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Capítulo 12: Los recuerdos enterrados

by Evan on Nov.22, 2009, under



No podía ser. Había perdido su único escondite, por azar del destino quizás o por simple mala suerte. Que en paz descansara el Padre Antonio, pero ¿por qué había tenido que reemplazarlo Raimundo? Ese hombre era simplemente demasiado poco devoto de fe. ¿No podía simplemente creer que las almas de las personas no siempre solían encontrar su rumbo hacia el más allá y que él era capaz de relacionarse con ellas? Eso lo fastidiaba un poco.

Continuó caminando un par de calles más, aún no muy seguro de regresar a su casa todavía, aunque bastante cansado por el inmenso libro que llevaba en la mochila de su espalda. Cuando levantó la vista del piso, se encontró cerca de un pequeño parque. Con solo mirarlo, pudo sentir que le transmitía serenidad y tranquilidad, así que no dudó en acercarse. Lo primero que curioseó fue una estatua de algún héroe de guerra, que estaba cerca de la vereda, la observó un momento y se detuvo.

“En honor a Luis Alberto Villagra, héroe de guerra” leyó el rubio, un tanto sorprendido por encontrar tal nombre allí en medio de la ciudad, había leído mucho acerca de él en los libros de historia.

Iba a comenzar a leer la placa que estaba un poco más abajo, pero cuando se dio cuenta que había un chico sentado en uno de los costados de la estatuilla decidió mejor no hacerlo, aunque estaba viendo algunas fotografías polaroid sin prestarle atención, le pareció algo incómodo leer con él ahí. Era un chico castaño, podría decir bastante alto por el largo de sus piernas y brazos, tenía dedos largos y con una tez bastante clara, aunque no tanto como la suya, en eso nadie le ganaba. El chico levantó la vista hacia él y el rubio se sintió descubierto, por lo cual fingió leer la placa que tenía frente a él, luego de un momento, el chico desconocido volvió a centrarse en mirar sus fotografías.

A pesar de sentir aún más curiosidad por lo que miraba, sabía que no debía hacerlo, así que se acercó a una de las bancas de allí y se sentó. De su mochila sacó el libro y comenzó a leer, quizás podría estar tranquilo en las calles. Quizás hasta podría terminar de leer el libro, aunque si lo interrumpía algún espíritu, podría escapar corriendo a su casa.

Había llevado un libro de física de su padre, que ya no leía porque se lo había terminado. Era un libro de Paul Tipler, bastante pesado pues era grueso, con unas ochocientas veinte páginas, pero él ya había leído como unas cuatrocientas, estaba por terminar de leer la sección de electricidad y magnetismo, iba por las últimas hojas del capítulo de las ecuaciones de Maxwell y ondas electromagnéticas, luego pasaría a ver los capítulos de óptica. No era un genio, no entendía absolutamente todo ni recordaba todo exactamente tal cual lo leía, pero podía asimilar varios conceptos mientras pasaba un poco el tiempo.

Decidido y en un ambiente sereno, se dedicó a leer: “La teoría electromagnética de la luz de Maxwell arranca del trabajo de dos hombres, Michael Faraday y William Thompson. La invensión de Faraday en el motor eléctrico y sus investigaciones sobre inducción…

-Física, volumen dos –sintió que dijeron a su alrededor con una voz bastante fuerte, algo que lo sacó por completo de su lectura. Levantó la vista y encontró al chico que estaba mirando fotografías sentado a su lado y mirando la tapa de su libro con una sonrisa bastante peculiar-. Sorprendente para un niño de… ¿once, doce años?

-Tengo trece –aseguró él, algo ofendido mientras lo miraba un momento intentando analizarlo, pero luego centró su vista nuevamente en su lectura, intentando concentrarse.

-Vaya, lo siento. No pretendía ofenderte –sintió que dijo el chico y él rodó los ojos, no podía concentrarse si él le hablaba-. Sinceramente me pareciste más chico que yo, y ese es muy extraño ver a un chico de la misma edad que yo agarrar un libro, más aún, leerlo, y más aún, que sea un libro tan grueso, y qué decir que encima sea de física –sintió que dijo bastante divertido y él sonrió levemente, sólo por cortesía, pues le incomodaba su presencia y la verdad deseaba estar solo, así que en una forma indirecta intentó decirle que se marchara, volviendo a mirar su libro para leerlo-. ¿Lo estás leyendo, verdad? Porque parece que llevas más de la mitad, ¿o simplemente finges leerlo?

