Capítulo 13: Desenterrando memorias
by Evan on Nov.22, 2009, under
Si él, que prácticamente miraba su vida en forma
casi totalmente omnisciente, no podía comprender por qué Gabriel se había
quitado la vida, imaginaba que Jonathan estaba aún más confundido.
Lloraba intentando tapar su rostro, intentando
ocultar su tristeza, o quizás su culpa. No podía dejarlo solo, no quería.
¿Quién puede vivir una vida llena de culpa? Se acercó un poco más a él y colocó
su mano en su hombro, intentando transmitirle apoyo y comprensión, pero parecía
empeorarlo, pues el sollozo del rubio sólo incrementaba.
–Jonny... –le llamó con una voz suave y entonces el
otro estudiante comenzó a calmarse–. Jonny... Lo siento, no debí dejar que me
contaras esto siendo que te hace tan mal...
El chico negó un par de veces con la cabeza
mientras se fregaba los ojos, luego levantó la vista hacia su acompañante y
éste notó que los tenía rojizos, producto del llanto y de todas esas emociones
incontrolables.
–No, tenía que contártelo... Es que Gabriel... –las
palabras se enredaban en su boca y no podía hablar. Ese miedo a la
incomprensión le impedía seguir, pero Gonzalo merecía saber la verdad, o al
menos así lo sentía–. Gabriel siempre fue difícil de llevar, y más ahora, con
todo esto...
Se hizo un silencio en la
habitación, en donde el rubio no levantó la mirada del piso, no con vergüenza,
sino con una clara expresión de que se había quedado pensando en algo. Gonzalo,
por su parte, no sabía que decir, pues sus deseos por saber acerca de lo
sucedido se enfrentaban ante la necesidad de respetar el dolor de su compañero
de escuela. Pero el tiempo pasaba y se acomodó en su sitio, indeciso, y luego,
con algo de vergüenza, se atrevió a decir algo.
–¿Has hablado con él? –preguntó y automáticamente
el rubio alzó su mirada hacia él con sorpresa–. Me refiero, a si le preguntaste
por qué lo hizo y por qué sigue aquí, qué lo detiene.
Jonathan comenzó a sentirse incómodo, pero tenía
que aceptar que Gonzalo tenía razón y su pregunta era muy simple. Desvió la
mirada, sintiéndose un poco extraño, sin saber cómo explicarle a Gonzalo la
situación.
–No me responde eso, dice que yo lo sé –admitió el
chico, desviando la mirada nuevamente–. Pero la verdad es que no lo sé del
todo.
–Mh, entiendo –dijo el moreno, comenzando a
analizar la situación, tenía que intentar ponerse en los pies de Gabriel, sino
nunca lo comprendería.
–En cierta forma, siempre me fue complicado hablar
con él –agregó Jonathan, aún mirando al vacío–. Entablar una amistad no fue
complicado, lo complicado fue cuando interpuso sus deseos de saber entre los
dos.
–¿Y por qué…? –empezó a preguntar Gonzalo, pero de
repente se detuvo, y Jonathan observó el reloj digital en su mesa de luz y pudo
darse cuenta que eran casi las doce de la noche–. ¿Por qué crees tú que él se
queda aquí, Jonny? –le preguntó Gonzalo luego del silencio.
El chico no lo observó, simplemente permaneció
callado mirando el piso, un gesto con el que al otro bastó para que le
respondiera a la pregunta.
–Jonny, tú me enseñaste eso de las razones por las
cuales un espíritu se queda atrapado en nuestro mundo –le dijo intentando que
el rubio comprendiera la situación, dado que aparentemente no quería o podía
hacer nada al respecto–. Tienes que dejarlo ir...
–Yo lo dejo ir –dijo de inmediato, algo ofendido y
tenso.
–¿Estás seguro? –preguntó–. Me da la impresión que
sigues culpándote y que él no quiere eso, por eso está aquí.
El chico negó varias veces con su cabeza, con los
ojos vidriosos y perdidos en la nada, entonces Gonzalo se acomodó un poco y
tomó su mano con delicadeza, haciendo que Jonathan levantara la mirada hacia
él.
–No, no fue tu culpa –afirmó–. Sólo fue una
decisión que él tomó, con una razón que aún desconocemos. Tienes que dejar de culparte
pero tienes que ver por ti mismo que no eres el culpable de lo que sucedió.
Tienes que escucharlo, para poder comprenderlo y así dejarlo ir. No solo por
ti, sino por él. Recuerda que él también está sufriendo, Jonny…
Jonathan desvió la mirada y guardó silencio un
momento, mirando al vacío. Quizás tenía razón, quizás sólo estaba huyendo... Quizás
nunca había estado del todo dispuesto a escuchar a Gabriel. Alzó la mirada y la
centró en la puerta, aunque allí no había nadie. Era probable que Gabriel se
fuera de la casa, porque no era capaz de sentirlo.
