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Capítulo 8: El amargo gusto de la incertidumbre

by Evan on Nov.22, 2009, under



Continuaba observando la fotografía con los ojos muy abiertos, de repente el mundo se le distorsionaba y se alejaba de la realidad, comenzando a sentirse en una cuidad paralela y en un agujero sin fondo. Su corazón comenzó a chocar muy fuerte contra su pecho mientras sus ojos veían el rostro de Gabriel en aquella fotografía, haciendo que sus recuerdos fluyeran por su cabeza como el agua en el río, un escalofrío le recorrió de los pies hasta la nuca y sintió que se le erizó el cabello. En su garganta sintió un nudo y si no hubiese sido que había comenzado a respirar de nuevo, habría apostado que sus ojos le habían comenzado a lagrimear.

En un segundo regresó a la Tierra, tragó saliva al recordar que Gonzalo seguía a su lado y que seguramente estaba midiendo sus expresiones, entonces intentó recomponerse ante los recuerdos que ahora eran dolorosos. Apartó de su mente todo evento pasado para regresar a la realidad y comenzarse a preguntar por qué. ¿Por qué Gabriel estaba en la casa de Gonzalo? Él lo sabía, lo intuía. Pero no, no podía ser posible, ¿es que acaso su vida estaría destinada a quedarse estancada por culpa de un error? ¿Ese error había sido demasiado grande y por eso continuaba sufriendo las consecuencias, quizás?

-¿Jonathan? –sintió que le llamó Gonzalo, entonces presionó el botón para cambiar de imagen para buscar otras y halló otra muy parecida, en la que Gabriel estaba menos nítido-. ¿Jonathan?

-¿Desde cuándo le sientes? –le preguntó sin dejar de mirar la fotografía, mientras sentía que sus manos le temblaban. El moreno no contestó, así que el mayor levantó la vista con algo de fastidio, de repente se sentía muy vulnerable-. Gonzalo, ¿desde cuándo lo sientes en tu habitación?

-Desde que fuiste a mi casa… -contestó el otro, no muy seguro de sí mismo, luego frunció el seño-. ¿Por qué estás tan serio? ¿Lo reconoces?

El rubio desvió la mirada de esos exigentes ojos cafés que ansiaban una respuesta, nervioso volvió a mirar la fotografía, sin saber si responderle o no, si mentirle o no. ¿Por qué? Ya no quería seguir, no podía soportarlo más. Su vida simplemente estaría estancada y no podría hacer nada con ella, su vida siempre estaría ligada a la muerte, al desamparo, al miedo, a la angustia…

-Jonathan –sintió que Gonzalo le tomó del brazo y de repente aquella sensación de tristeza que había aplastado para evitar ponerse desnudo ante el otro estudiante, flotó lentamente otra vez hacia la superficie. Cerró sus ojos lentamente y suspiró.

Gonzalo continuó mirando al rubio sin poder comprender lo que sucedía, comenzó a preocuparse ante las expresiones de Jonathan, quizás ese que había aparecido en la fotografías era alguien peligroso, algún familiar quizás, pero no comprendía por qué en su habitación, por qué aparecía ahora. Sólo podía entender que el otro chico comenzaba a encerrarse en un mundo al que no se veía con el derecho a entrar, pero quería exigírselo más allá de que su cabeza le ordenaba que no lo hiciera.

-Hoy no es mi día –sintió que susurró sin levantar la cabeza o abrir sus ojos, Gonzalo se acercó un poco más a él sin saber cómo hacer para transmitirle apoyo, aunque no sabía por qué era que estaba así-. Lo siento, estoy un poco raro hoy.

Jonathan levantó la vista por fin hacia los ojos del otro chico y de repente miró el piso de nuevo, poniéndose tenso. Gonzalo dejó pasar el hecho de que su respuesta no había sido respondida y miró el piso.

-Descuida… ¿Quieres que dejemos esto? –le preguntó mientras soltaba su brazo y luego se frotó el cuello, algo incómodo.

Jonathan no respondió, simplemente le miró un momento y luego colocó la cámara en modo captura, la levantó y tomó una fotografía. Gonzalo le observó hacerlo, algo confundido, pero sin decir nada, luego se acercó un poco estirando su cuello para ver la fotografía que el rubio había tomado y en la pantalla de ésta pudo notar una sombra blanca en uno de los bancos que estaba no muy lejos de ellos, cerca de la esquina.