-Solo los ignorantes fingen leer un libro –contestó serio sin levantar la vista del libro-. Yo lo estoy leyendo de verdad, aunque ahora sólo lo estoy intentando, pues es difícil concentrarme en algo cuando un desconocido intenta llevarse mi atención. O dejo de leer y te escucho, o te dejo de escuchar y leo, ¿qué crees que haré?

-Ah, comprobado. Eres un nerd igual que yo, sin duda alguna dejarás de escucharme –Jonathan levantó la vista del libro y miró al chico, notó en ese mismo instante los ojos negros que tenía y le parecieron envidiosos, deseaba tenerlos así-. Oh, Dios, tienes los ojos de distinto color. ¿Cómo se llamaba eso? –Jonathan iba a contestarle, pero el chico levantó una mano-. ¡No me digas, lo recordaré! –el chico cerró sus ojos un momento, aún con la mano levantada, y luego sonrió para mirarlo otra vez-. ¡Ya sé! Heterochromia Iridium. Una mutación fascinante, aunque sea más común en animales que en personas, como en la raza de perros Husky Siberiano y en los gatos siameses, aunque por lo general no importa la raza, de por si es más común ver la heterochromia en animales…

Jonathan se quedó observando al chico, algo anonado, pues no había conocido a nadie que hablara tanto y no fuera diciendo estupideces, eso le pareció muy interesante.

-¿Cómo es que sabes de la heterochromia? –le preguntó muy curioso, cerrando su libro, el cual hizo un sonido hueco.

-Tengo buena memoria y suelo leer mucho, al igual que tú parece ser –respondió el chico sonriendo, luego le tendió una mano-. Me llamo Gabriel, Gabriel Santana.

---

-Entonces… se conocieron en el mismo lugar que nos conocimos nosotros –comentó Gonzalo, de repente algo celoso por aquella coincidencia.

Lo pensó un momento, en una fracción de segundo entendió porqué Jonathan siempre iba a ese sitio, porqué lo encontró ahí y siempre iba a encontrarlo ahí. Esto terminaba de asegurarle que no se había olvidado de Gabriel, no lo haría. Probablemente no quería.

-Sí, fue solo una coincidencia –sintió que le comentó el rubio y entonces lo observó, aún continuaba sosteniendo la fotografía en sus manos y no había cambiado de posición.

-No lo creo –asintió él, sin pensarlo-. Si seguías yendo ahí, donde se conocieron, es porque… -Gonzalo tuvo que detenerse, cuando los extraños ojos del rubio lo miraron, comprendió en dónde se estaba metiendo, y decidió mejor, que tenía que cerrar la boca-. Tienes los recuerdos muy latentes.

El mayor desvió la mirada otra vez, hacia el vacío, y apoyó su barbilla sobre sus rodillas, recordando y pensando, Gonzalo se sintió incómodo, parecía haber arruinado el ambiente.

-Bueno, pues… Continúa contándome –insistió.

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Luego de ese encuentro, cada tarde se veían en el mismo lugar, a la misma hora. Hablaban de libros, de música, de religión y del mundo, sin siquiera pensar o notar que en cada encuentro, hacían más sólida esa relación de amistad. Pero Jonathan nunca se atrevió a contarle su secreto, pues temía que Gabriel fuera, a fin de cuentas, como los demás y le temiera por su “don”.

-¿Te gusta tomar fotografías, Jonny? –le preguntó el castaño mientras lo miraba al otro observar el cielo distraídamente.

-No lo sé, creo que sí –contestó él sin mirarlo, luego sintió un ruido extraño y lo observó, tenía una cámara polaroid y acababa de sacarle una foto. Jonathan lo observó con sorpresa mientras el castaño sonreía y ventilaba la fotografía que le acababa de sacar.

-Las mejores tomas se consiguen cuando puedes ver esos pequeños instantes que la gente pasa sin siquiera notarlo –dijo él con orgullo mientras continuaba sonriéndole, para después mostrarle la toma. Era él, mirando el cielo con una expresión de serenidad increíble, nunca se había visto así.