–Ok, tienes razón –dijo el rubio, bajando la vista
y sintiendo los dedos de Gonzalo sobre su mano–. Tengo que afrontarlo.
El moreno sonrió levemente, feliz de que Jonathan
se replanteara el asunto y algo triste de que al final siguiera sintiendo cosas
por Gabriel. Alzó su mano y acarició su mejilla izquierda, automáticamente el
rubio volvió su rostro a él, aparentemente algo sorprendido por aquel contacto
y le miró a los ojos, con una expresión extraña en su rostro. De hecho, sabía
qué expresión era, estaba consciente que su corazón había empezado a latir más
rápido ahora que se notaba de lo cerca que estaban sus cuerpos.
Jonathan se sentía algo confuso. Gabriel había sido
alguien muy importante para él, pero era cierto también que no podía… No, no
quería estancarse toda su vida amando a alguien que ya no podía satisfacerlo,
podía seguir amándolo, pero ya no podía ser un compañero de la vida. Le dolía,
le dolía tener que aceptar que con Gabriel ya no tendría ningún futuro, porque
él ya había muerto. A pesar de que le tendría un gran aprecio durante toda su
vida, no podía quedarse simplemente con eso. Debía terminar, ese suplicio debía
terminar.
Gonzalo podía ser o no, esa razón que lo impulsara
a avanzar. Era un muy buen chico, por el poco tiempo que lo conocía, podía
decir que era muy solidario, muy genuino, muy limpio, puro. Eso fue lo que más
le atrajo de él, y en cierta forma, por esa personalidad fue que él de a poco
fue aceptando ciertos puntos de vista que antes rechazaba. Gonzalo era muy
sencillo, y a veces la simpleza es lo más bello de todo. Sí, la simpleza. La
simpleza con la que le mostraba sus creencias, sus miedos, sus pasiones… Amaba
esa simpleza, amaba esa capacidad para poder expresarse con facilidad, pero no
podía mentir, su físico comenzaba a atraerle cada vez más. Su pelo, su pelo
oscuro y rebelde, que chocaba contra sus cejas gruesas, le encantaba. Y su
boca... Sus ojos... Todo en él era armonioso, no delicado, sino muy varonil y
por eso le gustaba cada día más.
Sonrió un poco también él y Gonzalo le continuó
acariciando con la yema del dedo pulgar, entonces se acercó y lo besó, lenta y
pausadamente hasta que él le correspondió, entonces el beso se volvió poco a
poco más apasionado. Pero Jonathan no lo dejó avanzar mucho más y lentamente lo
terminó. Gonzalo lo observó relamiéndose un poco los labios.
–Perdóname, no puedo –dijo algo nervioso–. Es que aún
tengo que... –Jonathan se interrumpió al hablar, pues no sabía cómo decirlo sin
herir a Gonzalo. Pensaba que seguramente tenía varias justificadas dudas con
respecto a él y Gabriel, así que no
sabía cómo explicarle sin hacerle sentir menospreciado–. Tengo que ver…
Gabriel… Él puede…
–Sí, lo siento –dijo el otro muchacho, alejándose un poco, intentando ser
comprensivo, pero él lo notaba, Jonathan notaba que Gonzalo estaba algo
fastidiado.
Jonathan se alejó un poco y el moreno tuvo que soltarle las manos, al
sentir que una ola invasiva de celos lo abrumaba, ¿cómo podía ser posible que
aún a pesar de saber al menos un poco de la historia, continuara sintiéndose
desplazado por una persona que ya había fallecido? Quizás tenía algo de cierto,
pero por mientras, tendría que esperar.
–Creo que deberíamos acostarnos a dormir ya –sugirió Gonzalo, intentando
esquivar la mirada de Jonathan.
–Okay...
El rubio se puso en pie, tomó la fotografía que Gonzalo había dejado sobre
la cama y la guardó en el cajón de la mesita de luz, mientras Gonzalo se
incorporaba en la cama para dormir. Cuando terminó de acomodarse, Jonathan se
detuvo un momento a observar el rosario de madera que llevaba al cuello, deseando
que nada malo le pasara a su compañero, luego apagó la luz y se acostó en su
propia cama, de lado a Gonzalo, para mirarlo en la oscuridad.
–Jonny –sintió que lo llamó el chico–. ¿Ellos entran aquí?
–A veces –contestó él, mirando a su alrededor, en un susurro, intentando no
despertar a sus padres, aunque quizás ya era algo tarde para eso, siendo que
habían estado hablando hacía rato–. Pero no te preocupes, si sientes algo
extraño sólo despiértame.
