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Capítulo 11: En un solo instante

by Evan on Nov.22, 2009, under



-¿De verdad iremos? –preguntó Gonzalo, para romper el silencio que se había impuesto entre los dos y para, de paso, saciar su curiosidad.

-No lo sé –contestó el rubio encogiéndose de hombros para luego mirarlo-. ¿Te apetece ir?

-No lo sé… No traje mucho dinero, no creí que fuéramos a salir –contestó algo afligido e moreno mientras bajaba la mirada, pero al instante, analizó la frase recién dicha y se avergonzó al sentir la mirada de Jonathan-. Quiero decir… al cine o algo así. O sea…

-Tranquilo, te entendí –dijo Jonathan mientras miraba a un nervioso Gonzalo que no podía estarse quieto-. Yo traje dinero, podemos ir si tienes ganas…

-¡Ah, no! –exclamó Gonzalo-. No puedo dejar que pagues todo solo…

Jonathan miró a un costado al escucharlo, sin poder creer que no le haya entendido la indirecta de que él si tenía ganas de ir, aunque quizás si la entendía, pero era demasiado modesto como para aceptarla.

-Si lo dices por el dinero, no importa. Si tanto te perturba, luego podrás compensarlo en otra ocasión –dijo el rubio, preguntándose si había perdido la cordura, ya que salir con Gonzalo ya era lo suficientemente arriesgado una vez, como para hacerlo dos veces.

-¿Otra salida al cine, dices?

-Sí, o a cualquier otro lado que te guste, es más o menos lo mismo –Gonzalo pareció meditarlo un poco y luego lo observó sonriendo.

-Me parece bien -Jonathan sonrió levemente y luego se levantó.

-Entonces bajémonos aquí.

Ambos estudiantes salieron del subterráneo junto con un par de personas más, cuando las puertas de su vagón se abrieron. Subieron las escaleras y al salir a la superficie, una brisa de aire fresco los recorrió.

Caminaron uno al lado del otro por un par de cuadras. Las calles por las que iban estaban bastante transitadas, pues estaban en una zona muy céntrica de la ciudad, con restaurantes, centros de comida rápida, locales de ropa y divertimentos, tales como bowling, pool, y por supuesto, bares y pubs. Se detenían de vez en cuando a ver vidrieras de todo tipo, pero por muy poco tiempo pues les preocupaba no poder conseguir entradas para el cine.

Finalmente, llegaron al establecimiento, un edificio enorme de unos cuatro pisos redondo y muy moderno, por lo que veía, tenía muchísimos ventanales que daban hacia la calle y aunque eran polarizados y no podía mirar para adentro, se veía espectacular. Afuera habían estatuas con extrañas formas y figuras, también habían fuentes de agua pero algunas de éstas estaban apagadas debido quizás a que se acercaba una época invernal y hacía frío para encenderlas todas. Gonzalo se sintió un poco mareado al mirar la estructura del edificio.

-No me digas que todo esto es un cine… -dijo el moreno sin dejar de mirar el imponente edificio mientras caminaban a la entrada, junto con un grupo de personas que se habían sumado a la caminata, tras bajar de un autobús que se estuvo en una de sus paradas.

-No, por supuesto que no –contestó Jonathan sonriendo-. Es un shopping, un centro comercial. Adentro hay muchas cosas, pista de patinaje sobre hielo, cine, lugares para comer o comprar aparatos electrónicos, muebles para el hogar, ropa… aunque la indumentaria suele ser bastante más cara –le explicó mientras entraban al lugar.

Gonzalo no podía salir de su asombro, el lugar era maravilloso, hermosamente decorado y mantenido, arriba de ellos había un inmenso ventanal porque el que se podía ver la ciudad y daba un paisaje espectacular mientras uno subía al otro piso por una escalera convencional. En el medio había dos escaleras electrónicas y un ancho elevador, un poco más atrás comenzaban los locales de ropa, formando un ancho círculo y a los costados habían más, que eran más grandes que los que estaban en el centro, vendiendo artículos electrónicos tales como televisores de LED y LCD.

Se acercaron a un cartel que indicaba las distintas zonas del centro comercial y buscaron la localización del cine, tenían que subir un piso para encontrarse con las salas de la boletería, así que se encaminaron allí, intentando no distraerse demasiado para no tardar más de la cuenta. Había bastante gente pero no mucha haciendo la fila para comprar los boletos, aún siendo sábado. Se formaron a lo último y mientras miraron la cartelera a medida que avanzaban, encontraron una película cómica romántica, una infantil, una de thriller, una de terror y otra de suspenso.