No pudo evitar mirar hacia ese lugar aunque sabía que no iba a encontrar nada en él, pero luego volvió su vista hacia Jonathan que estaba tomando otra, apuntando hacia la otra calle. El chico sacó otra fotografía y Gonzalo se acercó más, entre intrigado y algo nervioso al ver que otra vez aparecía otra sombra blanca larga y sin forma, en el cuadro de la imagen.

-¿Ves? Están en todas partes… -sintió que dijo Jonathan que se inclinó un poco para mirarlo a los ojos-. Y yo los veo siempre. Siempre van a perseguirme.

Gonzalo recordó entonces todo ese calvario que el otro estudiante sufría, pero no comprendía por qué se había aislado del mundo hacía un instante o porque sacaba ese tema a la luz en ese momento, ¿acaso había reconocido a ese que había salido en la foto? No se sintió con deseos de preguntar, ya que Jonathan parecía estar muy extraño. Quizás no era su día, como bien él había dicho, pero no podía evitar sentirse angustiado.

-Pero no todos te atacan, ¿o sí?

-No –contestó el chico para apagar la cámara y entregársela a Gonzalo, quien la tomó y luego de un momento volvió a guardarla en su mochila-. Aún así, es algo frustrante…

Ambos guardaron silencio un momento, en donde ambos quedaron sin observarse el uno al otro. De un momento a otro, Jonathan se puso en pie y se colocó el morral al hombro.

-No me siento bien, creo que iré a casa.

-¿Quieres que te acompañe? –Jonathan lo observó un momento al otro chico, sentado en la banca aún y colocándose la mochila a las espaldas. Era muy amable y la verdad su compañía era muy grata, aunque ahora estaba demasiado confundido como para poder ser digno de su compañía.

-Como quieras, pero ya sabes que hoy estoy como un zombi y no hablo mucho –le contestó mientras comenzaba a caminar y el otro chico comenzaba a seguirle.

-Descuida, todos tenemos esos días a veces.

Comenzaron a caminar juntos, uno al lado del otro en dirección a la casa del estudiante del 2º B, sin conversar y sin mirarse, esquivando personas, cruzando calles y a veces chocándose el uno contra el otro para intentar evitar a los demás. Jonathan no levantaba la vista del suelo más de lo necesario y Gonzalo comenzaba a sentirse un poco incómodo con esa situación, no sabía cómo preguntarle las cosas y hasta sentía que no quería hacerlo, aunque una parte de su interior se lo pedía.

Se detuvieron ante una esquina cuando el semáforo para los peatones cambió a rojo, Gonzalo observó una vez más a su acompañante y éste alzó la mirada hacia él un momento, luego la desvió un poco más allá de su cuerpo y dio un pequeño salto hacia atrás, abriendo los ojos como si algo aterrador y espeluznante apareciera y Gonzalo no pudo evitar mirar hacia donde él observaba.

-¿Qué sucede? –le preguntó entonces, pero el chico no respondió y continuó quedándose con los ojos muy abiertos y de repente comenzó a empalidecer. Gonzalo se preocupó y lo tomó del brazo cuando éste se llevó la mano a la boca en una muestra de conmoción, entonces la gente de su alrededor comenzó a caminar para cruzar la calle cuando el semáforo había pasado al verde-. ¡Jonathan, ¿qué sucede?!

El rubio no contestó y simplemente se echó a correr hacia atrás, tropezándose a su paso con las personas que se le cruzaban que se quejaban o hasta lo miraban con fastidio a ambos. El moreno le siguió apresuradamente por detrás y cuando éste se detuvo ante un cesto de basura lo tomó de los brazos y Jonathan comenzó a vomitar. Gonzalo lo agarró con más fuerza con miedo a que las piernas del otro le fallaran o algo así, mientras el otro de repente dejó de vomitar pero comenzó a temblar.

-¿Ya paró? –le preguntó mientras miraba al rubio llevarse la manga a la boca y cerraba los ojos, luego los abrió y observó a Gonzalo con los ojos rojos y llorosos-. ¿Qué pasa? ¿Te sientes bien?

Alejó su vista del moreno y observó hacia la esquina, aún recordando aquella imagen de un niño caer desde algún edificio y recordando aún el sonido de sus huesos al chocar contra el pavimento. Cerró sus ojos con fuerza, deseando que esa desagradable sensación se desvaneciera de su cuerpo y de su mente, deseando olvidar el olor y color a la sangre de su cuerpo pequeño y destrozado.

-¡Jonathan! –el nombrado abrió sus ojos al sentir que Gonzalo le llamaba mientras lo sacudía y lo miró, pero detrás de él pudo ver a ese niño de nuevo, que se había levantado pero que seguía en las mismas condiciones que hacía dos minutos, ya completamente consciente de su presencia.