–De acuerdo –susurró, no muy convencido–. Buenas noches, Jonny.
–Buenas noches, descansa –contestó el rubio, para luego darse la vuelta y
quedar de cara a la pared y de espaldas a Gonzalo.
–––
Era de día y la primavera recién comenzaba, hacía algo de calor por eso él
estaba desayunando descalzo. Su madre estaba de espaldas a él, vestida con su
uniforme verde agua, mirando por la ventana mientras él tomaba su leche
chocolatada caliente en una taza blanca de cerámica, mirando unos dibujos
animados que pasaban por la pequeña televisión que su madre había podido comprar.
Dieron unas publicidades y por eso dirigió su mirada a su madre que lo miraba
algo seria, preocupada por algo. Iba a preguntarle si algo andaba mal, pero en
eso, siente que algo frío le jala de un pie y luego del otro. Al mirar por
debajo de su mesa, encuentra a un niño pálido, de cabello y ojos oscuros
mirándolo de una forma extraña, sosteniéndole las piernas y jalándolo.
–¡Gonzalo! –siente que le grita su madre asustada y él se sobresalta.
Abre sus ojos y rápidamente mira a su alrededor, algo sobresaltado, pero al
encontrarse en la habitación de Jonathan a oscuras se calma un poco, estaba
soñando, aún era de noche.
Mira la cama contigua pero su compañero no estaba, entonces se recuesta
nuevamente y espera, pero comienza a sentirse algo incómodo al estar solo,
entonces se inclina y observa la puerta. Estaba casi cerrada, había solo una
pequeña abertura por la que no podía ver nada. Tenía ganas de levantarse y
buscarlo, pero no se animaba a hacerlo, miró el reloj por encima de su cabeza y
notó que eran las cuatro de la madrugada. Esperaría unos minutos más y luego se
levantaría a buscarlo, pero no aguantó demasiado y se terminó levantando.
Abrió la puerta lentamente y echó una mirada rápida al lugar, estaba todo a
oscuras, la única luz visible era la que entraba del exterior por la ventana de
la cocina, pero no había rastros del rubio. Salió de la habitación pero se
quedó en la entrada de la misma, sin saber qué hacer, el silencio lo ponía
demasiado incómodo. Desde allí, miró las escaleras y luego el baño, estaba
completamente solo. Se adelantó un poco, con la intención de moverse pero a
ningún lugar en específico, y entonces oyó un ruido en el pasillo de la
entrada.
Con algo de nervios, observó hacia allí y notó una silueta oscura, de pie
ante la entrada y mirando hacia una pared.
–¿Jonny? –preguntó, acercándosele lentamente–. Jonny.
La silueta no se movió un solo centímetro y Gonzalo continuó acercándose
cautelosamente para intentar identificar algo, y al tener esa silueta más cerca
pudo darse cuenta que, en efecto, era el rubio.
–Jonny, ¿qué haces despierto aquí mirando…? –le cuestionó al darse cuenta
que estaba mirando una puerta del pasillo que él no había notado que existía.
El rubio no contestó la inconclusa pregunta y continuó mirando la puerta,
con la mirada perdida, Gonzalo entonces se acercó y colocó su mano sobre el
hombro del otro chico y observó desde esa perspectiva a la susodicha abertura.
El otro chico se sobresaltó un poco y ladeó su cabeza.
–¿Qué hay ahí?
–El sótano –contestó Jonathan, aún algo desconectado del mundo.
–Y te despertaste a las cuatro de la mañana a ver la puerta del sótano
porque...
–No lo sé –continuó la oración el chico–. Hay veces en que hago las cosas
sin saber por qué.
Gonzalo se quedó meditando un poco era frase, mientras Jonathan se frotaba
los ojos y la frente, con aparente cansancio, luego lo entendió.
–Eres sonámbulo.
–No, a veces me pasa también cuando estoy despierto, pero son raras esas
ocasiones.
El moreno no podía terminar de entender del todo a la situación, quizás
antes no le había sucedido algo así en su presencia, por eso no se había dado
cuenta. ¿O quizás sí?
–Es algo parecido a la escritura automática –le comentó–, ¿has oído hablar
de ella?
–No, creo que no –contestó luego de meditarlo.
–Si quieres te hablo de eso mañana. Bueno, cuando despertemos –Jonathan se
rascó la nuca y luego tomó a Gonzalo de la mano, para llevarlo a la habitación
de nuevo–. Ven, vamos a dormir otra vez –ordenó el rubio.
Ambos entraron en la habitación otra vez y se recostaron en sus respectivas
camas, luego de un momento de silencio, Jonathan observó a Gonzalo con
curiosidad.
–Oye, por cierto, ¿qué hacías despierto? –preguntó.
