedo responder tantas preguntas a la vez…

-Lo siento –se calmó el moreno y miró el piso de nuevo. Se hizo un momento de silencio y notaron que las farolas de aquella plaza se encendieron, pues estaba anocheciendo.

-Gabriel es muy celoso y tu madre cree que puede lastimarte porque eres mi amigo –comentó Jonathan levantando la mirada hacia el otro estudiante, que lo miraba perplejo-. Por eso no quiere que esté cerca de ti, porque Gabriel también lo estará. Ése es el problema. 

Gonzalo guardó silencio, comenzando a comprender. Por eso le había dicho “si ella lo lastima, yo te haré el doble”, por eso le exigía que se aleje de él.

-¿Va a hacerme algo? –preguntó un tanto angustiado el moreno-. Digo… Porque yo no quiero dejar de ser tu amigo, Jonny.

-Yo tampoco –asintió él, sin levantar la mirada del piso-. Pero tampoco quiero que por mi culpa te pase algo. Además, con todo esto, no podrás hablar con tu madre…

-Pero, es que… -Gonzalo intentó justificar, dar una razón por la cual tenían que seguir, pero no encontró ninguna. Se acercó un poco más a Jonathan y se inclinó, hasta que su rodilla chocó contra la pierna de Jonathan y éste lo miró, entre sorprendido y confuso. Quiso buscar su mano, pero él las escondió entre sus brazos cruzados antes de que pudiera agarrarla-. Esto… Jonny…

Ambos guardaron silencio mirándose a los ojos, hasta que el rubio volvió a mirar el piso. Gonzalo se rascó la cabeza mientras sentía que los nervios terminarían de revolverle el estómago.

-¿Qué vas a hacer? –le preguntó entonces, desviando la mirada hacia la calle, sintiéndose frustrado de no poder decirle que no le importaba lo que llegara a pasarle.

-Lo más sensato –respondió él y entonces volvió a mirarlo-. No voy a dejar que…

-No –le interrumpió y Jonathan lo miró sorprendido-. No digas que no vas a dejar que me haga nada, porque eso no sería lo más sensato –aseguró Gonzalo totalmente convencido de la situación-. Lo más sensato sería averiguar por qué es que Gabriel sigue atascado aquí, al igual que mi madre.

El rubio negó un par de veces con su cabeza y luego volvió a desviar la mirada al sentir que le picaban los ojos a causa de las lágrimas que empezaban a formársele con total facilidad, intentó levantarse, pero sintió que algo le tomó de un hombro y luego del otro. Gonzalo se había puesto en pie antes que él y lo miraba fijamente, con una convicción que le pareció aterradora, pues no quería que fuera Gonzalo el que se metiera en su cabeza.

-Espera, Jonny. Tú fuiste el que me enseñaste que los espíritus que se quedan estancados aquí por tres razones posibles, Gabriel cumple con dos de esas razones, ¿y vas a dejarlo así?

-Es que tú no lo entiendes…

-Entonces, explícamelo –pidió el moreno, haciendo que Jonathan volviera a negar con su cabeza nuevamente mientras desviaba la mirada hacia cualquier otro lado menos hacia sus ojos-. Jonny…

-Hay cosas que no son tan simples, Gonza…

-Entonces déjame ayudarte con esas cosas –se hizo un breve lapsus de silencio, en donde el moreno creyó comprender por qué Jonathan imponía una barrera entre ambos. Una razón muy sencilla, muy estúpida y por sobre todo, cruel-. Jonny, ¿es que acaso prefieres que dejemos de ser amigos? –Gonzalo soltó al rubio y se alejó, éste lo miró con los ojos llorosos pero no se movió-. Ah, entiendo entonces…

-No es así.

-No, sí es así… ¿Por qué otra razón sino? –dijo él, algo dolido y ofendido, sintiendo muchas ganas de irse a su casa y encerrarse en su habitación para no hablarle más, para guardarse su frustración y dejar el tema aparte.