-Vaya –sonrió-. Así parezco un chico normal…

-¿Qué dices? Eres normal –inquirió él, totalmente seguro y eso lo hizo sentir un poco mejor consigo mismo, pero luego se sintió inseguro nuevamente y dejó de sonreír mientras desviaba la mirada, pues después de todo Gabriel no sabía la verdad-. ¿Por qué dices que no lo eres, quién te lo ha dicho?

-Todos. Especialmente mi papá –contestó afligido-. Él siempre me dice que soy un bicho raro y que estoy loco.

-¿Por qué te dice eso? –el rubio suspiró abatido y dudó en contestarle la verdad.

-Es… complicado.

-¿Más complicado que probar la existencia de Dios? –preguntó Gabriel, y entonces lo observó algo sorprendido, él lo observaba completamente sereno y eso le dio el impulso para decidirse a decirle la verdad.

-No, creo que igual de complicado que probar su existencia–contestó.

-Bueno, pues, debe ser interesante –comentó el chico, mientras se colocaba de costado y se cruzaba de piernas, “como los indios”, y lo miraba con un entusiasmo digno de una persona que está interesada en aprender algo nuevo-. ¡Vamos, cuéntame Jonny!

-Mi papá me dice eso porque… puedo ver y hablar con los espíritus.

Se hizo un silencio, en donde el rubio se dedicó solamente a mirar las expresiones de Gabriel, quien parecía esperar algo.

-¿Sólo por eso? –preguntó el castaño, completamente absorto.

---

-Gabriel era de mente muy abierta… -comentó Gonzalo, imaginándose la situación mientras Jonathan asentía.

-Aunque, más que mente abierta, es que él ya había experimentado con el espiritismo, por eso le pareció algo natural.

-¿Qué? –preguntó el chico, algo sorprendido por lo que acababa de decirle-. ¿Cómo que experimentado?

-Es que Gabriel sacaba muchas fotos y en más de una ocasión encontró “cosas extrañas” en ellas –aclaró el mayor-. Por eso comenzó a investigar por su cuenta y quedó fascinado con el tema, porque era algo que no seguía la lógica y que nadie podía explicar con coherencia.

-Entonces, cuando le dijiste que podías ver y hablar con ellos…

-Se fascinó aún más, sí –afirmó-. Se obsesionó, más bien. –Jonathan miró la fotografía que tenía en sus manos y se la dio a Gonzalo-. Esta foto es de ese día, luego de que le conté lo que podía hacer, tomó esa fotografía y me la regaló, la otra se la quedó él.

El moreno agarró la fotografía y la observó de nuevo, ahora tenía más sentido la frase. Jonathan se acomodó en la cama, se extendió en la cama y quedó mirando el techo de la habitación.

-Luego de eso, salíamos en busca de poder tomarles una fotografía. Gabriel quería hacer algo así como una especie de investigación. Buscar los fenómenos físicos, explicarlos y mostrarlos con fotografías y videos.

-Pero, ¿eso no es arriesgado? –preguntó él y Jonathan asintió.

-Las cosas no terminaron bien.

---

-Jonny, ¿no ves a nadie? –sintió que le preguntó Gabriel, y él observó de nuevo la habitación vacía.

-No -afirmó, pero sabía que había alguien, pues sentía frío y tenía taquicardia- Vámonos, Gab. No me gusta este sitio –pidió el chico, sintiendo inseguridad.

-Pero si recién llegamos, ¿por qué ya te quieres ir? –preguntó el chico, dejando de observar aquella casa vacía y abandonada, para acercarse a él y mirarlo con atención- Oh, ya veo. Sientes algo… -sonrió.

-Gabriel, si la policía llega a descubrir que forzamos la entrada estamos fritos. No quiero tener más problemas con Horacio, ¡vámonos de aquí!

-¡Pero si ya estamos dentro, no podemos irnos sin echar un vistazo! Curiosear un poco no nos hará daño –dijo el castaño completamente calmado, para luego alejarse y entrar por una de las puertas laterales.

En ese momento, Jonathan sintió que algo no andaba bien. Comenzó a sentir más frío y creyó oír algo en el piso de arriba. Levantó la mirada hacia el techo y vio una mancha de humedad, a la vez que comenzaba a sentir como un susurro.

-Gabriel… -lo llamó, para luego comenzar a buscarlo, pero ya no estaba en la habitación que había entrado-. ¿Gabriel? –preguntó, con la voz más alta para que lo escuchara.