-No, vete… -dijo con miedo-. ¡Vete! ¡No me sigas, déjame en paz!

Entre tambaleos y tropiezos con el resto de transeúntes, Gonzalo le siguió de cerca con miedo a que Jonathan simplemente terminara de desestabilizarse en cualquier momento, mientras éste intentaba huir de aquel extraño y agonizante ser que le había asustado con su presencia. Debía admitir que más que miedo, tenía asco.

Jonathan se detuvo cuando se sintió un poco más seguro de su mismo, mientras sentía su garganta seca y su cuerpo inestable. Se acercó a una pared que encontró por ahí y largó a llorar mientras se sentaba en el piso, sintiendo a Gonzalo se le colocársele enfrente, preocupado y sin saber qué hacer.

Jonathan se agarraba la cabeza y se tapaba el rostro, como un niño pequeño que lloraba con miedo ante un prominente castigo y él no sabía qué hacer, no sólo porque no entendía qué lo había puesto así, sino que siquiera sabía cómo hacerlo. En ese instante que comenzó a sentir sus sollozos ahogados, se arrodilló junto a él y colocó ambas manos sobre sus hombros, pero eso solo lo hizo poner peor y entonces se acercó más y lo abrazó, así como su madre lo hacía cuando él era pequeño cuando tenía miedo de algo.

Acarició su espalda intentando hacerle sentirse protegido y acompañado, intentando hacerle sentir que no estaba solo. Ante unos largos minutos en donde Jonathan comenzó a calmarse poco a poco dando profundos suspiros, se abrazó a Gonzalo que continuaba sosteniéndolo y observando alrededor, habían regresado a la plaza de los caídos.

-Tranquilo, todo estará bien –le dijo, intentando animarlo.

-¿Cómo puedes saber eso?

-Porque a veces hay que creer para que suceda.

Jonathan volvió a largar pequeños sollozos mientras él continuaba acariciándole la espalda constantemente para que se desahogara, Gonzalo miró hacia todos lados por si encontraba algo fuera de lo común, pero no había nada, siquiera la gente los miraba, porque pasaban por ahí siguiendo sus vidas. En ese momento, sintió los dedos de Jonathan aferrarse a él con más fuerza y lo observó ocultando su rostro en su hombro.

-Jonathan, ¿qué ha pasado? –le preguntó con delicadeza, suavizando su voz para no molestarlo-. ¿Era un espíritu lo que se apareció por eso pediste que se fuera? ¿O me lo dijiste a mí?

-No –contestó el otro intentando normalizar su respiración y sin separarse del moreno, sintiendo la garganta agria y con mal gusto, producto de los fluidos gástricos-. Era… era uno de ellos. Saltó del edificio, se suicidó… Su cabeza… estalló contra el pavimento. Era tan solo un niño, por Dios, ¿cómo puede pasar esto?

Gonzalo no pudo imaginárselo, pero comprendió que debió haber sido terrible. ¿Por eso había vomitado, quizás? Continuó acariciando su espalda y Jonathan se alejó un poco, luego se sobó la nariz, cabizbajo.

-Había mucha sangre y… yo le tengo fobia a la sangre. Me da náuseas.

-Entiendo… -asintió, sin saber mucho más que decirle al rubio que parecía aún conmocionado. No lo soltó y le acarició los brazos, intentando transmitirle apoyo moral, porque más de eso no podía transmitirle, ya que no borraría esas imágenes ni mucho menos las vería él.

-Ya no quiero esto… no quiero seguir así y a penas tengo dieciséis, ¿qué me va a esperar para cuando tenga veinticinco? –comentó Jonathan, desesperanzado y abatido, llevándose las manos al rostro para frotárselo y taparse-. Soy un fenómeno y siempre lo voy a ser. A veces me gustaría estar muerto.

-No digas eso –le recriminó, soltándolo y mirándolo algo fastidiado-. Ni siquiera lo vuelvas a decir, ¿okay? –Jonathan apartó sus manos del rostro y lo miró a los ojos, Gonzalo no lo entendía, no lo entendía en lo absoluto.

-¿No lo entiendes, verdad? Si pasaras todo un día y una noche conmigo, veinticuatro horas ininterrumpidas, comprenderías porqué siento esta maldita necesidad de renunciar.