–Tuve una pesadilla, aunque creo que era sólo un mal sueño –contestó el
otro–. Últimamente tengo sueños extraños.
–¿Como cuáles? –Gonzalo lo meditó un momento y negó con su cabeza.
–Prefiero contártelos en la mañana.
–Está bien… –dijo él, ya casi comprendiendo el problema, o al menos,
imaginándoselo– Bueno, intentemos dormir de nuevo.
–––
Eran las nueve y media de la mañana, se habían despertado hacía más o menos
unos quince minutos, y se encontraban los cuatro desayunando unas tazas de café
con leche o café negro, comiendo unas tostadas con mermelada de frambuesa.
Horacio era bastante comunicativo, de hecho, pero era muy serio, o al menos esa
impresión le dio a Gonzalo, que aún se asombraba un poco que Jonathan casi ni
le dirigiera la palabra. Aunque no podía dejar de pensar en Eleonor, que era
muy simpática y siempre acotaba u opinaba algo respecto a lo que hablaban, que
generalmente era algo relacionado de lo que leía Horacio en el periódico
matutino.
Pasaron los minutos, quizás una media hora o más, y tanto Horacio como Eleonor
terminaron de desayunar, de hecho, ellos también, pero permanecieron un momento
allí mientras Eleonor hacía unas compras en el mercado y Horacio corregía
exámenes de la Universidad donde trabajaba como profesor, en su estudio, que
estaba en una pequeña habitación en el pasillo de la entrada, al lado de la
habitación del rubio y frente al sótano.
–Se me hace tan extraño ver una casa sin televisión… –comentó Gonzalo
sentado en una silla de la mesa de vidrio, observando el lugar mientras veía al
dueño de casa buscar un libro de la estantería que tenían cerca de la mesita en
donde estaba el teléfono, junto a la escalera.
–Todo el mundo que viene visita dice lo mismo –dijo el rubio mientras
buscaba un libro en particular–. Es que mi madre no puede apreciarla, entonces
simplemente escucha radio, Horacio casi no pasa tiempo en casa, y cuando lo
hace generalmente está en su estudio o acompaña a mi mamá mientras hace sus
cosas. Es bastante anticuado, a decir verdad…
–¿Y tú? –le preguntó Gonzalo, sonriendo, entonces el rubio le miró.
–Yo soy demasiado parecido a mi papá en ese aspecto –admitió el chico,
desviando la mirada con resignación y acercándose a su compañero–. No me
interesan los programas que pasan en la caja boba –el moreno rió un poco antes
las expresiones de Jonathan y éste le sonrió un poco mientras se sentaba junto
a él–. Prefiero leer o escaparme de casa… a leer –sonrió–. ¿Qué hay de ti?
–Cuando podía, solía pasarme más tiempo con mis amigos que mirando
televisión, pero me gustaba. Era algo así como una compañía cuando estaba solo
en casa, que por lo general era bastante tiempo.
Se hizo un breve silencio, en donde Gonzalo observó el libro que Jonathan
llevaba entre manos.
–¿Qué llevas ahí, Jonny?
–Una excusa para poder irnos de aquí –dijo el otro chico en un susurro,
para luego levantarse–. Haremos de cuenta que llevo a devolver este libro a la
Biblioteca Central y de paso te acompaño a tu casa –le explicó–. Aún tenemos
algunas cosas por hablar y no es conveniente que sea cuando mi padre está tan
cerca. Parece que le caes bien, mejor no desaprovechar eso arriesgándonos a que
te escuche decir que los fantasmas existen.
–––
Jonathan observó su reloj un momento mientras se detenían en la plaza
cercana a la casa de Gonzalo, eran casi las once menos cuarto de la mañana,
habían decidido mejor hablar primero y luego él se iría a comenzar a pensar
sobre el asunto de Gabriel, que aún lo llevaba pendiente.
Se sentaron en una banca cerca de una enorme fuente, había más movimiento
de gente ese día, seguramente se debía a que el día estaba soleado, en cierta
forma, le agradaba eso, pero en ese momento no le importaba demasiado. Observó
a Gonzalo mirar un momento la fuente y luego a él, no sabía si quiera qué
preguntarle primero.
–Oye, Jonny… –dijo primero el chico–. ¿Qué es eso de escritura automática?
–Ah, pues… ¿Alguna vez tomaste una hoja en blanco y un lápiz, dejaste la
mente en blanco y comenzaste a mover el lápiz para escribir algo, pero sin
pensar en nada concreto? –el chico negó levemente con su cabeza, algo confuso–.
Antes se creía que servía para hacer contacto con algún espíritu que estaba
cerca de uno, mediante el lápiz y el papel, en un estado de semi–inconsciencia
o meditación. Eso es la escritura automática.