-¡Porque no quiero que te haga nada, Gonza! ¿Es que acaso no lo entiendes? –exclamó Jonathan poniéndose en pie y acercándose al moreno para tomarlo de los brazos y sacudirlo un poco-. Mira, no sé si escuchaste todo lo que te dije, pero un espíritu fastidiado, puede hacer muchas cosas, más allá de lastimarte físicamente.

-¿Entonces por qué no quieres averiguar por qué Gabriel está atado a este mundo, eh? –preguntó de nuevo Gonzalo mientras se soltaba del otro estudiante, sintiendo que comenzaba a exasperarse otra vez al ver que Jonathan no quería contestar-. ¡Dios, Jonny! ¡Esto es un maldito círculo vicioso!

Jonathan apartó la mirada, sintiéndose golpeado. Sabía que tenía que hacerlo, sabía que tenía que enfrentar a Gabriel, ¿pero por qué? ¿Por Gonzalo? ¿Gonzalo valía ese esfuerzo de enfrentar al miedo, al dolor? Al final, nada se puede evitar. Quizás debía permanecer solo… quizás debía aislarse. ¿Y perderse de conocer a personas así, tan bellas, tan puras y honestas?

Se llevó las manos al rostro, secándose las lágrimas del rostro con desesperación. ¿Por qué tenía que pasar de nuevo? ¿Por qué tenía que volver a querer a alguien? Dios, sí, le gustaba, pero Gabriel podía saberlo, podía atacarlo, podía…

-Jonny –sintió las manos de Gonzalo en sus hombros otra vez, aunque no para detenerlo pues parecía muy pasivo.

Lo miró a los ojos y lo encontró más cerca de lo que hubiese deseado tenerlo, pues sintió que las rodillas comenzaron a temblarle al verlo así, mientras algo adentro suyo le gritaba que corriera y otra, que lo abrazara. Sus manos se deslizaron hacia abajo, deteniéndose en sus antebrazos y Jonathan bajó la mirada, aunque no se apartó de él.

-No quiero que te vayas –le confesó el moreno, dejando fluir esa agradable sensación de querer sostenerlo y no dejarlo más, sabiendo muy bien lo que era, aunque no tenía el valor para darle nombre, para admitirlo y quizás, hasta de intentar comprenderlo.

-Dame un tiempo, Gonza –le pidió Jonathan sin levantar la mirada-. Intentaré arreglar lo de Gabriel por mi cuenta… y luego intentamos lo de tu madre otra vez.

-Pero…

-Es lo único que puedo hacer, si no quieres que yo…

-¿Por qué no quieres mi ayuda? -el rubio levantó la mirada un momento y luego la apartó hacia la calle-. Déjame ayudarte…

-Gonzalo… -Jonathan se mordió el labio inferior y luego volvió a ponerse serio, para mirar al moreno a los ojos-. Gabriel está celoso, ¿y quieres acercarte a mí? ¿Meterte en mi pasado con él y buscar…?

-Sólo quiero ayudarte.

Los jóvenes se quedaron mirando un momento en silencio hasta que Jonathan volvió a desviar la mirada hacia la calle y Gonzalo miró el piso, sintiéndose un poco tonto y con algo de miedo de cómo proceder. Se acercó un poco más y deslizó sus manos por los brazos del rubio hasta apenas rozar sus dedos en su mano, entonces Jonathan retrocedió y él intentó agarrarlas pero se le escaparon. Gonzalo levantó la mirada al instante, encontrando esos dos peculiares y demostrativos ojos, mirarlo con algo de temor.

-¿Qué intentabas hacer? –preguntó él mientras retrocedía unos pasos sin mirar atrás.

-No lo sé –contestó él con sinceridad mientras lo miraba y se acercó un poco, pero luego retrocedió.

-¿Estabas…?

-Lo siento… -se disculpó sin dejarle terminar de hacer la pregunta, Jonathan ladeó su cabeza mirándolo con sorpresa y confusión-. Yo no…

-Maldición… -sintió que dijo Jonathan y no lo comprendió, hasta que de repente lo sintió.

