Capítulo 6: Advertencia
by Evan on Nov.22, 2009, under
Jonathan no podía de dejar de mirar a la mujer que estaba detrás de Gonzalo, de su mismo tono de piel y color de cabello, lacio hasta un poco más debajo de sus orejas, al igual que su madre pero sin flequillo y lo llevaba detrás de las orejas. Con su traje verde agua, estaba manchada en sangre por casi todos lados, la cabeza, el tórax y los brazos, lastimada con raspones y una fuerte contusión a la altura de su frente. Tenía el rostro muy serio y por el frío que hacía en la habitación, no podía decir que estaba contenta con su presencia, lo quería fuera de la casa y se lo estaba diciendo con claridad, haciéndole sentir muy incómodo, pues no sabía cómo iba a reaccionar ella ni cuándo.
-Lo siento, me quedé divagando –comentó el rubio para sonreírle a Gonzalo, que seguía mirándolo con cautela, analizándolo-. ¿Puedo pasar al baño?
-Sí, te enseño donde está –Gonzalo se puso de pie y comenzó a caminar fuera de la habitación, Jonathan le siguió por el pasillo hasta que lo llevó a una puerta que estaba enfrente de la bajada de la escalera-. Aquí está, yo estaré en la habitación. Si un niño revoltoso te molesta o algo, es mi medio hermano, tiene siete, es muy pesado así que no le des mucha atención porque no te suelta y habla hasta por los codos.
Jonathan sonrió y entró al baño cerrando la puerta, una vez dentro, suspiró intentando tranquilizarse. Se enjuagó el rostro con agua fría y se mojó un poco el cabello, apoyándose sobre el lavatorio para bajar la revolución de sensaciones que tenía. No recordaba lo nervioso que a veces solían ponerlo los espíritus que no conocía, le costaba intentar fingir que no lo estaba sobre todo en frente de Gonzalo, que ahora parecía analizarlo más que de costumbre, y era obvio, pues estaba desesperado por contactar con su madre.
El rubio levantó la mirada hacia el espejo redondo y a través de él vio el reflejo de la mujer, dejándolo paralizado tras sentir nuevamente ese torrente de aire frío que le cambiaba la temperatura de la habitación.
-Vete de aquí –sintió que le ordenó con la misma voz que había escuchado antes y tragó saliva, intentando calmarse para demostrarle a la mujer que no quería lastimarla ni mucho menos molestarla.
-No quiero molestarte, sólo estoy intentando ayudar a Gonzalo –susurró por si acaso alguien lo escuchara-. Él quiere comunicarse contigo.
-Aléjate de mi hijo -le ordenó la mujer con un tono más amenazante que el anterior y entonces Jonathan se dio la vuelta, para encontrársela frente a frente, aún sosteniéndose del lavatorio-. No lastimes a mi hijo y aléjate de él.
-No voy lastimarlo, sólo quiero ayudarlo –aclaró él y entonces la mujer se acercó más, pudiendo Jonathan sentir el olor a la sangre y que el clima en la habitación cambiaba, no siendo tan frío.
-Ya sé lo que vas a hacer y por eso quiero que te alejes de él.
-¿No quieres comunicarte con él? ¿No quieres decirle nada, entonces? –la mujer entonces puso muecas de angustia y miró el piso-. Si me dices lo que intentas decirle cada vez que le llamas, se lo diré y me alejaré de su vida.
Jonathan sintió que golpearon la puerta y se sobresaltó, observó hacia allí y vio que se abría, viendo a un niño de siete años entrar por ella que al encontrarlo allí se detuvo con los ojos muy abiertos. Era muy parecido a Gonzalo, tenía el mismo color de cabello y sus facciones, la única diferencia que le veía era el color de sus ojos, porque éstos eran de un marrón muy oscuro, llevaba puesto el mismo uniforme que él. El niño empezó a retroceder y Jonathan reaccionó.
-Em... Hola, soy Jonathan, un amigo de Gonzalo –le saludó y se presentó, entonces el chico le observó el uniforme que llevaba puesto y se relajó.
-Hola, no sabía que Gonza tenía un amigo en el instituto… -Jonathan sonrió un poco y observó hacia donde había estado la madre del moreno, encontrándose solo allí porque ella ya se había ido-. ¿Gonzalo está en su habitación?
-Sí… -el rubio se rascó la cabeza y luego se acercó a él-. Bueno, ya salgo –el niño le dejó lugar para pasar y se quedó observándolo.
