Capítulo 7: Fotografías
by Evan on Nov.22, 2009, under
Estaba sentado en el piso, apoyado contra la pared del instituto con una de sus piernas flexionadas, mirando su teléfono móvil con los auriculares conectados a él y moviendo un poco su cabeza, escuchando una canción de radio que no conocía pero que le parecía muy amena. Miró a su alrededor la gente pasar, mientras esperaba a que Jonathan saliera del instituto.
-Hola –sintió que le saludaron, entonces Gonzalo observó hacia la voz y se encontró al rubio, que aún llevaba la bufanda al cuello a pesar de hacer tanto frío.
-Hola –le saludó el chico para mirar su teléfono móvil y tocar algo en él para apagar la radio, luego se quitó el otro auricular del oído, para mirar a Jonathan de nuevo-. ¿Estás bien?
Jonathan frunció las cejas y luego observó hacia la calle, Gonzalo se puso en pie y guardó su teléfono en el bolsillo de su pantalón.
-¿Lo preguntas porque tengo ojeras otra vez?
-No, quería saber cómo estabas del cuello y como luces cansado, quise preguntar.
-No siento lo del cuello, ya olvídate de eso. No pasé la mejor de las noches pero he tenido peores. ¿Vamos hacia la plaza? –Gonzalo le acompañó cuando comenzaron a caminar-. ¿Te ha llamado?
-No –Jonathan dirigió la vista de inmediato hacia el otro estudiante, esa respuesta no la esperaba-. No me llamó en toda la noche. Habrá de ser que sigue molesta…
-¿Y no sucedió nada raro?
-Me pasó lo mismo de la otra vez, lo de sentir que había alguien en mi habitación, pero fuera de eso no sucedió nada –le comentó con tono preocupado. Jonathan observó el piso un momento sin dejar de caminar, pensando todas las posibilidades que había para interpretar a la mujer-. ¿Crees que sigue enojada?
-Puede ser… no lo sé –contestó el otro, pensativo, mientras miraba por donde caminaba y se detuvo junto con el otro estudiante ante un semáforo en rojo-. A estas alturas creo tiene miedo que descubramos algo.
-¿Descubrir algo? ¿Cómo qué?
-Si lo supiera te lo diría…
Caminaron el resto del trayecto en silencio, mientras la cuidad comenzaba a tener más movimiento debido al horario escolar, con niños desde preescolar hasta los de instituto, las calles abarrotadas de automóviles particulares y autobuses estatales repletos de gente, en su mayoría estudiantes que regresaban a sus casa, junto con la demás gente que estaba viajando a sus hogares, a un chequeo médico y a otras miles de opciones más.
Se sentaron nuevamente bajo la estatuilla que estaba en el centro de aquella pequeña plaza y Jonathan miró de nuevo a la banca que estaba cerca de la esquina, viendo de nuevo al anciano que esperaba sentado allí por algo o alguien.
-¿Puedo preguntarte algo? –sintió que le dijo Gonzalo y entonces observó al chico que estaba a su derecha-. ¿Por qué siempre vienes a esta plaza y te sientas en el mismo lugar?
Jonathan observó de nuevo hacia el arbusto que estaba frente de ellos y sin observarlo realmente, recordó el rostro de Gabriel cuando hablaron por primera vez allí.
-Porque no me gusta estar mucho tiempo en casa –le contestó esquivamente, sin demasiados ánimos de hablar. Se hizo un breve silencio, en donde Gonzalo observó a sus alrededores, intentando comprender.
-¿No tienes muchas ganas de hablar, verdad?
-Sinceramente, no. Tengo bastante sueño, no pude dormir bien anoche y tengo las neuronas apagadas porque hoy tuve un examen del que no creo que me haya ido bien –comentó Jonathan rascándose la nuca un momento luego apoyándose sobre sus rodillas-. Siento si no soy una buena compañía o no avancemos mucho en lo de tu mamá hoy.