Un cosquilleo en la nuca que se transformó en escalofrío por todo su cuerpo, le bastó para comprender que ya no estaban solos. Gonzalo se dio la vuelta pero no pudo encontrar a nadie, pero se sintió amenazada de alguna forma extraña y comenzó a tener miedo.

-¡No! ¡Maldición, maldición! –escuchó decir a Jonathan tras suyo y no llegó a darse la vuelta que sintió que éste lo agarró de la mano y lo arrastró con él-. ¡No, aléjate! ¡No nos persigas! ¡Déjanos en paz! –sintió que le gritó a la nada y continuó tirando de él-. ¡Corre, Gonzalo!

No esperó a que volviera a repetírselo y comenzó a correr con él, hacia cualquier rumbo, o más bien, hacia donde Jonathan iba. Decidió que lo más oportuno era no preguntar y simplemente seguirlo, pues parecía muy alterado. Cruzaron unas cuantas calles y casi los atropellan algunos automóviles e incluso personas, pero continuaron alejándose de aquel lugar hasta que dieron con una boca del subterráneo y se metieron allí, donde había mucho más movimiento de gente que en las calles.

Recuperaron el aliento yéndose a un rincón, cerca de las boleterías electrónicas mientras Jonathan miraba hacia todos lados con un rostro que solo expresaba espanto. Gonzalo, por más que lo intentó, no sintió nada extraño a su alrededor, pero aún seguía preocupado.

-Jonny…

-No preguntes –pidió el otro mientras continuaba mirando hacia sus alrededores.

-Pero…

-¡Que no lo hagas! Siquiera lo pienses, que estarás llamándolo de nuevo.

Gonzalo guardó silencio por completo e intentó mantener la mente en blanco, en su mente buscaba pensar en otra cosa, imaginarse algo que lo distrajera. Mirando a la gente esperar el próximo subterráneo, sacando boletos de las boleterías electrónicas y caminando de aquí a allá, le hizo preguntarse si la gente siquiera sabía que estaban ahí, pues nadie les miraba. Observó a Jonathan por un momento y éste le devolvió el gesto, aún con la respiración agitada, pero luego desvió la mirada y se rascó la nuca.

-Jonny…

-No –dijo él sin mirarlo-. No me mires ni me hables, ni pienses en mí, ni en lo de la plaza ni nada de eso.

-Es algo complicado… -Jonathan le chistó y el torció los labios-. ¿Era por…?

-Eres como los niños, ¿verdad? –le interrumpió el rubio y el frunció el seño-. Entonces guarda silencio y no pienses.

-Es imposible no pensar, el ser humano siempre piensa en algo… -Jonathan le miró con fastidio.

-Okay. No me dejas alternativa…

Jonathan se acercó a una de las cabinas electrónicas vacías y empezó a teclear la pantalla, Gonzalo se le acercó para ver lo que hacía, el rubio introdujo dinero que guardaba en su bolsillo y luego retiró los boletos.

-¿Por qué estás…?

-¿Siempre tienes que preguntar todo, aunque sea algo obvio? –el rubio le entregó un boleto y se acercó a los molinetes, introduciendo su boleto en la ranura que estaba por debajo, y luego retirándolo cuando salía por arriba, pasó hacia el otro lado y lo miró, mientras se sentía un ruido extraño y una mujer comenzaba a hablar por un altavoz-. ¿Qué esperas? Ahí viene el subterráneo.

Gonzalo se acercó y miró su boleto de ambos lados, luego al aparato en donde Jonathan había puesto el suyo, pero no entendía, no sabía cómo proceder...

-El boleto tiene una flecha, ponla hacia arriba y apuntando hacia la ranura de abajo –Gonzalo le obedeció y la máquina se tragó el boleto, para luego de unos segundos, expulsarlo desde la ranura que estaba arriba. Gonzalo intentó pasar por los molinetes, pero estos estaban rígidos-. Saca primero el boleto y luego cruza, date prisa.