-¿Qué es lo que tienes en los ojos? –Jonathan observó al niño un momento que le observaba con curiosidad y sonrió.
-Es una enfermedad, llamada Heterochromia Iridium. Nací con los ojos de distinto color porque los heredé de mi abuelo.
-¿Naciste así? Vaya, es genial. Eres completamente diferente a las otras personas –Jonathan se rascó la cabeza, algo incómodo de hablar de su enfermedad con un niño que parecía mirarlo como un bicho raro y contento por ello-. Quisiera unos así… ¿Ves bien?
-Federico –sintió que Gonzalo regañó desde atrás, observó hacia la habitación del moreno y éste se estaba acercando a ellos-. ¿Ya estás acosándolo?
-No. Sólo le estaba preguntando si veía bien, porque tiene los ojos distintos –se defendió él y Gonzalo frunció su entrecejo-. No nos habías contado que hiciste un amigo en la escuela.
-Bueno, no tengo porqué andar contando todo –Gonzalo agarró del brazo a Jonathan y tiró de él para llevarlo a su habitación-. Vamos a mi habitación de nuevo. Sigue con tus cosas Fede.
Jonathan siguió a Gonzalo siendo llevado por éste del brazo, pero le dio una última mirada al niño que llevaba una expresión de fastidio y luego se metía al baño. Una vez en la habitación, el moreno cerró la puerta y suspiró, para después volver a sentarse sobre la cama, cerca de la cabecera.
-Te dije que es un pesado… -Jonathan sonrió y se sentó también en la cama, al otro lado y miró los periódicos sobre ésta-. Habla mucho, a veces desearía que no fuera mi hermano.
-Siempre escucho que los que tienen hermanos más chicos desean no tenerlos porque son molestos, pero a mí me parecería algo agradable, me gustaría tener uno –comentó sin poner mucho interés real en el tema, ya que aún tenía en la mente la imagen de la madre de Gonzalo.
-¿Eres hijo único? –el rubio asintió con su cabeza un par de veces.
-Sí. No, no… -Gonzalo frunció el entrecejo un momento al no entender, pero al ver la expresión de Jonathan mirando el acolchado y tocar los recortes de periódico con desinterés, lo comprendió y se arrepintió de preguntar-. Tengo un hermano gemelo, pero falleció por una muerte súbita tres semanas después de volver del hospital.
-Ah, lo siento… -dijo el moreno, sintiéndose muy incómodo en el tema, ya que Jonathan parecía estar recordando cosas con decaimiento. El rubio negó con su cabeza varias veces sin levantar la vista.
-No te preocupes, no podías haberlo imaginado.
Jonathan guardó silencio, preguntándose porqué la madre de Gonzalo le pedía que se alejara de su hijo, diciéndole que lo lastimaría. Por un momento recordó a Matías diciéndole que Gonzalo le daría problemas y creyó que quizás había un tipo de conexión, quizás podían presentir algo y debía evitarlo, ¿pero cómo? Gonzalo no aceptaría que le dejara solo ahora, y tampoco estaba seguro de poder hacerlo, pero le temía más a los espíritus que al moreno. Suspiró con cansancio sin saber qué hacer, ¿le contaba a Gonzalo que ya había hablado con su madre y le comentaba a cerca la inseguridad que parecía tener, o simplemente aguardaba para poder hablar un poco más con ella?
-Lo siento, ¿te traje recuerdos dolorosos, verdad? –Jonathan alzó la vista hacia el moreno, que parecía sentirse culpable, y él inmediatamente negó con la cabeza.
-No realmente, la verdad es que no recuerdo nada de todo esto si después de todo yo también era un bebé… -el rubio frunció su entrecejo, preguntándose si esa angustia que empezó a sentir era producto de aquel efímero recuerdo o si alguien más se lo contagiaba, quizás podía ser ella…
-Bueno… iré guardando esto –dijo Gonzalo, aún incómodo, para comenzar a agarrar las cosas sobre la cama para guardarlas en la caja de donde las había sacado.
-¿Cómo me habías dicho que se llamaba tu madre?
-Judith… -contestó el otro mientras guardaba esa caja blanca en un cajón de su escritorio, que estaba frente a la cama. Jonathan se abrazó a sí mismo al comenzar a sentir frió-. ¿Por qué?
-Quería recordarlo.