Al llegar a la boletería, les informaron que la del thriller estaba agotada, en la de suspenso quedaban solo unas pocas localidades, pero al fijarse, sólo quedaban los peores asientos, que eran los que estaban casi pegados a la enorme pantalla, así que a esas dos películas las descartaron sin siquiera deliberar. Ambos estaban de acuerdo en no ver la romántica y tampoco la infantil, pero tenían deliberar en ver o no la única opción que les quedaba para la función más próxima.

-¿Qué hacemos?

-No lo sé, ¿quieres ver esa que quedó? –le preguntó el rubio y Gonzalo hizo muecas de no estar muy convencido-. Entonces hagamos otra cosa, porque las otras funciones están muy tarde y llegaremos de madrugada a mi casa, ¿te parece?

-Okay –accedió Gonzalo encogiéndose ligeramente de hombros. Jonathan le agradeció al vendedor de boletos por su amabilidad, que estaba del otro lado del muestrario y luego comenzaron a caminar sin rumbo.

-Entonces… ¿qué vamos a hacer? –le preguntó curioso, sin poder dejar de mirar las cosas a su alrededor.

-Pues… Tengo algo de hambre, ¿y tú? Podemos buscar algo para comer mientras pasamos el rato viendo las ropas raras que venden.

-Claro –aceptó Gonzalo, puesto que él también tenía un poco de hambre.

---

Luego de recorrer las tres primeras plantas para ver qué locales de comida había, finalmente se cansaron y decidieron por comprarse un helado, a pesar de que ya estaban en otoño. Se sentaron en una pequeña mesa alta y redonda que estaba a un costado, justo al lado de la pista de patinaje sobre hielo que estaba protegido por una gruesa pared de vidrio, para comenzar a comer los helados en pote individuales que se habían comprado.

-Está delicioso –comentó Gonzalo disfrutando de los sabores de su helado mientras miraba la pista de patinaje.

-La verdad que sí, aunque admitamos que es un poco raro comer helado en vez de comida normal, para sacar el hambre –dijo Jonathan mientras sonreía y con la pequeña cuchara de plástico quitaba un poco del suyo.

-Bueno, sí, es verdad. A mí en lo personal, prefiero un helado que una hamburguesa -comentó el moreno mientras dejaba de mirar la pista y continuaba comiendo el suyo-. Recuerdo que cuando mi mamá tenía la tarde libre, cuando era pequeño, solíamos ir a comer helado a un parque que estaba cerca de mi casa –recordó Gonzalo y luego de un momento se puso algo serio, melancólico-. Creo que en esa época pasábamos más tiempo juntos…

Jonathan observó un momento al otro estudiante y no supo qué decirle, pues se notaba algo afligido tras recordar fugazmente cosas de su pasado.

-Entonces deben ser recuerdos muy valiosos –comentó entonces y Gonzalo levantó la mirada hacia él, luego sonrió.

-Sí, tienes razón. Pero eso solo me hace acordar de cuánto la extraño…

-Es inevitable, aún ha pasado poco tiempo. Más adelante atesorarás más esos recuerdos y ya no te harán sentirte melancólico, ya verás –le dijo intentando animarlo y Gonzalo miró hacia su helado, aparentemente no muy convencido.

-¿Te ha pasado así con Gabriel? ¿Recordar cosas con él, extrañarlo y más tarde, aceptar? –el rubio no se esperaba una pregunta así por nada del mundo, por eso no pudo ni disimular su asombro, tuvo que desviar su mirada hacia su helado y comenzar a comerlo para hacer algo con sus nervios.

-Aún sigo en ello –contestó con poco entusiasmo al no querer hablar del tema, entonces Gonzalo levantó la mirada a él, sintiéndose algo celoso sin aparente razón.

-¿De verdad? –Jonathan afirmó con su cabeza ligeramente sin dejar de comer-. ¿Porque le sigues viendo?

-Probablemente sea por eso –dijo no muy interesado-, pero también puede ser porque él era el único compañero de la vida que tenía y luego de repente se fue, así sin más. Su ausencia me hizo sentir muy solo, más allá de que él seguía estando.

-¿A qué te refieres? –Jonathan sintió que lentamente comenzó a chocarle el corazón contra el pecho al recordar las cosas que había vivido con el castaño.