–¿Te ha pasado eso? –preguntó, entonces él asintió
–En muchas ocasiones. Pero, es lo que se creía antes, porque han hecho
estudios y dicen que no hace falta tener ningún tipo de capacidad para poder
hacerlo y que, en realidad, son solo pensamientos de nuestro subconsciente.
Gonzalo pareció meditarlo un poco, mirando a la nada mientras la gente de
sus alrededores hacía murmullos y los automóviles de la calle tocaban
bocinazos.
–¿Y tú qué crees de eso? –sintió que le preguntó.
–No lo sé del todo, no creo mucho que sean pensamientos de mi subconsciente
lo que escribo cuando entro en trance. La verdad es algo de lo que no puedo
prestar una opinión.
–¿Por qué no? –Jonathan lo observó y no supo cómo decirle la verdad sin alarmarlo.
–En reiteradas ocasiones escribo palabras de odio, insultos… y la verdad es
que no tendría razones por las cuales hacerlo, si es que fueran mensajes de mi
subconsciente. Pero tampoco estoy muy seguro que fueran mensajes de algún
espíritu que ronda cerca –le aclaró el chico, luego pensó un momento la
situación y decidió continuar hablando–. Yo puedo comunicarme con los espíritus
sin la necesidad de un papel y un lápiz, puedo verlos y escucharlos sin ningún
tipo de problema, y ellos lo saben, por eso es que siempre me persiguen tanto,
por eso no creo mucho en la escritura automática y no la termino de comprender.
–Entiendo… –comentó el moreno, recordando a Jonathan de pie frente a la
entrada del sótano en su casa–. ¿Y cómo está relacionado eso de la escritura
con lo que pasó anoche?
El rubio observó a Gonzalo, notando con claridad que las mentiras no eran
necesarias, sentía una confianza inexplicable con él, quizás porque sabía que
Gonzalo no sería capaz de ir a explorar ese mundo solo, o al menos eso quería
creer. Quería creer que no era igual a Gabriel, pero todavía no podía terminar
de asegurárselo.
–Porque es algo involuntario –aclaró–. Yo no quiero hacer escritura
automática, de hecho, intento evitarla, pero a veces la hago sin darme cuenta,
y lo mismo me pasa a veces con mi cuerpo –Gonzalo le observó con atención, algo
sorprendido y asustado–. Me sucede muchísimo en mi casa más que en otros
sitios, pero son movimientos involuntarios. Caminar por la casa, desordenar
cosas, ocultar otras, cosas de ese estilo…
–¿Eso puede ser peligroso? –preguntó entonces, y notó como el rubio se puso
tenso y desvió la mirada–. ¿Puedes llegar a hacer algo que no quieres hacer,
como lastimar a alguien?
–No he llegado a ese punto.
–¿Pero podrías? –Jonathan se negó a responder, sin regresar la mirada, pero
luego suspiró y miró el piso.
–Es probable –contestó para luego volver a mirar a su compañero–. Por eso
estoy atento a que eso no suceda, y por lo general me sucede en las noches, que
es cuando me duermo y no puedo controlar nada.
Gonzalo se quedó pensando un momento en aquello, sin poder encontrar una
solución exacta o alguna manera temporal para poder escapar de aquello, pero
realmente se sintió desanimado y comenzó a tener un poco de temor, pensando que
eso de lo que hablaban era algo muy parecido a una posesión.
–Cuando dormimos, somos todos vulnerables –dijo el moreno, mirando un punto
vacío, recordando de repente todos esos sueños extraños que últimamente tenía
todas las noches–. Cuando dormimos, no controlamos nuestro cuerpo, ni lo que
pensamos, ni lo que hacemos…
Jonathan observó con atención a su compañero y tuvo un presentimiento
extraño, perturbador, Gonzalo estaba recordando algo y él presentía qué era.
–Gonza, ¿qué es en lo que estás pensando? –se animó a preguntarle, el otro
chico negó un momento con su cabeza y lo miró expresando temor.
–Creo que acabo de recordar algo de mi infancia.
–––
Aún estaba de pie junto a la entrada, observando la fachada de la casa,
intentando avanzar y enfrentar ese cúmulo de cosas que tenía.
Estaba algo preocupado por Gonzalo, pero no podía hacer mucho por él,
primero tenía que ocuparse de sus asuntos antes de atender a los de él, además,
no había mucho por hacer. Lo que habían descubierto era lo que él pensaba,
Gonzalo no despertó así nada más su capacidad para percibir a los espíritus
desde que lo conoció a él, siempre los había tenido ocultos, pero nunca lo
había notado. Y ahora no los podía detener, tenía que hacer algo…
Despejó esos pensamientos de su cabeza, tenía que concentrarse en lo que
estaba por hacer ahora. Miró la casa con cautela, parecía estar desanimada,
lucía igual que siempre, pero ya no había ruidos y eso probablemente
significara sólo una cosa.