Jonathan debatió entre decirle o no a Gonzalo que la había visto, pero no había sido nada concluyente. En cierta forma, no quería decírselo, porque comenzaba a sentir que sus fuerzas le abandonaban, que su cuerpo le temblaba por un frío que no entendía y que una ansiedad inexplicable le invadía, haciéndole creer que todo eso era por ella. Judith no lo quería ahí, no lo quería con su hijo y quizás por eso estaba intentando hacerlo sentir mal, pero necesitaba una razón coherente para alejarse de Gonzalo, ya que le había prometido ayudarle.
-Estás muy callado, ¿te sientes bien? –sintió que le preguntó el moreno y entonces lo observó, estaba analizándolo desde lejos.
-La verdad no, me siento muy extraño. Necesito irme –Jonathan se puso de pie y Gonzalo se le acercó.
-¿Por qué? ¿Qué tienes?
-Hay algo que está mal –le dijo y entonces Gonzalo le miró sin comprenderle-. No quiere que esté aquí y no me siento bien, siento que me estoy congelando y no controlo bien mi cuerpo.
El moreno se acercó a Jonathan inmediatamente y éste comenzó a respirar hondamente, intentando tranquilizarse, lo mejor era irse pero sus pies no se le movían. Cerró sus ojos un momento y sintió unas manos calientes en sus hombros, abrió los ojos y era Gonzalo que le agarraba, tras él, podía ver a su madre, de pie en la entrada.
-¿Jonathan? ¿Está aquí? ¿Te está diciendo que no quiere que estés aquí?
-Aléjate de mi hijo –el zumbido que antes había escuchado al llegar a la casa, comenzó a sonar de nuevo en sus oídos y la amenazadora mirada de Judith le ponía nervioso.
-Tengo que irme –Jonathan se soltó y agarró su morral que estaba en el piso cerca de la cama, para salir por la puerta, pero Gonzalo lo tomó de los brazos para impedírselo y sintió dolor, porque estaba lastimado en esa zona-. Suéltame, me haces doler –le pidió mientras forcejeaba con él-. Déjame ir.
-¡Pero me dijiste que me ayudarías! –le recordó el moreno, enojado por ese cambio de actitud en el otro-. Si está aquí, ¿por qué no hablas con ella?
-Está enojada, no voy a poder hablar con ella si está así, sólo me está amenazando que me aleje de este lugar y la verdad no quiero que otro espíritu vuelva a atacarme –Jonathan miró a los ojos a Gonzalo y éste parecía dudar aún.
-Aléjate de mi hijo –Jonathan observó hacia la puerta, donde la enfermera estaba de pie mirándolo de una forma que no le gustaba.
-¿Por qué? –le preguntó y ésta siguió mirándolo de la misma forma.
-¡¡Vete de aquí!! –Jonathan cerró sus ojos cuando la mujer gritó y se le acercó de forma amenazante. Gonzalo se sobresaltó al sentir algo extraño en el ambiente y soltó a Jonathan.
-Jonathan, ¿qué fue eso? –preguntó el moreno y el otro estudiante no le respondió, sólo hizo un movimiento brusco y extraño para después apresurarse a salir de la habitación.
Gonzalo le siguió, bajando apresuradamente las escaleras tras él y saliendo por la entrada principal hasta el patio frontal, Jonathan se apoyó en las rejas negras que lo separaban de la calle mientras respiraba agitadamente.
-Ábreme, déjame salir –Gonzalo palmeó sus bolsillos buscando la llave y al sentirlas en el bolsillo derecho, las sacó y abrió la puerta de la reja de entrada, Jonathan salió y comenzó casi a correr en dirección indefinida y Gonzalo se apresuró a perseguirlo.
-¡Espera, Jonathan! –le gritó, y éste no se detuvo hasta llegar a la esquina, para apoyarse en la columna de una parada de un autobús-. ¿Qué fue eso? Sentí algo raro, ¿qué pasó?
-Eso… eso que sentiste yo lo sentí tres veces más y era un espíritu enojado –le aclaró, intentando controlar su respiración y llevándose su mano al cuello, sintiendo aún la fuerza con la que le había agarrado del cuello.
-¿Qué? Pero, pero… Explícame, no entiendo nada. ¿Qué hizo? ¿Por qué estaba enojada?
-Eso me gustaría saber –contestó el otro, aún intentando normalizar su respiración, mientras sentía que su cuerpo volvía a ponerse a temperatura ambiente y esa angustia se desvanecía-. Sólo me decía que me alejara de ti y que no volviera.
Gonzalo guardó silencio mientras observaba al rubio, comenzó a sentir angustia mezclada con miedo en su interior, porque Jonathan era la única persona que tenía para comunicarse con ella y su madre no quería ni que se le acercara, ¿qué haría? ¿Por qué su madre no quería que estuviera allí? El moreno notó que Jonathan se mantenía la mano al cuello y se lo miró, entonces se asustó.