-No, descuida… Si después de todo, lo de mi madre lo veremos el sábado. ¿Los espíritus no te dejaron dormir anoche?
-Nunca me dejan hacerlo –comentó riéndose con amargura-. No tengo un recuerdo de haber dormido al menos seis horas seguidas en una noche… por eso suelo dormir de día, cuando mi padre no está, que sino siempre me levanta diciéndome la que noche se hizo para dormir y el día para estar despierto –el rubio miró el piso un momento y Gonzalo se colocó de costado, para verlo bien-. Antes, después de ir a clases solía estar en la Iglesia hasta las siete y luego volver a casa, los espíritus no me molestaban cuando estaba ahí.
-¿Y ya no vas más? –Jonathan negó con su cabeza un par de veces, sin levantar la mirada-. ¿Por qué no?
-La Iglesia por lo general estaba sola cuando no había alguna misa, había poca gente en su interior. El cura solía dar misa a la mañana, a eso de las ocho, luego daba una a las tres y otra a las seis de la tarde y luego de eso yo volvía a casa. Pero un día falleció, tenía como ochenta años, y su discípulo, un hombre joven, tomó su lugar, pero no me agradaba su forma de ser, así que dejé de ir a la Iglesia todos los días. No busqué otra porque simplemente me quedaría muy lejos de casa y yo necesitaba una cerca, para no caminar demasiado hasta casa –Gonzalo continuó observando a Jonathan intentando ver algo extraño en él, pero no sintió nada, luego éste le miró-. Creí que el cura nuevo estaba totalmente convencido de que alguien en mi casa me maltrataba, lo recuerdo porque no era como el otro cura, solía acercarse a mí cuando me veía dentro. Me analizaba todos los días y siempre me preguntaba sobre las marcas que tenía, sobre las cosas que veía, de porqué siempre iba a la Iglesia, como si estuviera intentando escapar de alguien, cosas de ese estilo… así que dejé de ir a la Iglesia porque tenía miedo que un día llegara y viera a la policía en la entrada y comenzaran a preguntarme si tenía problemas en casa.
-¿Desde tan chico te dejaban esas marcas? –el rubio asintió mirando de nuevo hacia los arbustos.
-Cuando chico por lo general solía tener muchos arañazos y golpes, más que marcas de manos y esas cosas. Era un niño tímido y miedoso, con marcas de arañazos y contusiones en partes de mi cuerpo que no estaban a la simple vista, iba a la Iglesia todos los días después de la escuela y los fines de semana, y me quedaba hasta que casi anocheciera. ¿Qué pensaría una persona ajena al entorno de ese niño? Que un adulto abusaba del pobre niño que tiene miedo de hablar, y para escapar de esa persona, el niño se esconde en la Iglesia todo el tiempo que pueda…
Gonzalo se removió incómodo en su asiento, no estaba del todo seguro de poder ayudar a Jonathan a ser más optimista, ya que toda su vida había sido muy complicada, pero quizás podría cambiarle un poco las cosas. Al menos ahora podría hacerle compañía y escucharlo, quizás con eso su carga sería menos pesada, aunque no estaba seguro de qué decirle para que ya no pensara en cosas de su pasado, no sabía cómo hacerle creer que ahora las cosas podían ser diferentes.
-¿Eres una persona religiosa, Gonzalo? –sintió que le preguntó mientras le miraba, él miró hacia otro lado, sin saber qué responderle.
-Em… supongo que te habrás dado cuenta de que soy una persona que busca los porqués de todo –Jonathan rió y Gonzalo lo miró.
-¿En serio? No, la verdad es que no lo había notado –bromeó y entonces el moreno sonrió también-. En realidad, quería saber si más allá de todo eso, crees que existe un ser que no podemos ver ni oír, que nos protege si nosotros acudimos a Él por medio de oraciones.
-Bueno, contigo aprendí a creer sin ver, así que digamos que ahora creo un poco en la existencia de Dios, aunque aún tengo muchos cabos sueltos que me impiden creer completamente en su existencia.