Tomó coraje y atravesó el pequeño portón de entrada de madera blanca, subió
los pequeños escalones de piedra y tocó a la puerta con la aldaba de bronce en
forma de círculo. No hubo respuesta del otro lado, pero de todas formas aguardó
un momento, y luego volvió a tocar.
Tuvo una mezcla de alivio y decepción al notar que nadie le abriría la
puerta por más que llamara por ella, debía aceptarlo, la casa parecía algo
abandonada, sucia, sin cuidado... Era probable que lo que quedaba de la familia
Santana se hubiera mudado y la casa estaba deshabitada o que, en el peor de los
casos, otra gente la usara.
Bajó los escalones, dispuesto a irse o más bien meditar si, en el
hipotético caso de que estuviera abandonada, entrar a hurtadillas le sirviera
de algo. Pero cuando estaba ya por el pequeño portón blanco, sintió que la
puerta de entrada se abrió. Algo sorprendido, se dio la vuelta y la miró,
estaba semi–abierta, así sin más, y no había nadie con ella. Le puso más
atención a su entorno y a medida que se fue acercando a la puerta, comenzó a
notar que había alguien allí, pero no lo identificó.
–¿Hola? –saludó empujando levemente la puerta y ésta hizo rechinido al
abrirse–. ¿Hola? ¿Señora Duval? –preguntó, no muy seguro de entrar, pero al ver
que la casa seguía con muebles y los reconocía, se animó un poco más y entró–.
¿Señor Santana?
Nadie respondió, siquiera hubo ruido. Cerró la puerta y, con algo de temor,
avanzó por el pequeño pasillo hasta que se encontró con el living.
Allí, en el medio de la sala, estaba sentada una mujer algo mayor que
observaba la pared como si de una televisión se tratara. Era una mujer de pelo
canoso, encorvada y vestida de blanco, la reconoció detrás de aquella clara y
comprensiva depresión. Se acercó a ella con cuidado y sin dejar de observarla,
pues algo le decía que las cosas no estaban ni iban a terminar bien.
–¿Señora Duval?
–Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así... –sintió que dijo la mujer
sin darse vuelta a mirarlo–. Quisiera decir que es una sorpresa, pero te
estaría mintiendo. Sabía que vendrías, Jonny.
El chico se acercó a ella y ésta lo observó, tenía los ojos tristes y
cansados, como sí recién hubiese dejado de llorar.
–Siéntate aquí conmigo –sintió que le pidió–. Supongo que vienes a hablar
de mi hijo.
El rubio se acercó y se sentó en el otro sillón, junto a ella, y pudo notar
más claramente lo delgada y envejecida que estaba. Le tomó las manos, sintiendo
culpa por ella y con deseos de reconfortarla, casi como un instinto maternal.
–Señora Duval...
–¿Nunca me llamarás Ágata, verdad? –le preguntó sonriendo levemente y él no
supo qué decirle, ella palmeó sus manos y lo miró a los ojos–. Ah, no te
preocupes, ahora me encanta que me llames así, me recuerda a las viejas épocas –confesó–.
Dime cómo has estado, querido.
Jonathan desvió un momento la mirada, sabía que no era capaz de mentirle a
aquella mujer, de hecho, se sentía demasiado vulnerable con ella y sabía que
reconocería fácilmente las mentiras.
–Intentando superarlo aún –contestó él, y luego la observó–. Supongo que
igual que usted –la mujer lo observó con los ojos vidriosos y asintió.
–La diferencia entre tú y yo, es que yo ya no tengo razones para
intentarlo.
Aquella confesión alarmó al rubio y lo dejó sin palabras, negó con su
cabeza un par de veces aún intentando digerirlo, pero sabía que en cierta
forma, la mujer tenía razón.
–No diga eso…
–Querido, sé que eres lo suficiente maduro como para aceptarlo, tú y
Gabriel siempre fueron más maduros que el resto de los chicos de su edad.
–Sí, pero de todas formas…
–Cuando seas padre lo comprenderás –le interrumpió ella–. Cuando tengas un
hijo comprenderás que tu vida de repente ya no importará tanto como la de él, y
Dios no quiera, pero si llegas a sufrir la misma desgracia que yo, cuando lo
pierdas sentirás que ya no hay nada por lo cual seguir viviendo, sobre todo si
sólo has tenido un hijo y ya no tienes esperanzas de poder tener otro. Lo más
preciado se te irá de las manos y tu vida continuará estando vacía por siempre…
Jonathan no supo qué decirle, la verdad era que si para él Gabriel le hacía
mucha falta, suponía que para ella y su marido era aún peor.