-¿Qué…? ¿Qué tienes ahí? –le apartó su mano del cuello y entonces vio una marca roja en él, una marca con forma de mano-. Dios… Dios mío.
-¿Me ha dejado marcado? –Gonzalo no le contestó, se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos y retrocedió unos pasos-. Maldición, es una zona muy visible…
-¿Qué?
-Que es una zona muy visible, cualquiera puede vérmela, si llegan a vérmela en la escuela, buscarán por mi cuerpo más marcas y las encontrarán, entonces creerán que alguien de mi entorno me golpea y lo más directo es mi padre –aclaró el otro para colgarse el morral al hombro y empezar a caminar-. No es la primera ni será la última vez que la gente piense eso.
-¿Qué? ¿Tienes más? –le preguntó mientras le seguía.
-Por todos lados. Así que mejor busco una forma de ocultarla antes de tener más problemas.
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Jonathan se sentó en una banca de una plaza enorme que encontró tras haber entrado a una tienda a comprar una bufanda, le quitó la etiqueta en la que mostraba su precio y se la colocó alrededor del cuello tapándose la herida. Observó a Gonzalo caminar de un lado al otro para después sentarse a su lado.
-Ya te dije que dejes de torturarte. Vamos a hablar con ella otro día.
-No es eso –dijo el moreno mientras miraba a los niños jugar no muy lejos de ellos en los columpios, estaban solos, pero unos cuantos padres estaban mirándolos de lejos-. No creí que esto podía llegar a suceder –comentó angustiado y entonces observó a Jonathan-. Jamás se me ocurrió que te atacaría, es que… mi madre… Ella siempre fue tan dulce con todos…
-Bueno, supongo que no deber ser muy agradable quedarte estancado en este mundo luego de tener un accidente y fallecer, sabiendo que tu único hijo se queda solo si te vas… -Gonzalo miró el piso, angustiado-. Hay que tener paciencia en estas cosas, Gonzalo, las cosas no dependen de nosotros. Ya podremos hablar con ella de nuevo y haremos las cosas de otra manera, para no molestarla.
-Lo sé –dijo el moreno para después suspirar y mirar al otro estudiante-. ¿Te duele el cuello?
-No, es algo que duele solo en el instante en que sucede, no te preocupes –Jonathan se frotó las manos mientras miraba a los niños que jugaban sin percatarse de ellos.
-Siento haberte metido en esto…
-Ya te dije que yo acepté ayudarte sabiendo las cosas que a veces pueden suceder, así que deja de lamentarte –el rubio observó al otro estudiante y notó que tenía unas cuantas preguntas guardadas por hacerle, pero no entendía por qué simplemente no las decía.
Se hizo un silencio entre ambos, donde ninguno de los dos se miraba, sino simplemente observaban a los niños que jugaban frente a ellos, en los columpios, en los subibajas o en los toboganes, mientras algunos reían, otros gritaban y algunos lloraban tras haberse golpeado con algo.
-A veces me volvería regresar a esa edad –comentó Gonzalo sin dejar de mirarlos.
-Yo no, a esa edad tenía mucho más miedo del que suelo tener ahora –el moreno lo observó mientras Jonathan continuaba mirando a los niños.
-A veces olvido que tu vida es completamente diferente a la de los demás –el mayor observó a Gonzalo un momento, sintiéndose algo incómodo de repente que lo mirara así, entonces desvió la mirada de nuevo hacia los niños-. Supongo que todo te fue mucho más difícil, mucho más de lo que lo imagino yo.
-Intento no pensar mucho en mi vida y simplemente vivirla –le comentó-. Intento no recordar lo que tuve que vivir a causa de esto, que ni siquiera sé si llamar don o maldición. También procuro no pensar demasiado lo que va a ser mi vida –Jonathan suspiró y miró el piso-. Sé que no voy a poder ser una persona normal, tener una vida normal, un trabajo, una casa, una familia… Supongo que lo único que deseo en mi vida es encontrar a alguien que me acepte como soy y que decida acompañarme, a pesar de todas las cosas que me pasen… que esté conmigo aunque el resto del mundo no se pueda entender.
-Algún día la encontrarás –Jonathan sonrió con melancolía al escuchar a Gonzalo decirle eso, como si estuviese totalmente convencido de ello.