-Aún lo sigo viendo, lo sigo escuchando… Es muy difícil terminar de hacer un duelo así. Aceptar que ha fallecido, pero aún sigue estando contigo ahí como si no fuera verad.

Gonzalo guardó un momento silencio sin dejar de mirar a Jonathan y ahora podía comprenderlo más, sobre todo por aquel entonces que le había dicho que él entendía lo que era perder a alguien a quien se quiere mucho y que luego puedes ver constantemente.

-Creo que te entiendo –dijo el moreno, bajando la mirada-. Al menos en una parte, pues aunque yo no podía ver o hablar con mi mamá, el que me llamara todas las noches me hacía recordar cada día su muerte y lo doloroso que fue. Si para mí eso ya era terrible, supongo que para ti fue peor…

El rubio asintió levemente y luego comenzó a comer su helado nuevamente, pues se le derretía, Gonzalo comenzó a hacer lo mismo mientras notaba que ese silencio entre los dos se intensificaba y por lo menos a él se le hacía incómodo, pues tenía a Jonathan bastante cerca al ser la mesa pequeña y cuando éste le miraba, podía notar con claridad esa diferencia del color de sus iris y se le hacía casi imposible dejar de mirarlos, pero al mismo tiempo, sostenerle la mirada. Entonces, mientras buscaba algún tema de conversación con el que pudieran hablar otra vez, comenzó a mirar hacia el otro costado, donde la gente solía pasar, parejas, grupos de amigos y amigas, algunos con más o menos integrantes, familias, un sinfín de gente que la mayoría solía mirlarles cuando pasaban a su lado. El moreno comenzó a sentirse algo perseguido por ello, ¿acaso había algo raro en los dos que hacía que todo el mundo los mirara?

-Es idea mía, ¿o toda la gente que pasa nos mira hasta que nos pierde de vista? –terminó de comentar al fin, algo nervioso de que toda la gente los mirara al pasar.

-No es idea tuya –afirmó el rubio mientras comenzaba a mirar a la gente también-. Debe ser porque no hay nada para mirar más que la pista de patinaje aquí y si no te acercas bien no lo puedes ver, entonces, lo más llamativo es…

-¿Nuestros rostros?

-Sí, creo que es por eso –Jonathan volvió la vista a su ya casi acabado helado y luego a ver que Gonzalo estaba muy quieto, lo observó, tenía los ojos clavados en él, algo que lo incomodó-. ¿Qué pasa?

-Nada, solo… -las palabras de Gonzalo disminuyeron notablemente de tono al punto que dejó de entenderlas y bajó la mirada, para acomodar y desacomodar su derretido helado de chocolate con la pequeña cuchara de plástico que tenía.

-¿“Solo…”? –inquirió el otro, sintiéndose algo curioso por lo que el moreno intentó decir en un principio, pero éste negó con la cabeza un par de veces sin levantar la mirada.

No podía, no tenía el valor para hacerlo. Era absurdo, no había meditado el tiempo suficiente sobre lo que sentía como para saber si era real. Bueno, si lo sentía era real, pero no sabía si era precipitado, pues hacía un par de horas de la que Jonathan le había dicho que era gay, y él… él no lo sabía. Pero si Jonathan ya no era solamente interesante, inteligente y bondadoso, era lindo, atractivo y único, significaba simple y llanamente, que le gustaba. ¿Tenía que decírselo? Podía ser que eso simplemente lo arruinara todo…

-¿Gonzalo? –sintió que lo llamó y entonces alzó la mirada hacia él, encontrándolo con una expresión de confusión y curiosidad-. ¿Sucede algo malo?

-No, sólo estaba pensando que a lo mejor sería más prudente volver a tu casa pronto… -mintió-. Por todo esto de lo que pueda llegar a suceder con los espíritus.

Jonathan se quedó un momento analizándolo, pues el moreno tenía razón, pero se sentía tan cómodo y tranquilo que no se había dado cuenta que ya eran casi las diez de la noche… ¡Las diez de la noche! Ahora podía entenderlo todo, probablemente Gonzalo se había dado cuenta del horario y estaba un poco incómodo si su madre llegara a llamarlo por teléfono, aunque él no estaba muy seguro que eso fuera a suceder.

-Tienes razón –admitió el rubio para comenzar a juntar las servilletas de papel que habían utilizado para limpiarse las manos y lo potes vacíos de los helados-. ¿Entonces nos vamos yendo ya? –Gonzalo asintió con la cabeza y se pusieron en pie para comenzar a salir del centro comercial.