El moreno lo obedeció y luego se apresuraron a subir a la formación, para desgracia de ambos, no quedaban lugares libres para sentarse y había bastante gente de pie ya, así que se quedaron cerca de las puertas que se cerraron tras de ellos ni bien se escuchó un pitido. El subterráneo comenzó a andar y Gonzalo perdió un poco el equilibrio.

-Agárrate de ahí, extranjero –bromeó Jonathan señalándole uno de los barrotes y él lo miro un poco fastidiado-. Anda, se nota que eres un inexperto.

-No te burles. Yo antes nunca había…

-Lo sé, por eso es que te obligué a hacerlo –admitió el rubio sonriendo, pero luego se puso serio de nuevo-. Para que te concentraras en otra cosa.

-¿Ya puedo volver a concentrarme en eso? –Jonathan miró hacia todos lados en el vagón y luego suspiró.

-Supongo que sí, ahora le será más difícil seguirnos, aunque no imposible.

-¿Era él?

-Sí.

-¿Por qué se apareció? –Jonathan desvió la mirada y guardó silencio un momento, mientras sus cuerpos de balanceaban acompasadamente de un costado a otro, como todos los demás, debido al movimiento del subterráneo-. Jonny…

-Tú lo sabes.

-¿Porque estábamos hablando de él? –tanteó el chico, no muy seguro.

-¿Sabes una cosa, Gonza? A veces me haces creer que eres muy inocente y otras, que eres muy despistado –Gonzalo continuó observándolo con el seño fruncido, hasta que la misma voz de antes, hablaba por el altavoz anunciando el próximo destino del transporte, mientras éste comenzaba a descender su velocidad lentamente-. ¿O simplemente finges serlo? Porque pareces inteligente, a veces...

-¿Te estás burlando de mí? No entiendo.

-Sí lo entiendes –afirmó muy seguro el otro, mientras la gente comenzaba a acercarse a ellos, buscando bajar en la próxima estación, casi obligándolos a correrse un poco para permitir el paso.

-¿Cómo puedes saber lo que pienso?

-Sé lo que sientes –Gonzalo observó al rubio con algo de asombro y éste se puso nervioso, y se rascó la nuca, mirando hacia otro lado.

-¿En serio? ¿Qué es lo que siento, entonces?

El subterráneo se detuvo y las puertas se abrieron, las personas comenzaron a bajar y cuando todas lo hicieron, Jonathan se apresuró a irse a una de los lugares vacíos para sentarse, Gonzalo lo siguió apresuradamente mientras la gente comenzaba a subir de nuevo.

-No me contestaste –acusó el moreno mirando a Jonathan, pero éste solo miraba hacia el frente.

-No voy a hacerlo.

-¿Por qué?

-Porque puedes responderte solo –dijo el rubio y entonces lo observó-. ¿O acaso no sabes distinguir las cosas que sientes?

-No es… -el moreno no terminó de hablar, simplemente desvió la vista, a la vez que el subterráneo volvía a ponerse en marcha-. Olvídalo.

Ambos permanecieron en silencio, uno al lado del otro, pasando de estación en estación, Gonzalo sin saber a dónde iban, y Jonathan, sin saber qué hacer.

Ahora que tenía todo aclarado, se sentía muy extraño. Podía decir que se sentía extrañamente feliz, pero también se sentía con miedo, porque aunque no había sido explícito, Gonzalo le respondió a esa pregunta que nunca le había hecho. ¿Sentía él lo mismo? Parecía ser que sí, ¿qué otra explicación había para lo que había sucedido en aquella plaza? No era imaginación suya, eran demasiados gestos que no podía dejar de ignorar. ¡Dios! Ahora que se ponía a pensarlo, tampoco eran los únicos, ya en su casa le había por la cintura y… El recuerdo fugaz le hizo dar un ligero respingo, se miró sus manos y recordó cuando le ayudó a lavárselas. No era lo único, cuando estaban sentados uno al lado del otro, Gonzalo se acercaba, apoyó su pierna contra la suya, le agarraba los brazos, las manos… ¿Lo estaba haciendo a propósito o era realmente inocente? Eso no parecía muy inocente… Lo observó de reojo a su costado y notó que sus dedos entrelazados entre sí se movían inquietos y sintió que lo observó, entonces desvió de nuevo su mirada.