–No te apenes, querido. En la vida, así son las cosas a veces.
La mujer le acarició las manos y lo miró con afecto, si podía decir que
tenía una segunda madre, ésa mujer era ella, por eso le dolía tanto que
estuviese sumergida en aquella oscuridad. Sentía culpa por no haberla visitado
antes, después de la muerte de Gabriel, había sido demasiado egoísta con su
dolor y no había sido siquiera capaz de analizar el del resto.
–¿Viniste a visitarlo, verdad? –sintió que le preguntó, y él levantó la
mirada, algo sorprendido–. Lo siento, pero él no está, casi nunca lo está. Si
quieres puedes pasar a su habitación, quizás te escuche y venga.
–¿No ha estado aquí? –le preguntó sorprendido y la mujer negó con su cabeza.
–Sólo aparece en las noches, a eso de las nueve y media. Todos los días lo
hace, pero sólo en esas horas, por unos minutos, y luego se va.
El rubio lo analizó, ya sabía por qué aparecía a esas horas, pero no quería
decirlo, sin embargo, seguramente era algo que los dos ya sabían.
–¿Siempre lo hace? ¿Todas las noches? –la mujer asintió y él miró el piso,
nunca había pensado que Gabriel fuera ese tipo de espíritus. Se sentía culpable
por eso.
–Aún no lo comprendo, Jonny. Aún no comprendo lo que sucedió esa noche –suspiró
ella, abatida.
–Yo tampoco –admitió él–. Por eso estoy aquí. Quiero averiguarlo y
ayudarlo, ayudarlo a poder descansar.
La mujer lo observó con los ojos vidriosos, le palmeó las manos de nuevo y
luego le sonrió melancólicamente.
–Estoy segura de que solo tú puedes hacerlo y tengo toda mi fe en que lo
lograrás –Jonathan sonrió levemente, esperando que la mujer tuviera razón–.
Anda, ve tranquilo. Ya te sabes el camino, toma todo tu tiempo.
Jonathan le hizo un gesto de cabeza por cortesía y dejó a la mujer en la
sala para después subir las escaleras que estaban al otro lado del living,
cerca de la cocina. Cruzó el pequeño corredor y fue hasta la última puerta,
aguardó un momento antes de entrar, intentando percibir algo, pero todo estaba
demasiado tranquilo, demasiado silencioso.
Abrió la puerta lentamente y observó la habitación, una oleada de
sentimientos lo arrebató, de alegría y por sobre todo de tristeza, recuerdos y
recuerdos tras ver cada rincón, cada detalle minucioso que no había sido
movido. Sintió un nudo en la garganta, al ver que siquiera habían movido un
solo cuadro, mueble, libro o papel.
Entró, dando pasos pausados y lentos, mientras sentía deseos de llorar al
ver las fotos suyas con las de Gabriel, las fotos artísticas que había tomado
estaban todas juntas aún, sobre un marco de madera que él mismo había hecho.
Siempre había pensado que Gabriel tenía un don con la cámara, lo recordaba cada
vez que veía sus fotos.
Se acercó a su cama y se sentó en la punta, con una de sus manos, acarició
el acolchado naranja y sintió que le cayó una lágrima, recordando que solían
pasar tardes enteras mientras hablaban escuchando música, recordando también
los besos y las caricias, recordando su primera vez...
Aquel recuerdo lo abrumó y se secó las lágrimas, suspiró profundamente y se
dejó caer en la cama, claro que no lo había olvidado, nunca lo había hecho. Inspiró
el aroma del acolchado y lo relacionó a él. No pudo evitar ir más hacia arriba
y buscar la almohada, la abrazó y acercó su rostro a ella, pero ya no tenía su
aroma, aunque tenía el mismo perfume de siempre, ya no tenía su esencia…
Se inclinó y quedó boca arriba, mirando el techo de madera, ése que tantas
veces habían visto juntos mientras hablaban, luego se sentó, mirando el resto
de la habitación. Seguía todo igual, seguramente su madre o su padre lo
mantenían así, pero era tan doloroso…
Se levantó y fue hacia el cajón de la mesita de luz junto a la cama, allí
adentro encontró un rosario y una biblia, por debajo, había un cuaderno negro
de tapa dura. Lo tomó con cuidado y lo abrió, estaba totalmente escrito, a puño
y letra de Gabriel, adornado con fotografías que había sacado y a veces con
recorte de diarios. Miró en la punta de cada hoja y notó que estaba escrito en
fechas y entonces comprendió que era una especie diario íntimo; nunca había
sabido que tenía uno.
Lo ojeó, sin mirar en detalle lo que decía, hasta que encontró una fotografía
de su rostro en una página y se detuvo a leer con más atención.