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Llegaron a su casa pasada las diez de la noche. Dentro, estaba su madre cocinando y su padre terminando de servir la mesa.

-Hola, papá –saludó Jonathan al alto y delgado hombre, con un beso en la mejilla, luego miró al moreno que parecía estar algo nervioso-. Él es Gonzalo, un amigo. Gonza, el es mi papá, Horacio.

El chico se acercó al padre del rubio y lo saludó con un apretón de manos, sintiéndose algo nervioso por conocerlo. Su figura le daba aspecto de ser un hombre severo y quizás por eso lo intimidaba con tan solo mirarlo, su cabello era lacio y rubio al igual que el de su hijo, sólo que estaba cubierto con algunas cuantas canas. Llevaba unos pequeños anteojos en forma rectangular sobre su lánguida nariz y tenía los ojos celestes, muy similares en formato a los de Jonathan, pero claro que no eran iguales a los de él. Luego de eso, Gonzalo se acercó a Eleonor y la saludó llevando sus manos a las suyas, las cuales ella palmeó con una sonrisa en el rostro, una sonrisa que se le hizo muy contagiosa.

-Que gusto que vengas a cenar con nosotros, Gonza –dijo la mujer alegremente-. Espero que te gusten las pastas…

-Sí, de hecho me encantan –confesó él y entonces la mujer rió un poco.

-Oh, genial, ¡pues eso preparé!

Jonathan no dejó que Gonzalo ayudara a servir los platos, de hecho, tenía en contra a todos los Lozano, pues alegaban que él era el invitado y no tenía que hacer esas cosas. Eleonor cocinaba de mil maravillas, incluso le recordaba un poco a su madre y se sintió bastante cómodo con ello, a pesar de que una espinita en su interior le pinchó. Pasó una agradable velada con la familia de Jonathan, contándoles cosas de su familia y escuchando las de ellos, también hablando de temas diversos como la sociedad, historia y algunos temas que a veces el padre de Jonathan sacaba, se notaba que era un hombre muy culto y serio, en cierta forma le encontró un gran parecido a su hijo y notó considerablemente que el rubio no hablaba demasiado y casi ni miraba a su padre, sabía muy bien porqué, así que no intentó presionarlo con los temas de conversación que salían, aunque no podía evitar echarle miraditas que el otro solía corresponder de vez en cuando.

---

Se sentía como extraño, en un sueño muy particular del que cuando te levantas, te preguntas en qué rayos estaba tu mente para hacerte ver algo así. Pues él se sentía en un sueño en el que no sabía si tener miedo o alegría. Terminó de vestirse con la ropa que Jonathan le había prestado para que se pusiera para dormir y se miró al espejo que estaba sobre el lavatorio del baño. Estaba nervioso, no sabía qué sucedería esa noche, con los espíritus, con Jonathan… ¿Podría soportar estar mucho más así? No había sido ni un día que se había dado cuenta que Jonathan no era alguien sin importancia, que se interesaba por él más de la cuenta, que… bueno, no tenía que admitirlo, ¿o sí? ¿Cómo esperaba poder avanzar, si ni él mismo aceptaba que le gustaba? Bueno, ya. Lo había pensado explícitamente. Bueno, a lo mejor era más seguro no pensar, y mucho menos, estando en su casa cuando sabía perfectamente lo que podía suceder.

Dejó de mirar su rostro en el espejo y tomó la ropa que había dejado colgada en el tendedero de la toalla y la dobló, para después salir del baño y meterse en la habitación del rubio, notando que sus padres ya no estaban en la sala y habían apagado las luces, sólo podía guiarse de la luz que salía de la puerta de la habitación de Jonathan. Al entrar, encontró una cama armada junto a la del otro estudiante, en el pequeño hueco que quedaba en el medio de la habitación, era de esas camas desplegables que uno saca de la propia. El rubio estaba rodillas en su cama rezando, sostenía un rosario plateado entre las manos con los ojos cerrados y sin moverse. Él no era muy religioso, solo había ido unas escasas veces a la Iglesia y había recitado un par de Padre Nuestro y algunos Ave María, por eso no sabía si era descortés estar ahí mientras él rezaba. Iba a salir y meterse al baño de nuevo, pero en eso el rubio hizo la señal de la cruz y abrió los ojos, encontrándolo ahí dentro.