No consiguió respuesta, entonces se fue hacia la sala contigua por la otra puerta que le quedaba, mientras sus pasos rechinaban en la madera desgastada de esa casa. Continuó escuchando pasos en la habitación de arriba y que luego bajaron por la escalera, Jonathan sintió náuseas y mareos, entonces comenzó a asustarse y buscó con más prisa a su amigo.

-¡Gabriel! –gritó con nerviosismo, algo furioso por haber aceptado esa loca idea de meterse en una casa abandonada que habían encontrado por el camino de regreso del museo que habían acabado de visitar.

-¿Qué? –preguntó el otro chico-. ¡Estoy en tomando fotografías en el pasillo! ¡Esta casa es tan antigua, es una lástima que la estén dejando estropearse!

El rubio decidió ir a buscarlo, asustado con la idea de que se encontrara con el espíritu que habitaba esa casa vacía, rápidamente volvió sus pasos y volvió al pasillo, allí estaba Gabriel, con un par de fotografías polaroid en la mano.

-Oye, estás algo pálido, ¿te sientes bien? –le preguntó el castaño, para acercarse un poco y en eso sintieron que unas puertas en la planta alta se cerraron. Jonathan levantó la mirada hacia el pequeño hueco de la escalera y Gabriel también-. Oh, Dios. Jonny, dime que eso fue el viento.

Pero él no contestó, porque sabía que no era así. Iba a pedirle que se fueran de esa casa, pero cuando se dio cuenta, Gabriel ya subía las escaleras.

-¿A dónde vas? ¡Gab, vuelve aquí! ¡Vámonos!

-¡Oye, se supone que yo tendría que ser el miedoso, si no puedo ver nada! –alegó él, mirándolo con suspicacia mientras terminaba de subir las escaleras-. Anda, no seas miedoso.

-¡Y tú no seas tan idiota de meterte en la boca del lobo! –dijo Jonathan en voz alta, para que el otro lo escuchara, pero no recibió ningún tipo de comentario-. ¿Gabriel?

Al no recibir respuesta, Jonathan se dispuso a seguirlo, pero cuando se dio la vuelta, encontró a una niña pequeña mirándolo. Parecía tener unos cinco años, era muy blanca, tenía el cabello largo y lacio de color castaño, pero lo llevaba mojado, y unos hermosos ojos de color café lo miraban fijamente, con serias expresiones. La observó en detalle, tenía puesto un vestido blanco que le llegaba poco más debajo de las rodillas y tenía puntillas, parecía un pijamas o un vestido de entrecasa. Estaba manchada y parecía mojada, pero cuando le vio los pies, notó que había un charco debajo de ella.

El rubio no supo qué decir ni qué hacer. Era claro que esa niña parecía haberse ahogado, pero no la había sentido llegar. Se movió un poco, probando a ver si ella hacía algo, pero permaneció inmóvil, entonces de un rápido movimiento, pasó a su lado y subió las escaleras mientras el corazón le chocaba en la garganta. Continuó buscando a Gabriel sin mirar atrás, pero se encontró con el pasillo vacío y todas las puertas cerradas.

Lo buscó en la puerta más cercana, que tenía en frente, la abrió y encontró un baño, Lo dejó así y se fue a otra puerta, allí encontró una habitación infantil completamente amueblada, con closet, una cama distendida y juguetes en el piso, Gabriel no estaba allí, pero sin saber exactamente por qué, entró en ese cuarto y agarró un osito de felpa que estaba en el medio de la habitación. Lo levantó y lo miró en detalle, era un osito común y corriente de color marrón oscuro, pero era bastante pesado comparado con los ositos que él había tenido cuando chico y eso le extrañó.

Jonathan sintió un rechinido tras de sí e inmediatamente se dio la media vuelta, encontrando de nuevo a la niña que estaba en la planta baja, mirándolo exactamente igual y con un pequeño charco de agua bajo sus pies, y atrás de ella se extendían sus húmedas pisadas que recorrían el pasillo.

-Hola –sintió que le saludó-. ¿Qué haces en mi habitación? –sintió que preguntó la niña, con una voz muy suave y dulce, haciéndole recorrer un escalofrío por toda la espina dorsal y terminar en su nuca.

-Nada… Yo sólo… pasaba por aquí –respondió él, no muy seguro. La niña inclinó un poco su cabeza de costado, sin dejar de mirarlo y se acercó a él.