Quería a la vez y no, destruir aquello. Quería a la vez y no, apresurarlo, darle un empujón. Pero el recuerdo de Gabriel siempre volvía a su mente y le obligaba a retractarse. No podía tener esperanzas ni llenarse de alegrías, porque simplemente volvería a enterrarse de tragedias. Primero, no quería borrar ese recuerdo con Gabriel; segundo, no quería hacerlo sentir mal a él; y tercero, no quería joderle la vida a Gonzalo. Comenzaba a odiar su poco poder de decisión, de determinación. Tenía que dejarlo, o simplemente tomarlo y arriesgarse, pero es tan difícil enfrentar la razón con el corazón…

Gonzalo se mordió el labio inferior, algo nervioso de permanecer a su lado tanto tiempo en silencio. No es que quería preguntarle cosas, porque estaba muy confundido como para hacerlo, pero se sentía muy extraño. Recordó todas esas sensaciones que lo abrumaron hacía un par de minutos y creyó comprenderlas, pero no comprendía su cuerpo.

¿Cuándo? ¿Cuándo se había convertido en lo que era, o es que acaso siempre lo había sido? Esa cosa extraña en su estómago, que le hacía ponerse nervioso, como si todo el mundo se diera vuelta y de repente tu corazón te golpea y te golpea, como intentando decirte algo, ya podía darle nombre. ¿Era eso a lo que Jonathan se refería? ¡Dios! Se sentía tan confuso… El solo hecho de pensar que Jonathan no volvería a verlo nunca más ni a dirigirle la palabra le angustiaba. Quería tenerlo… lo quería. Sí, lo quería.

Quería abrazarlo, agarrarle las manos y… no soltarlo, pero también… No, no. Dios, eso no era sensato. ¿O sí? Quizás era bastante normal… ¿Por qué no? ¿Qué tenía de diferente? Todo… todo es distinto, todo su cuerpo. Podía conocer su cuerpo a través del suyo, porque ambos son iguales, ¿verdad? A no ser que tenga algo que nunca le haya dicho… No, sólo estaba pensando estupideces. Creo que tendría que poner en práctica esa cosa de no pensar en nada…

Observó a Jonathan y notó que éste desvió la mirada de él sin moverse, luego se removió un poco en su asiento, como si estuviera incómodo, y se rascó la nuca. En ese momento, el teléfono móvil que tenía en su bolsillo comenzó a sonar y le hizo dar un respingo. Jonathan lo observó y él se dedicó a sacar el teléfono y ver en pantalla el nombre de su padre, que lo estaba llamando, entonces lo atendió.

-¿Hola?

-Gonzalo, ¿dónde estás? –sintió que le preguntó su padre-. Acabamos de regresar y ya no estás. ¿Por qué te fuiste sin avisarme?

-Salí con un amigo porque nos aburríamos en casa –respondió sin interés mientras sentía que el rubio seguía con su mirada clavada en él.

-¿Saliste con un amigo? ¿Dónde?

-Eh… -Gonzalo tapó el teléfono con su mano y observó a Jonathan-. ¿A dónde vamos, exactamente? –el rubio se encogió ligeramente de hombros y luego torció los labios-. No puedo responderle eso a mi papá, va a matarme…

-Dile que vamos a ver una película –no muy convencido, Gonzalo volvió a llevarse el teléfono a la oreja mientras sentía el pitido que se emitía en señal de alerta que las puertas se cerraban.

-Al cine.

-¿Al cine y recién están en viaje? ¿A qué hora piensas volver? –sintió que le preguntó su padre bastante fastidiado y él no supo que responder. Jonathan miró hacia otro lado.

-No lo sé, en cuanto termine la función.