-Entiendo que estés cansado, Jonathan. Pero no te rindas. No lo hagas –el rubio sonrió con melancolía y miró el piso-. Sé que es complicado, pero inténtalo al menos. Tendrás un buen futuro, en cuanto te focalices en no dejar que te afecten por demasía, además, eres buena persona, y de seguro encontrarás a esa persona que me dijiste que te gustaría encontrar, que te apoye, que sea tu compañera y te haga sonreír.

Jonathan suspiró hondamente y se frotó los ojos, a veces llegaba a preguntarse porqué Gonzalo le decía esas cosas, porqué intentaba animarlo. Se sentía muy extraño tener de nuevo a alguien que intentara motivarlo a seguir, le hacía dar una sensación de nostalgia agradable, pero a la vez algo incómoda.

-¿Cómo haces para ser tan optimista? –le preguntó con un poco de vergüenza, mientras se frotaba los ojos, sintiendo aún deseos de llorar.

-No lo sé –contestó sonriendo un poco y mirando al otro estudiante que aún estaba cabizbajo-. Creo que cuando uno piensa en positivo, es más probable que salga todo bien, además, creo que es más sano pensar que las cosas van a ir bien que creer que el mundo se viene abajo –Jonathan sonrió un poco y luego volvió a frotarse la nariz, sintiéndose algo extraño de repente, como siendo invadido por algo, algo agradable, que le transmitía serenidad.

Levantó la mirada un momento, buscando ver a Gonzalo a los ojos, se veía tan tranquilo… Era una persona muy humilde y simple. Se parecía mucho a él. Bajó la vista de nuevo al pensar en eso… Gonzalo era parecido a Gabriel en ese aspecto, el deseo de ayudar al otro sin esperar nada a cambio, pero no podía compararlo. Nadie merecía ser comparado con alguien más. Jonathan comenzó a sentirse un poco nervioso y presionó sus uñas contra las manga de su suéter.

-¿Puedo… abrazarte de nuevo?

Gonzalo no contestó, simplemente abrió sus brazos y él se inclinó para adelante, apoyando su mejilla sobre su hombro, luego sintió las manos del moreno en su espalda otra vez. Jonathan se quedó observando a la nada mientras sentía de repente un aroma tenue, un perfume, ¿era Gonzalo? No lo sabía, nunca se había percatado si el chico utilizaba algún tipo de perfume, era muy distraído con esas cosas. Pero estaba bien…

Gonzalo observó la calle, mientras el resto de las personas pasaban ajenas a ellos. Sabía que ya no era necesario acariciar su espalda porque el rubio parecía estar más calmado, pero no pudo evitar que sus dedos se removieran por sobre el suéter verde de Jonathan un momento. Tragó saliva, algo nervioso, sin comprender realmente porqué, si nada malo estaba sucediendo, o al menos eso creía.

Un abrazo puede ser reconfortante, más cuando uno se siente solo y quizás Jonathan se sintió muy solo a lo largo de toda su vida, quizás por eso ahora necesitaba un abrazo. Pero era demasiado largo, no era que le molestaba, pero era extraño, como si algo le golpeara la cabeza, como si... No, sólo estaba pensando estupideces.

Comenzó a sentir algo de frío, quizás porque estaban sentados en el piso o porque se había levantado algo de viento, pero le restó importancia. En ese instante, pudo sentirlo y el corazón se le puso al revés. No desvió la mirada y ni siquiera lo buscó cerca, pero sabía que estaba allí, cerca.

Se apartó de Gonzalo y le sonrió un momento, luego se rascó la nuca al sentir un hormigueo en la zona, luego comenzó a sentir que su cuerpo comenzaba a temblar ligeramente, tenía frío, ¿era por el viento frío del sur, por el cemento congelado bajo sus piernas o porque Gabriel los miraba a unos cuantos pasos con fastidio?

-Gracias –le dijo-. En serio, gracias por animarme –Gonzalo sonrió y se rascó la nuca-. Me ha agarrado algo de frío –comentó mientras comenzaba a levantarse y se acomodaba un poco las ropas.

-Pensé que era el único –contestó el otro, imitándolo. Entonces Jonathan observó por detrás de Gonzalo y encontró a Gabriel, de pie y a unos cuantos pasos de ellos sin expresión alguna, pero no pudo evitar ponerse nervioso, sabía que seguramente estaba enojado-. Bueno, ¿retomamos el camino entonces?

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Se quitó los zapatos y los revoleó con sus pies cerca del closet, dejó su morral sobre el pequeño puff azul que estaba cerca de la entrada y se quitó el suéter verde del instituto, luego se desajustó la corbata del cuello y observó su habitación con algo de tristeza.