-En estas cosas, tienes que creer para poder ver, y no ver para poder creer.
-Lo sé, eso es lo más extraño de todo.
-El mundo está lleno de cosas extrañas. Ya de por sí, la existencia de un ser que no podamos ver ni escuchar, es muy extraño, aunque si lo quieres mirar por el lado de la ciencia, puede ser como algo microscópico, aunque no creo que Dios sea microscópico, sino al revés. Aunque, no lo sé… el mundo estará lleno de vida, de consecuencias lógicas por acciones del hombre, pero también estará lleno de misterios y de cosas que nunca podremos llegar a comprender, en el ámbito espiritual, al menos.
-Supongo que eso lo hace más interesante. Si ya lo supiéramos todo, sería mucho más monótono.
Gonzalo volvió a mirar a Jonathan, que miraba hacia otro lado, mientras un viento frío comenzaba a rodearlos y el moreno no pudo evitar abrazarse a sí mismo mientras miraba el cuello del otro estudiante.
-Jonathan, perdona que cambie de tema abruptamente. Pero quería saber lo que te dijo mi madre –el chico le observó un momento con seriedad y luego volvió a desviar la mirada-. Es que no me quedó del todo claro lo que sucedió.
-No quería que me acerque a ti, por eso me atacó –Jonathan se rascó la cabeza y Gonzalo se inclinó más cerca de él.
-¿Cómo?
-¿Tu madre te sobreprotegía en vida?
-No… si casi no la veía por su trabajo, no tenía tiempo para guardarme en una caja de cartón. Me cuidaba, se preocupaba por mí, con quién andaba y a qué hora regresaba y esas cosas, pero no me sobreprotegía.
-Entonces no lo entiendo –Jonathan se acomodó mirando frente a frente al otro estudiante-. Hay algo que la perturba y a la vez se siente amenazada. Quizás sea yo.
-Pero, ¿por qué?
-No lo sé, si lo supiera todo esto sería mucho más sencillo –Gonzalo suspiró algo abatido y miró hacia la calle, mientras Jonathan se veía iluminado por una posible razón que podía explicar la reacción de la mujer, pero no quería plantearla, no aún.
-Quizás no es tan buena idea intentarlo de nuevo el sábado –comentó el moreno mientras regresaba su vista hacia su compañero-. Quiero despedirme de ella, pero no quiero que te deje otra cosa de esas –le dijo llevando su mano al cuello del rubio y apartándosela para ver la herida-. Está más apaciguada, pero igual...
Jonathan torció sus labios un momento y se acercó más a Gonzalo, que le miró extrañado como el otro chico se arremangaba el suéter verde del instituto y se desabrochaba el botón de la manga de la camisa.
-Tal vez si te muestre esto, terminarás por aceptar que lo que pasó no fue tu culpa –dijo Jonathan para arremangarse la camisa y mostrarle las marcas de su antebrazo derecho.
Gonzalo observó las diversas heridas que tenía el rubio con los ojos muy abiertos, tenía arañazos, hematomas, marcas de manos y hasta creía ver algo que era una mordedura. No pudo evitar llevar su mano hasta el antebrazo del otro chico y tocárselo, porque aún a pesar de verlo, no podía creerlo.
-Jonathan, ¿quién… quién te hizo todo esto?
-Vivo media cuadra del cementerio –aclaró el chico, mirando a su alrededor en busca de alguien que los vigilara-. Casi todas las noches se me aparece un espíritu que busca algo. Este fin de semana que pasó, apareció un chico al que lo asesinaron de un escopetazo, sale en las noticias todos los días ya que es un asesinato muy particular, porque no todos los días encuentras a alguien muerto de un escopetazo porque no es un arma común en estos días… no sé si lo viste, creo que el hombre se llamaba Simón Molina –Gonzalo levantó la vista hacia el rubio, que miraba para todos lados y luego lo observó a los ojos-. Pues el fin se semana se dedicó a torturarme para que lo ayudara a descubrir quién le hizo eso, ya que él no pudo verle la cara a los tipos que lo mataron porque estaba muy oscuro.