-Bien, son las nueve y diez, y recién están en viaje, supongamos que para una función a las diez y cuarto, ¿que terminará a las doce y media de la noche? –tanteó su padre-. ¡Ni hablar, Gonzalo! ¡Luego tienen que regresar, a esa hora ya no hay subterráneos y tú ni siquiera conoces por dónde vives aún! –Gonzalo comenzó a titubear, pero antes de que pudiera reprochar, sintió que su padre comenzó a hablarle por encima-. A ver, dime cómo van a volver.

-¿Eh? No lo sé, yo no conozco nada de por aquí…

-Bueno, pásale el teléfono a tu amigo que quiero hablar con él.

-Pero…

-Pásaselo, Gonzalo, si no quieres que te vaya a buscar por mi propia cuenta –el moreno bufó y miró hacia otro lado.

-Está bien, está bien.

-Dime cómo se llama tu amigo antes de pasarme con él.

-Se llama Jonathan… -el rubio lo observó al nombrarlo y Gonzalo lo observó también-. Ahora te paso. Quiere hablar contigo –le dijo entregándole el teléfono.

Jonathan tomó el teléfono sin ningún temor y con total convicción. Se puso a hablar con su padre, respondiendo con mucha cordialidad y respeto, dando varios sí y no, indicaciones y detalles que no pudo seguir dado que no entendía a qué se refería, luego de un rato, le devolvió el aparato. No podía siquiera imaginar lo que su padre le estaba diciendo, de seguro le estaba tratando mal, bueno, quizás no “mal” pero si bastante histérico. A veces se preguntaba por qué simplemente no se relajaba un poco…

-Ten, quiere hablar contigo –le dijo Jonathan entregándole el teléfono de regreso, Gonzalo lo agarró y se lo llevó a la oreja.

-¿Si?

-Gonzalo, la próxima vez, avísame lo que vas a hacer –sintió que le recriminó.

-Sí, lo siento…

-Mándame un mensaje de texto cuando lleguen a su casa, ¿de acuerdo? –Gonzalo sintió que estaba sordo o quizás tenía algo en el oído, ¿había escuchado bien?

-Okay… -dijo no muy convencido, mirando a Jonathan, que lo observaba con una expresión extraña.

-Sí, nada de “okay”. Lo haces porque sino no te dejaré salir así, a las apuradas. ¿Me entendiste?

-Sí, Julio… -respondió y lo sintió suspirar.

-Bueno, diviértanse, pues.

-Sí, lo haremos… -le dijo algo avergonzado-. Luego te mandaré un mensaje.

-Adiós –Gonzalo terminó la llamada y luego miró a Jonathan.

-¿Qué le dijiste? –le preguntó algo asustado.

-Lo que quería escuchar… -Gonzalo frunció el entrecejo y el rubio se rascó la nuca-. No quería que volvieras solo a tu casa, porque tenía miedo de que te perdieras o que te asaltaran, así que me dijo que si queríamos podías quedarte en mi casa, intenté persuadirlo diciéndole que te acompañaría a tu casa, e insistió con lo de la mía porque sino quizás me asaltaran a mí, y entonces tuve que decirle que sí…

-Pero… -Jonathan observó con atención a Gonzalo, que parecía muy inseguro, mientras miraba a todos lados-. ¿No vamos a tener problemas?

-A mí tampoco me gustó mucho la idea, siendo lo que pasó hoy. Pero si no quieres ir a mi casa, te acompañaré a la tuya aunque tu padre nos haya ordenado otra cosa.

-¿Y volverás solo a la tuya? ¿A las tres de la madrugada? –ambos guardaron silencio, mirándose a los ojos.

-Me había olvidado de eso… -ambos volvieron a guardar silencio, Jonathan volvió a mirar a otro lado y Gonzalo lo meditó un momento.

-Bueno, iremos a tu casa –aceptó al fin, para volver a mirarlo.

-¿Y soportarás lo del cementerio y lo de Gabriel? –preguntó éste, arqueándole una ceja. El moreno asintió totalmente convencido.

-¿Qué puede pasar? De una u otra forma, terminaremos en la misma situación, y creo que sería mejor si estamos los dos juntos… ¿no? –Jonathan torció los labios y desvió la mirada, luego suspiró.

-Sí, mejor si estamos juntos...
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