-¿Quieres jugar? –el rubio negó con su cabeza un par de veces y luego miró el animalito de felpa que tenía entre manos, mientras ella continuaba acercándosele cada vez más.

-No puedo, tengo que encontrar a mi amigo –contestó él, nervioso.

-¿El que nos tomó fotografías a mí y a mi hermano? –preguntó ella y Jonathan se asustó.

-¿Él… él hizo eso? –y ella asintió, luego le quitó delicadamente el juguete de sus manos.

-Está bien, pero será mejor que se vayan, antes de que mi papá se despierte –dijo la niña mientras que se acercaba a su cama, con el peluche entre sus manos, Jonathan no la perdió de vista-. A mi papá no le gustan las visitas después de las siete.

-Está bien, lo encontraré y nos iremos. Lo prometo –le aseguró mientras ella se recostaba en la cama.

Jonathan estaba decidido a salir de esa habitación decidido de encontrar a Gabriel, pero cuando estaba por salir, lo encontró mirándolo desde la entrada.

-¿Con quién hablabas? –le preguntó-. ¿Hay alguien aquí? –Jonathan no le contestó, simplemente fue a él y lo agarró del brazo para que no se le escapara.

-Maldita sea Gabriel, te andaba buscando. ¡Debemos irnos!

-¿Por qué? Jonny, si hay actividad paranormal, entonces debemos…

-¡¿QUIÉN OSA A IRRUMPIR MI CASA?! –sintió que gritó un hombre enfadado-. ¡¡LARGO DE AQUÍ, INTRUSOS!!

-¡Vámonos, vámonos ya Gabriel y no te lo estoy pidiendo! –Jonathan lo empujó hacia el pasillo para salir e intentó arrastrarlo a la escalera.

-Pero… ¡Jonny, acabo de tomar una foto en la que aparece una sombra blanca! Y… -de repente, el rubio resbaló y de un rápido reflejo, Gabriel detuvo su caída-. ¿Qué demonios…?

Había agua en el piso, un charco bastante imponente, que venía del baño, la puerta estaba abierta así que pudieron ver que en el interior había mucha agua también, que venía de la tina. En ese momento, Jonathan sintió un cosquilleo en la nuca y levantó la mirada, al final del pasillo había un hombre, alto y fornido, no podía verle bien el rostro porque la luz del exterior le bloqueaba la visión, pero supo muy bien que tenía que salir corriendo cuando sus manos le temblaron y de su boca vio salir un vapor, producto del ambiente frío.

-Esa… Esa sombra…

-Corre, Gabriel, ¡¡corre, sal de aquí!! –gritó el rubio, poniéndose rápidamente en pie y empujándolo para hacerlo bajar por las escaleras, mientras veía a ese hombre ir hacia él a una velocidad impresionante.

---

-¿Qué paso?

-Ese fue el primer día en el que los espíritus comenzaron a dejarme marcas en el cuerpo –contestó el rubio-. El hombre ese me… atacó. Me dejó marcas que me duraron varias semanas…

Gonzalo, aún algo sorprendido, intentó imaginarse la situación y le pareció terrible, comenzó a sentir algo parecido a ira con respecto a Gabriel, ¿cómo había podido obligar a Jonathan a entrar a esa casa siendo que sabía que…? Bueno, en ese momento no lo sabían. Suspiró hondamente e intentó meterse en la cabeza que cualquier excusa no era buena para detestar a alguien que ni siquiera conocía. Que ni siquiera vivía…

-¿Qué sucedió con Gabriel?

-Luego de eso, quedó bastante asustado con el tema, pues él vio como “de la nada” caí hacia atrás una buena distancia y de repente me empezaron a salir hematomas y cortes en el cuerpo. Sólo huimos como pudimos y ya luego no volvimos a intentar una tontería así. Tuvimos mucho más respeto con el tema, yo por sobre todo, aunque Gabriel…

-¿Qué con él? –preguntó Gonzalo, notando que el rubio se ponía cada vez más melancólico. Jonathan suspiró hondamente y se sentó, aún con la mirada perdida en la nada.