-Ah, ya volviste –comentó al verlo de pie en la entrada-. Puedes dejar la ropa sobre la silla del escritorio si quieres –Gonzalo asintió y cerró la puerta, para después acomodar su ropa donde le había dicho.

Observó de nuevo a Jonathan, que tenía un pantalón azul de algodón y una sudadera blanca de mangas largas, estaba de espaldas a él buscando algo en su cajón de la mesita que tenía junto a la cama y unos pasos más arriba de la que sería la de él. Luego se dio la vuelta y caminó hacia él llevándole algo entre las manos, Gonzalo se sintió un poco paralizado en la medida que se le acercó y le mostró un rosario de madera de color caoba entre las manos.

-Sé que no eres muy religioso, pero me gustaría que usaras esto por lo menos por esta noche… -sintió que le dijo mirándolo de una forma extraña que no supo descifrar, estaba como preocupado y hasta algo indeciso.

Vio a Gonzalo asentir y se lo colocó al cuello, con sus dedos lo recorrió por completo y se detuvo en el crucifijo, apoyando su mano sobre él y, por ende, también en su pecho. En ese instante, sintió un torrente de adrenalina por todo el cuerpo y no se atrevió a levantar la mirada para sus ojos. Iba a separarse, pensando que era algo arriesgado y estúpido atreverse a intentar por lo menos abrazarlo, pero la mano del moreno agarró la suya y lo miró. Sintió que pasó una eternidad mirándolo hasta que Gonzalo se inclinó un poco, luego un poco más, él instintivamente intentó ponerse más alto y cerró los ojos, mientras su corazón bombeaba a tal fuerza que podía sentirlo chocar contra su pecho con fiereza. Y entonces lo sintió.

Un beso suave y delicado, tierno y tan natural que sintió que el mundo se transformaba en un espacio lleno de bruma y un fresco aroma a rocío. No lo entendió pero simplemente dejó que su cuerpo le respondiera solo, cerró su mano por sobre la cruz y debajo de la de Gonzalo, agarrando con sus dedos esa sudadera de algodón celeste que le había prestado mientras la otra mano se removía inquieta en el aire, indecisa si agarrar de la cintura o no al moreno. Sintió un cosquilleo en su nuca y Gonzalo llevó su mano hasta su cintura, mientras tomaban un pequeño respiro y volvían a besarse, esta vez con un poco más de deseo. Jonathan abrió un poco sus labios y saboreó los de Gonzalo, decidiéndose por completo en llevar su mano libre hasta su nuca para no dejarlo escapar, porque sí, lo quería, y no quería que terminara jamás.

No podía siquiera explicarse a sí mismo cómo se había atrevido a acercársele, a besarlo, pero agradecía haberlo hecho, pues ahora lo estaba haciendo, Jonathan no había retrocedido como la otra vez. Su corazón latía con rapidez y fuerza, mientras sentía que algo adentro suyo se le retorcía de una forma agradable, de una forma inexplicable. No sabía que se sentía así, no lo había imaginado, siquiera pensado. Tenía ganas de abrazarlo y no soltarlo, de permanecer con los ojos cerrados a su lado, y aunque no era necesario que fuera así, dándose un beso, podía ser simplemente estando ahí, sentir como respiraba y así ver si su corazón estaba tan loco como el suyo.

Cuando sintió la punta de la lengua de Jonathan rozarle el labio superior sintió que le arrolló una oleada de adrenalina que terminó de punzarle entre los pantalones. Y otra vez la sintió buscarlo, entonces abrió un poco más la boca y aproximó la suya, de inmediato se rozaron. Y ya no importaba el tiempo y el espacio, Jonathan terminó de aferrarse a su cuello y él a su cintura, pegando un poco más sus cuerpos mientras sus lenguas se buscaban la una a la otra en ese beso que no quería desvanecerse.

Unos fuertes ruidos a sus espaldas le hizo dar un pequeño salto del susto y tuvo que cortar bruscamente el beso para darse vuelta, al hacerlo, notó la mesita junto a su cama con el reloj digital boca abajo y el velador tambaleándose, y en los pies de la mesita, había un cuadro boca abajo. La sensación de culpa al ver esa escena fue abrumadora. Agarró del brazo a Gonzalo con más fuerza de la que quisiera y no se atrevió a moverse, mientras notaba que en la habitación sólo estaban ellos dos, al menos, en ese instante. Se relamió los labios, aún sintiendo la sensación de tener los de Gonzalo aún pegados a los suyos, pero se sentía en demasiada falta como para volver a disfrutarlo.