-Entonces, ¿él te hizo todo esto?
-En parte sí, los arañazos los tengo de la semana pasada y todavía no se me van –Jonathan se sintió algo incómodo al sentir la mano de Gonzalo sobre su piel, pero éste se la miraba muy atentamente, así que no la alejó-. La marca de las manos son suyas… El punto al que quiero llegar es que no debes sentirte culpable por cómo reaccionó. No sabemos cómo lo hará.
Gonzalo guardó silencio un momento mientras continuaba mirando las marcas en el brazo de Jonathan, intentando creer que lo que su compañero le decía tenía razón, pero le costaba aceptarlo aún.
-¿Qué es lo peor que puede pasar? –preguntó Gonzalo mirando a los ojos del rubio, que se le quedó mirando un momento sin responderle-. Siempre me has hablado de los límites a los que podemos acercarnos para comunicarnos con alguien, ¿qué es lo peor que puede pasar si intentamos acercarnos a ella pero ella no quiere hacerlo?
-No podemos forzarla a hablar, si es lo que piensas.
-No es exactamente lo que pienso –dijo el muchacho, un poco desmotivado-. Ya ni sé lo que pienso.
-Mira, si nos metemos donde no debemos, y creo que ya sabes dónde, alguien más puede hacerse pasar por ella y engañarnos –confesó mientras el otro chico le miraba atentamente-. Podremos abrir una puerta y dejar pasar a otros seres que no son precisamente amigables y tampoco tan humanos, correríamos el peligro de dejar esa puerta abierta y que nuestras vidas sean completamente destruidas por otros seres que hasta podríamos desconocer… y tendríamos que pedir ayuda a un experto en estas cosas porque nosotros no podríamos con el problema, y si es que podemos conseguir ayuda, algunas cosas nunca vuelven a ser como antes.
Gonzalo continuó mirando a Jonathan a los ojos entre asustado y decidido, sin soltarle un solo momento el brazo al otro chico.
-Podrían volvernos locos, Gonzalo, y obligarnos a hacer cosas que nunca haríamos si estuviéramos conscientes. No se trata sólo de espíritus, sino además de otras cosas.
-Ellos nos volverían locos… ¿Y mi madre?
-Tu madre… podría atacarnos, apoderarse de alguno de nuestros cuerpos si tiene la voluntad y la suficiente fuerza, no lo sé, hay más opciones que esas.
-Jonathan, ¿nos pueden matar los espíritus? –el rubio frunció un poco el entrecejo, debatiéndose entre mentirle o decirle la verdad-. Nos pueden matar, ¿verdad?
-Sí -Gonzalo miró a otro lado, aparentemente nervioso, y suspiró-. Pero no creo que ninguno haga eso, a no ser que lo molestemos en algo. Que los enojemos demasiado.
-¿Como a mi madre?
-No creo que ella sea capaz de hacerlo.
-¿Por qué no? –le cuestionó mirándolo aún a los ojos.
-Porque solo parece querer protegerte, y si me hiciera algo grave, sabe que de alguna forma no se lo perdonarías y no podría estar en paz, ya que en teoría ella es tu madre y siempre ha hecho lo correcto por ti, siempre hizo las cosas pensando en tu bien, porque era una buena madre y seguramente seguirá siéndolo –el moreno se relamió los labios y observó hacia las marcas de Jonathan un momento.
-Bien… Si no te va a hacer nada así... Entonces, ¿qué hay que hacer?
-Sólo esperar hasta el sábado. Mientras, presta atención a lo que sucede en tu casa, a ver si te llama de nuevo, si sientes algo en tu habitación a medianoche y esas cosas. Yo buscaré relajarme para no ir tensionado a tu casa y así ella tampoco se altera.