-Gabriel seguía con la obsesión esa. Nos queríamos, yo lo quería mucho, y verlo caer en esa obsesión cada vez más me desesperaba. Con el tiempo comenzábamos a discutir más por ese tema y terminábamos enojándonos los dos, él porque yo no era flexible y yo porque él era testarudo. Hasta que un día no pude soportarlo más…

---

-¿Por qué simplemente te niegas a querer saber la verdad, Jonny? –insistió Gabriel, mientras se le ponía al frente y lo miraba a los ojos con determinación- ¡Podemos develar el misterio si queremos!

-No podemos, Gabriel –alegó él con voz cansina-. Además, es muy peligroso, ¿quieres que suceda lo de la otra vez, acaso?

-No, por supuesto que no. Podemos seguir, pero si sucede algo extraño podemos huir como la otra vez –al escucharlo, Jonathan cerró los ojos y se levantó de su cama, para comenzar a andar en la habitación, frustrado. Todos los días era la misma situación, todos los días.

-¿Y si no podemos huir esta vez? –le preguntó angustiado, con deseos de abandonarlo todo y dejarlo ir solo.

-Vamos, no seas tan pesimista… -sintió que le dijo y luego lo abrazó por detrás-. Todo va a estar bien.

-No puedes saberlo, no puedes asegurarlo –de inmediato, Gabriel se separó y él se dio la vuelta, para mirarlo a los ojos. El castaño parecía enojado y no comprendió porqué-. Gabriel, entiendo que quieras saber, pero tienes que entender que todo tiene un límite. Más allá de que la gente no nos crea por más que enseñemos las fotografías que sacamos, corremos peligro al hacer esas cosas. ¡Los espíritus son como nosotros, se enojan, se fastidian, se molestan! Y ellos tienen la ventaja de que desconocemos su naturaleza y de qué son capaces, ¿no lo ves?

-Tú no lo ves –acusó el castaño-. ¡Tú no lo ves, Jonny! –reiteró, para darse media vuelta y caminar por la pequeña habitación-. ¡NO ves que tenemos la oportunidad de develar todo este misterio y…!

-¿Y para qué quiero yo eso? –le interrumpió, Gabriel se dio la vuelta y lo miró-. Yo ya no quiero hacerlo. Ya entendí que la gente no va a aceptarme por más que le mostremos lo que le mostremos –confesó, sintiendo un nudo en la garganta mientras veía a Gabriel acercándosele mientras lo miraba con una expresión de resignación-. Ya no me importa que la gente me llame fenómeno, no me importa ser un anormal.

-No lo eres, ¡Jonny, no lo eres! –le afirmó mientras le tomaba de los brazos sin dejar de mirarlo a los ojos. El rubio en el fondo quería creer en sus palabras, pero ya no podía seguir sosteniéndolas-. Deja de decirte eso, porque no lo eres…

-¿Entonces porqué se lo quieres mostrar al mundo?

-Porque no es verdad… -Jonathan suspiró, cansado y con deseos de terminarlo todo. Y ya, decidido por terminarlo, miró a Gabriel a los ojos.

-¿Siempre tenemos que mostrar pruebas para hacer que la gente vea que algo es cierto o no? –Gabriel desvió la mirada y Jonathan se soltó, indignado-. Esto es como probar la existencia de Dios –aseguró completamente convencido-. La gente no cree porque no quiere creer y nunca lo entenderán, nunca lo aceptarán y no somos nadie para obligar algo a alguien.

-Creí que me apoyarías en esto, tú más que nadie… -sintió que le dijo decepcionado.

-Todo tiene un límite, Gab. Sobrepasar los límites trae consecuencias –Gabriel lo observó con el ceño fruncido.

-¿Qué me estás queriendo decir con eso? –Jonathan negó con su cabeza un par de veces, para luego ir a sentarse sobre su cama otra vez.

-Sólo eso.

El castaño se acerco a él y se colocó de cuclillas frente al otro chico, con preocupación y desconcierto.

-No, estás diciendo algo más –aseguró el mayor, mostrándose notablemente frustrado-. Dímelo.

-Que no es nada, es simplemente eso.

-Jonny –le recriminó, entonces el otro suspiró cerrando los ojos, para luego mirarlo.

-Ya no voy a acompañarte en esas cosas.

Se hizo silencio, un silencio incómodo, en donde ninguno de los dos podía mirarse a los ojos. La molestia y angustia de Gabriel era incómoda, mas sin embargo no se fue de la habitación. Permaneció allí, sentado en la silla del escritorio pensando, analizando.