No se atrevió a mediar palabra, sólo podía mirar en el piso lo que era un cuadro que había caído con una clara explicación, Jonathan le sostenía del brazo sin poder dejar de mirar hacia atrás, pero sin alejarse de él. No había podido sentir nadie allí, y sin embargo parecía que había sido diferente, pues alguien tenía que haber ejercido fuerza para hacer caer el cuadro, y sólo había un “alguien”.

-Jonny… -dijo al ver que éste le soltaba y se alejaba, para ir en busca del cuadro que había quedado entre medio de las dos camas, y luego poniéndose en cuclillas para recogerlo.

Levantó el cuadro y notó los trozos de cristal en el piso, miró la fotografía en blanco y negro que el cuadro enmarcaba y que solía estar colgado en la pared, el vidrio estaba roto de tal forma que parecía que lo había golpeado y por eso se había caído. Esa fotografía la había tomado él, unos días después de haberse conocido, en el mismo parque en el que ahora había conocido a Gonzalo. Un nudo se le formó en la garganta, había estado ahí y ni siquiera lo había notado, se había dejado besar y había besado con su presencia.

Sintió una mano sobre su hombro y se dio la vuelta para mirar, era Gonzalo que lo observaba entre cauteloso y afligido, pero luego miró el cuadro roto y también lo sostuvo con una de sus manos. Jonathan se lo dejó agarrarlo y miró el piso, había vidrio y tendría que limpiarlo si no quería que ninguno de los dos se terminara cortando por accidente, así que, sin mediar palabra, dejó el cuadro en manos de Gonzalo y salió de la habitación sin explicaciones. En la cocina-comedor, buscó el escobillón y una palita para limpiar los restos de vidrio, cuando volvió a la habitación, encontró a Gonzalo sentado sobre la cama plegable mirando la fotografía, levantó la vista un segundo hacia él pero decidió continuar sin hablar.

Con cuidado, barrió alrededor de los trozos de vidrios y los juntó en la palita, tomó el cuadro entre las manos de Gonzalo y lo desarmó sobre el escritorio, para quitar cuidadosamente la fotografía y dejar todos los trozos de vidrio sobre la pala, luego volvió a entregarle la foto al moreno, que la tomó entre confundido e indeciso. Llevó la pala y el escobillón nuevamente al comedor y los dejó a un costado, pues se encargaría de ellos en la mañana. Al volver, el otro estudiante continuaba mirando la fotografía, era una fotografía muy bella y simple, tomada de un ángulo que apuntaba más hacia los árboles verdes de la primavera que hacia el resto de la plaza en general. El rubio se acercó a él y decidió sentarse a su lado.

-No había imaginado que se habían conocido ahí –comentó Gonzalo, hablando con voz suave mientras le devolvía la foto, recordando claramente lo que había leído lo que tenía escrito detrás. Jonathan solo asintió mirando la foto.

-Hace tres años –dijo entonces, dejando que los recuerdos simplemente emergieran a través de su mente, para poder contárselos a Gonzalo, pues merecía saberlos-. Cuando falleció el cura de la Iglesia que te conté, comencé a venir aquí, y ahí fue cuando lo conocí –confesó sin dejar de mirar la foto, pero luego la inclinó hacia Gonzalo, mirándolo a los ojos-. Esta foto la tomó él y me la regaló como un recuerdo de nuestra amistad –dijo, para volver a bajar la mirada, aunque esta vez, en ningún punto en general-. Solía gustarle tomar fotografías…

-¿Qué sucedió con él? –preguntó Gonzalo un poco tímido e indeciso, pues no quería entrometerse, sino dejar que Jonathan contara solo todo a su tiempo, pero a veces se detenía demasiado.

-¿De veras quieres escucharlo?

-Sólo si tú quieres contármelo –contestó él, intentando sonar compasivo-. Creo que con saber su historia, podría entenderlo un poco más.

Jonathan asintió con su cabeza levemente, sin dejar de mirar el piso.

-De acuerdo, aunque es una historia un poco larga… -dijo él, para acomodarse un poco sobre la cama, subiendo los pies a la misma para agarrarse de las piernas y apoyar su barbilla en las rodillas, sin soltar por un solo instante, la fotografía de Gabriel que decía:



“Nuestro único lugar, en un solo instante. Gracias por las sonrisas y los secretos compartidos.

Gabriel Santana”.
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