-Okay…
Jonathan continuó observando a Gonzalo, que aún no le había soltado el brazo, y se sintió algo incómodo quedándose expuesto por tanto tiempo, entonces lentamente apartó su brazo de él.
-No tengas miedo –le dijo mientras se acomodaba la camisa y luego el suéter-. De seguro no pasará nada malo esta vez, iremos con más precaución.
-Lo sé.
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Ya casi era sábado, estaba ansioso para que llegara el fin se semana, tenía la esperanzas de que todo saldría bien esta vez. Su madre había vuelto a llamarle otra vez, el miércoles y el jueves, y aunque no había dicho nada, con el solo hecho de saber que le llamaba estaba bien, porque significaba que ya no estaba molesta.
El viernes ya casi terminaba para él pues le faltaba una hora de clases, y no podía esperar a encontrarse con Jonathan después de que quedara libre de los estudios, porque tenía algo muy importante para mostrarle, algo que le había pasado esa noche. Era perturbador, no podía evitar sentirse muy nervioso con el asunto, pero a la vez se sentía extraño, como motivado, aunque esa no era la palabra exacta que estaba necesitando para describir las sensaciones que tenía.
No podía concentrarse mucho en lo que quedaba de la clase de matemáticas, quien había armado el horario curricular del 1º A lo había hecho muy mal, ¿cómo podía ocurrírsele poner matemáticas en la última hora de los viernes? Era casi peor que ponerla en la primera hora de los lunes, pero no cambiarían el horario curricular por un par de alumnos revoltosos, así que suspiró mirando por la ventana, cansado de ver ecuaciones trigonométricas que sólo le complicaban la vida. Pero bueno, tenía que aceptar que si no hacía los ejercicios ahora que estaba el profesor junto a él, no tendría a nadie en su casa que lo ayudara con ellos, así que miró su hoja e intentó hacer aquel ejercicio que tenía escrito en lápiz, desde cero, para encontrar porqué era que los resultados no le daban como se suponía que tenían que dar.
Mientras tanto, Jonathan continuaba garabateando su cuaderno, mientras escuchaba la aguda voz de la profesora de biología explicarle algo a uno de sus compañeros de curso cerca de su banca. Observó de nuevo el libro abierto sobre genética que había traído de su casa para el trabajo de investigación que les estaba exigiendo a hacer, estaba aburrido, ya que había terminado su trabajo pero no quería entregarlo aún porque estaba seguro que el resto de sus compañeros se lo reprocharían, porque su profesora siempre decía “si uno pudo terminarlo, ¿por qué el resto no?” y de ahí sabía que se llevaría más que un par de miradas asesinas.
Continuó garabateando una hoja de su cuaderno, dibujando o escribiendo algo que ni él sabía que era, dejaba llevar su lapicera sobre la hoja sin mirar, concentrado en ver lo que hacían los demás, que por lo general era hablar entre ellos, buscar cosas en los libros o fotocopias que tenían y a veces hasta tirarse bollos de papel a espaldas de la profesora mientras se reían y dejaban pasar el tiempo en vez de terminar lo que tenían que entregar ni bien terminara la clase. Lo sobresaltó un ruido metálico estrepitoso por detrás de él y luego un par de risas, se dio la vuelta y encontró a uno de sus compañeros en el piso, aparentemente se había caído de la silla por estar hamacándose en las patas traseras de la misma, le restó importancia mientras veía a la delgada y rubia profesora de biología acercarse a él para ver si se encontraba bien, mientras el chico de cabello negro se ponía rojo de la vergüenza y se hacía pasar por gracioso mientras el resto se reía de su desafortunada y tonta caída. Fue allí cuando volvió su mirada hacia la hoja de papel que tenía frente a él y notó lo que había estado haciendo.