“Siempre encontré a la vida con
muchísimas cosas y momentos hermosos. Los niños, los animales, los cumpleaños,
las reuniones familiares… son los momentos y lugares en los que siempre supe
que sacaría alguna foto que lo demostrara, pero no creí que con una sola
persona bastara” –leyó Jonathan con una sensación
inexplicable en el pecho–. “Siempre fui
un espectador y desde muy temprano creí comprender al ser humano, creí
conocerlo, con sus miedos y preocupaciones, con sus alegrías y tristezas, con
su egoísmo y su solidaridad… creí verlos en cada faceta de la vida. Pero él lo
cambió todo” –Jonathan cambió de página y encontró otra fotografía suya,
una diferente, aquella que había tomado en el parque, aquella de la que le
había hablado a Gonzalo, y se desmoronó al encontrarla guardada en aquel lugar.
“Él es mucho más simple y
complicado a la vez. Él no es capaz de ver la belleza del mundo, pero es capaz
de ver aquello que nadie más puede ver, así que estoy seguro de que algún día
será capaz de ver la belleza del mundo. Y es muy sensato, hermoso, cómo se
expresa, cómo intenta contener sus emociones para poder ser más objetivo… es
muy inocente, todavía cree que puede hacerlo.”
“Es un ser solitario, con muchos
miedos y angustias, pero es la persona más maravillosa que he conocido y que
seguramente conoceré.”
“No es como querer a un padre,
una madre, un vecino o un amigo… Es como querer a una estrella. Nunca será sólo
para ti. Los demás podrán verla, pero jamás tocarla, y es probable que tú
tampoco. Y te hace desear querer ser el cielo en donde se resguarda lejos de
los demás, para poder sentir que al menos, tienes una parte de ella.”
Jonathan se secó las lágrimas e intentó contener los sollozos, Gabriel
nunca le había dicho algo así, nunca se lo había expresado de tal manera, no
había podido ver todo lo que él sentía, y en cierta forma, se sentía en falta.
No quiso continuar leyendo, se sentía devastado como para hacerlo, así que
dejó el cuaderno sobre la cama y siguió mirando el cajón. No había nada más por
ver allí, así que recorrió el resto de la habitación, mirando cada detalle de
él, sintiendo muchísima nostalgia y tristeza.
Se acercó al escritorio, en donde estaba limpiamente ordenado, con varios
libros sobre sus pequeños estantes. Miró sus títulos sin demasiada atención, la
mayoría eran los libros de la escuela, de ése último año que había cursado, así
que siquiera los agarró para mirarlos, pero había uno que le llamó la atención.
Parecía irreal, pasó su dedo índice por él y lo sintió demasiado liso, lo miró
con atención, llevaba escrito “Teoría del
Universo” y era mucho más grueso que los demás. Lo levantó y notó que era
extremadamente ligero, algo demasiado extraño para su estructura.
Miró su portada, pero sólo volvía a repetir el título del libro y en la
contraportada no había nada, sólo estaba negro. Lo miró con curiosidad, parecía
pintado, hecho a mano, así que lo abrió y al hacerlo se encontró una enorme
sorpresa.
El libro estaba vacío, hueco. Era un libro hecho a mano, cortado para
guardar cosas en su interior, y éste estaba lleno de fotografías.
Se horrorizó al ver que eran sólo fotografías de espíritus, algunos con
forma humana y otros no, algunos muy visibles y otros no. Pasó una fotografía
tras otra, asustado de la cantidad que había tomado, de lo cerca que estaban
algunas, incluso habían fotografías en las que él aparecía, junto con una
sombra detrás, fotografías que Gabriel nunca le había mostrado.
Pasó una tras otra, recordando algunas cuando recorrían lugares
deshabitados en busca precisamente de ese tipo de fotografías, pero había
muchísimas que no reconocía. Las que estaban más abajo del libro, eran las más
nítidas, pero también, las más horrorosas y todas eran en un lugar desconocido
y oscuro. Se asustó demasiado al darse cuenta que era un cementerio y que por
eso esas últimas fotografías estaban plagadas de sombras con formas extrañas.
Miró una de las últimas fotografías y se horrorizó al ver unos ojos rojos
en una sombra negra de forma no humana. Jonathan sabía muy bien lo que era eso,
y se paralizó del solo hecho de pensar que Gabriel había estado en el mismo
sitio que aquel… lo que sea que fuera esa cosa.
Sintió un ruido extraño en la entrada de la habitación y un escalofrío
intenso le recorrió el cuerpo entero. El libro se le cayó de las manos y todas
las fotografías terminaron esparcidas por el piso, la única que quedó consigo
fue aquella en la que aparecían esos ojos rojos mientras él miraba la entrada,
notando que Gabriel estaba allí, mirándolo con una clara expresión de furia.
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