-Gabriel –le llamó mirando su cama vacía y luego de cerrar la puerta se acercó a la misma-. Gabriel, ¿dónde estás?

Jonathan se recostó en su cama sin siquiera cambiarse y abrazó la almohada, suspiró lentamente y continuó observando a la nada un momento, para luego cerrar sus ojos con tranquilidad y morderse el labio inferior.

-Gabriel… Ven, por favor. Gabriel… -pidió el chico mientras sentía que en su garganta se formaba un nudo de ansiedad y culpa-. Perdóname, Gabriel… Lo siento…

-¿Lo sientes? –sintió que le susurró de repente con fastidio, sintiendo que se acomodaba en la cama-. ¿Qué es lo que sientes?

Jonathan no supo si tomar esa pregunta con doble sentido, pero al pensarlo, sintió que Gabriel se removió la cama y se le colocó encima, aplastándolo contra el colchón, haciendo que el aire se le escapara de su pecho.

-No quería lastimarte…

-¿No querías lastimarme? ¿Con qué? –una mano se coló por debajo de su camisa y sintió su mano caliente tocarle el abdomen y dio un respingo-. ¿Con el abandono o con la traición?

Jonathan sintió que los ojos se le llenaron de lágrimas y abrió los ojos, por detrás suyo tenía a Gabriel que lo miraba fijamente sin apartarse de encima suyo, mientras su aliento le chocaba contra el cuello, asiéndole sentirse asustado.

-¿Con qué te duele más, Jonny? –sintió que le preguntó mientras llevaba su mano hacia su pecho y entonces una lágrima se le escapó, pasando por su nariz y cayendo hacia el otro ojo.

-No… no te traicioné –le afirmó no muy seguro a qué se refería mientras Gabriel continuaba respirando por encima de su cuello-. Yo no… no te traicioné.

-No mientas… no intentes mentir, Jonny. Yo lo sé.

-¿En qué te traicioné, Gab? –sintió que su mano le enterró los dedos en el pecho y cerró los ojos al sentir dolor.

-¿En qué, preguntas? Tú lo sabes, lo sabes bien, Jonathan. No te hagas el desentendido.

-Pero no sé…

-¡Con ese maldito chico! –le gritó enfadado interrumpiéndole, Jonathan abrió los ojos tanto como pudo e intentó mirar a Gabriel, pero este ocultando su mirada en su cuello-. ¿Te crees que no sé como lo miras?

-Es… ¿Es por eso que por eso no estás más conmigo cuando duermo? –le preguntó comenzando a comprender, comenzando a sentirse más culpable-. ¿Estás celoso y por eso vas a su habitación por las noches?

-¡No estoy celoso!

-Gab, Gonzalo es sólo un amigo…

-¡No me importa! Te dije de un principio que no te acercaras a él, ¡pero ni siquiera me escuchaste! –Jonathan se dio la vuelta y quedó boca arriba cuando Gabriel le dejó un poco de espacio, soltándolo y quedándose arrodillado por encima de su cadera-. Porque ya no soy importante para ti, ¿verdad? ¿¡Verdad!?

-Siempre serás importante para mí, lo fuiste y lo serás… -le afirmó adolorido y sintiendo que las lágrimas le caían a un costado de sus ojos, rodeando sus mejillas hasta perderse por su nuca. Gabriel lo agarró por las muñecas y se inclinó hacia adelante, quedando su rostro a la altura del suyo-. ¿Por qué piensas eso de mí? -le preguntó entonces, pero el castaño no contestó y se quedó mirándolo a los ojos fijamente-. ¿Quieres que esté solo? ¿Quieres que me amargue toda la vida, solo?

Jonathan sintió que su mandíbula le comenzó a temblar al ver las expresiones de dolor en el rostro de quien había sido la primer persona fuera de su entorno familiar que lo apoyaba.

-Quiero que te alejes de él…

-¿Por qué…? –le cuestionó cerrando sus ojos, cansado y adolorido mientras el aire comenzaba a faltarle-. ¿Por qué, Gab?

En vez de recibir una respuesta, sintió un amargo beso sobre su boca. Un beso lento y suave, pero amargo. Con gusto a medicación.

-Sólo aléjate de él, Jonny –sintió que le dijo con vos suave, aunque no lo tranquilizaba.

-¿Qué pasará si no lo hago? –le preguntó abriendo sus ojos, pero cuando se dio cuenta, Gabriel ya había desaparecido, dejándolo solo en la habitación de nuevo.
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