Ante él, se encontró con miles de palabras de odio, insultos y aberraciones escritas por todos lados y en varios idiomas, y tardó en darse cuenta que acababa de realizar escritura automática sin darse cuenta de ello. Algo asustado, arrancó la hoja del cuaderno y la hizo un bollo, ocultándola en su morral negro. Suspiró hondamente y se decidió a concentrarse en el libro de genética que tenía a su lado, mirando los dibujos de las células y de sus componentes, pasando a mirar su estructura química, con esos nombres que estaba seguro le tomarían en el próximo examen.
Continuó leyendo intentando concentrarse hasta que sintió el timbrazo del fin de la hora, un gran murmullo se hizo dueño del salón, con sus compañeros quejándose porque no habían podido terminar el práctico, algunos contentos porque ya era la hora de salida, y otro par que continuaban desesperados por guardar sus cosas. Entregó su informe cuando la profesora pidió que los dejaran sobre la mesa y guardó sus cosas en el morral, cuando terminó se dignó a salir de la clase y apresurarse a ir a los baños, dado que era lo que siempre hacía para evitar tener cualquier tipo de contacto con el resto del alumnado.
Esperó unos quince minutos encerrado en el baño a que todos los compañeros de su curso se marcharan del instituto, por si alguno quería gastarle una broma otra vez antes de salir. Se miró el cuello en el enorme espejo de pared que había junto a los lavabos, estaba cada vez menos notoria, pero igual se la ocultó otra vez con la bufanda que se había comprado. Salió del edificio con tranquilidad pero prestando atención a su alrededor, por si había algo fuera de lo normal, pero al parecer ese día estaba bastante tranquilo, aunque no podía dejar de preocuparse nunca. Y ahora, más que nunca, porque Gabriel ya ni se aparecía desde que le había dado la espalda la otra noche cuando se sentía deprimido. Era extraño no sentir su presencia acompañarle, desde su muerte, nunca le había dejado solo por tanto tiempo, a lo sumo era un día, pero siempre se aparecía, así que lo que sucedía sólo podía significar una cosa: estaba ofendido.
Suspiró abatido, pensando que no podía hacer mucho al respecto, más que disculparse, pero no podía, no podía disculparse… porque él tenía razón y Gabriel estaba equivocado. Miró a su alrededor al salir del edificio, buscando a Gonzalo por ahí, ya que siempre solía esperarle para caminar juntos hacia la plaza, estar allí un rato para hablar y luego irse cada uno a su hogar. Era extraño no encontrarlo a primera vista.
-¡Ey! Aquí estoy –sintió que le dijeron y entonces se dio la vuelta, encontrándose con el moreno apoyado contra la puerta de entrada al instituto.
-No te había visto –confesó Jonathan, sonriendo un poco, mientras veía a Gonzalo quitarse los auriculares de los oídos y guardando su teléfono móvil en el bolsillo de su pantalón, luego comenzaron a caminar juntos hasta la plaza otra vez.
-¿Cómo te ha ido en clases? ¿Al final te tomaron ese examen “sorpresa” en matemáticas del que me comentaste ayer? –le preguntó el rubio mientras se llevaba las manos a los bolsillos ya que tenía frío, el clima últimamente estaba descendiendo.
-No, por suerte parece que todo ese rollo se lo montaron mis compañeros paranoicos –contestó el moreno mientras reía y cruzaba la calle junto con el otro chico-. Nos la pasamos resolviendo ecuaciones trigonométricas, pero no me salió ni una sin la ayuda del profesor. Soy una piedra con las matemáticas.
-Eh, pero si las matemáticas son fáciles, lo único que tienes que hacer es acordarte de las fórmulas o los procedimientos. No es como en física que tienes que pensar para poder resolver el problema y luego fijarte si una fórmula te sirve, en matemática todo es bastante lineal.
-Qué bueno que se te den bien los números, pero yo soy un asco… prefiero estudiar biología.