-Gab… ¿Estás molesto conmigo? –se atrevió a preguntarle, al notar que éste siquiera lo miraba ni una sola vez. El castaño, simplemente lo miró con una clara rudeza que hasta al mismo Jonathan le impactó.

-Se suponía que íbamos a estar juntos en esto.

Jonathan se puso en pie para llegar hasta él y mirarlo a los ojos, aunque el otro no quería saber nada del asunto.

-Es que no quieres acompañarme –inquirió él, intentando sonar compasivo-. Ya no puedo seguir con esto, Gab. Perdóname, pero no puedo.

---

-¿Y él qué te dijo? –le preguntó Gonzalo al otro estudiante, que seguía exactamente en la misma posición de antes, como una estatua.

-Ya no me dijo más nada del asunto –contestó-. Luego de eso, ese tema de conversación no volvió a tocarse, él lo esquivaba. Es más, incluso pasábamos menos tiempo juntos que antes.

Jonathan hizo un silencio, Gonzalo notó que comenzaba a tener los ojos vidriosos y se acomodó un poco más cerca de él.

-Fue culpa mía, no debí dejarlo solo… -Gonzalo de repente no necesitó escuchar más, comprendió todo con esa sola frase. Se acercó un poco más a Jonathan, al notar que éste se borró rastros de lágrimas de los ojos y apoyó su mano sobre su brazo y se lo apretó un poco, intentando trasmitirle su apoyo y comprensión

-No, Jonny. Tú intentaste detenerlo, intentaste ayudarlo, pero te desbordaste y llegaste hasta el límite, no podías hacer más de lo que ya habías hecho. Eso no hace que fuera tu culpa –le dijo, intentando apoyarlo y hacerlo entender, pero el rubio solo sonrió melancólicamente un momento y volvió a seguir como antes.

-Él no murió de esa forma, Gonzalo… -aseguró el rubio, mirando un punto vacío en la habitación.

-¿Cómo? –le preguntó algo confundido, soltando su brazo y mirándolo atento-. ¿A qué te refieres?

-Gabriel no murió en una situación paranormal…

---

Era un día gris. Jonathan se sentía bastante descompuesto ese día, se había despertado con la sensación de que algo grave sucedería, pero no podía descifrar exactamente por qué. Debía estudiar para un examen, pero no podía concentrarse, no podía dejar de pensar en Gabriel y en lo que podría llegar a estar haciendo. Se sentía culpable y temía que algo malo le pasara.

Por enésima vez, marcó su número de teléfono en su móvil, pero volvió a borrarlo. ¿Qué le diría? Gabriel ya no se conformaba con sus disculpas, ya no se conformaba con nada. Lo acusaba de abandonarlo, ¿pero quién había abandonado a quien? Él sentía que lo había abandonado por su deseo de saber y de demostrar, y Gabriel seguramente sentía que lo había abandonado por su miedo a lo desconocido. Pero no era un simple miedo a lo desconocido, era el miedo al peligro, pues ya sabía lo que podía llegar a suceder si algún espíritu se enfadaba demasiado.

Quizás debía preocuparse más por el hecho de que últimamente Gabriel estaba muy diferente y por sobre todo, distante. Quizás debía preocuparse de que hubiese dejado la medicación, en esos días de rabia. Quizás debería preocuparse de que Gabriel tuviera la razón.

-“Juntos en todo” –dijo para sí.

Dejó sus deberes para más tarde, y se fue a recostar en la cama, tendría que llamarlo. Marcó su número de teléfono y esperó ser atendido. Esperó, uno, dos, cuatro, seis, ocho tonos, hasta que le dio la contestadora. Volvió a intentarlo, uno, dos, cuatro, seis…

Pero en ese momento, lo sintió. Un aire frío y denso, una presencia extrañamente familiar tras su espalda, una presencia que sabía a quién le correspondía. Pero no, no podía ser posible. Comenzó a llorar, mientras marcaba de nuevo el número porque otra vez le había dado la contestadora, pero no se dio la vuelta para mirar quién estaba atrás suyo. No, sólo era su imaginación.

Aún así, tras escuchar los ocho tonos, hasta que dio la contestadora nuevamente, Jonathan se dio la vuelta, lentamente, hasta ver que en realidad, sí era Gabriel el que estaba ahí en su habitación.

-Sí –sintió que le dijo-. Juntos para siempre.
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