-Uf, yo lo prefiero al revés, hombre… acordarme todos los nombres de los huesos y músculos de cuerpo humano o saber qué le pasan a tus tripas cuando te enfermas no es algo que me llame expresamente la atención –comentó Jonathan riéndose mientras caminaba observando la plaza que estaba a tan solo unos pasos por llegar a ella-. Hoy tuve biología y tuve que entregar un informe sobre la genética, apenas me sale decir la palabra “desoxibu…”, “desoxirru...”. Dios, termina en “nucleiclo”, algo del ADN.
-¿Desoxirribonucleico? –tanteó Gonzalo riéndose mientras miraba la cara de fastidio de Jonathan.
-Esa mierda… No sé porqué los científicos se burlan poniéndole nombres complicados a las cosas, quizás para sentirse más importantes cuando le gente común intenta decirlos –Gonzalo comenzó a reír mientras se sentaba bajo la estatuilla de siempre y se quitaba la mochila de los hombros, para dejarla en el piso.
-No sé, será que como viví con una enfermera llena de cosas de medicina, los nombres esos me son fáciles de decir o de acordarme –le comentó mientras Jonathan se sentaba a su lado y se quitaba el morral, para acomodarlo sobre sus pies.
-Ah, claro. Me había olvidado de eso.
-Y tú tienes un padre experto en física y matemática, por eso será que te es más fácil estudiar ese tipo de cosas.
-No lo había pensado… Pero creo que tienes razón –dijo Jonathan mientras pensaba un momento y luego miró a Gonzalo-. Vas a tener que ayudarme en biología, te lo compenso ayudándote en matemáticas.
-Es un trato… dentro de dos semanas tengo examen, así que vas a tener que empezar a ayudarme pronto.
-Claro, no hay problema, podemos juntarnos en la biblioteca que está a dos cuadras de la escuela, es más tranquilo estudiar ahí y ya casi nadie va porque suelen buscar las cosas por internet –le dijo mientras ambos sonreían pero de repente Gonzalo se puso serio un momento.
-Claro, aunque primero preferiría hacer otras cosas antes –comentó y entonces el rubio se puso serio también, sabiendo exactamente a lo que se refería.
-Por supuesto, ya con eso resuelto podrás poner tu mente totalmente en otras cosas –Gonzalo asintió un momento y luego miró hacia el piso.
-Jonathan, hay algo que debo mostrarte –le dijo el moreno mientras buscaba algo en su mochila-. ¿Recuerdas que te comenté que sentía cosas extrañas en mi habitación por las noches? –el otro estudiante asintió levemente sin dejar de mirarlo, él se detuvo un momento antes de sacar lo que tenía que mostrarle-. Pues, cada vez está peor… y anoche… anoche ocurrió algo…
-¿Qué pasó? ¿Pudiste verla? –Gonzalo negó con su cabeza un par de veces y luego le miró a los ojos.
-Tenía algo de miedo de mirar, porque no sentí que precisamente era ella, era como un aire pesado y había algo extraño en la puerta… y como recordé que suelen salir en las fotografías, como me mostraste en tu casa, pues… le tomé una sin mirar a la puerta.
Jonathan continuó mirando al moreno a los ojos y pudo notar que estaba algo asustado, Gonzalo desvió la mirada hacia su mochila y de ella sacó una cámara digital pequeña y negra.
-¿Qué fue lo que salió? –se atrevió a preguntarle al ver que Gonzalo estaba muy serio, encendiendo la cámara.
-Esa noche no la miré, porque tenía miedo de encontrar algo y luego me habría sentido muy perseguido y no habría conciliado el sueño de nuevo –comentó el moreno mirando la cámara encendida-. Así que la miré esta mañana y encontré… esto.
Gonzalo le tendió la cámara a Jonathan, que la tomó entre sus manos y la miró. Era la habitación del moreno, con su escritorio y el armario a un costado, separados entre sí por la puerta y ante ésta, había una sombra blanca y alargada, lo único que tenía forma eran unos hombros y una cabeza. Jonathan tragó saliva mientras sentía que el cuerpo se le congelaba y su corazón poco a poco se detenía, porque ése de la foto, era sin dudas Gabriel.
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