-Creo que mi problema más grande de mi vida no es lo que sucederá conmigo, sino que no soy muy optimista con mis cosas…
-Es difícil serlo cuando estás resignado a quedarte estancado en algo –Jonathan observó un momento sus manos y luego agarró su morral para colocárselo sobre las piernas.
Gonzalo continuó observando al rubio con esa expresión de abatimiento y melancolía, y no pudo evitar sentirse conmovido. No le gustaba decirlo, siquiera pensarlo, pero con la muerte de su madre se había visto forzado a conocer otro mundo, vivir en un lugar lleno de personas, completamente distintas a las que estaba acostumbrado convivir, y a causa de su sufrimiento y de su incomprensión, había sido llevado hasta allí, con esa necesidad de saber y esos murmullos ajenos que una gran parte eran mentira, pero había llegado a conocerlo a él. No era un farsante y ayudaba sin pedir nada a cambio, viviendo una vida perturbada por sucesos inexplicables, y dolorosa a la vez, por el rechazo de la sociedad. Jonathan podía ser raro a la vista, no tenía una buena primera impresión, solitario, descortés y a la defensiva constante, pero tenía sus buenas razones para serlo. Y sin embargo era muy buena persona, ayudando a los demás aún cuando implica meterse en asuntos que constantemente lo persiguen y atormentan, arriesgándose a que las cosas se fueran de control, ayudando sin siquiera pasarse los límites entre lo correcto y lo peligroso.
-¿Sabes una cosa? Creo que sí encontrarás lo que estás buscando –Jonathan levantó la mirada y Gonzalo le sonrió al mirarlo-. Puede que tarde algún tiempo, pero de seguro alguien va a acompañarte porque no tienes malas intenciones, eres buena persona. Y no importa lo que veas o lo que escuches, sino lo que eres. Quién eres.
Jonathan se quedó observando al moreno un momento, analizando esas palabras que le había dicho y luego miró el piso, sintiéndose incómodo ya que sólo una persona le había dicho eso antes. Luego de un momento en silencio, Jonathan sonrió casi sin saber porqué.
-Me alegro de haberte conocido, más allá de las circunstancias –dijo Gonzalo mirando hacia el cielo que lentamente comenzaba a ponerse anaranjado-. Aprendí muchas cosas contigo, no solo del mundo, sino de la vida en general, y espero que me dejes aprender más, después de que pase todo esto de mi madre. No lo sé, ¿ser amigos quizás? –el rubio continuó sonriendo y se relamió los labios.
-Yo también aprendí varias cosas contigo. Y espero que pueda seguir haciéndolo.
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Continuó frotándose el cabello contra la toalla con rapidez, secándoselo para no irse a dormir con la cabeza mojada y terminara enfermándose, cuando entró en su habitación se pasó la toalla por los oídos mientras revisaba su teléfono móvil y encontró un mensaje de texto nuevo de su primo Ariel, que le invitaba al cine el sábado en la tarde, para ver una película de terror junto con su hermano gemelo Axel. Dudó en contestar el mensaje, ya que no estaba del todo seguro de querer salir y además había quedado con Gonzalo para intentar lo de su madre, pero hacía mucho que no los veía, así que respondió que aceptaba y fue hasta el lavadero a dejar la toalla en el cesto de la ropa sucia, luego regresó a la habitación y programó el despertador para el día siguiente.
Se sentó en la cama un momento y observó el cajón de la mesa de luz que estaba al lado de la cama, semi abierto. Estaba perfectamente consciente que él no lo había dejado así antes de ir a ducharse y comenzó a sentirse molesto, alguien había husmeado en sus cosas. Lo abrió para ver si le faltaba algo o si las cosas estaban revueltas en él, y entre las demás cosas encontró una fotografía. La observó un momento mientras un par de recuerdos le venían a la mente, hasta que sintió que golpearon su puerta. Miró hacia la entrada y encontró a su madre en ella.
-¿Si?
-Acabo de encontrar esto en mi dormitorio. Tengo el mío colgado en el barandal de la cama y es más liviano que este, pensé que era tuyo quizás –le dijo su madre mientras extendía su mano y le mostraba algo, él se levantó y lo miró, reconociendo ese rosario inmediatamente.
-Sí, es mío –le dijo tomándolo y mirándolo en sus manos-. Me lo regaló Gabriel para mi cumpleaños, es de plata, por eso es más pesado.
-¿Cómo llegó a mi dormitorio? ¿Estabas rezando allí?
-No, no sé cómo llegó ahí. Estaba en mi cajón y acabo de darme cuenta que está revuelto. Supongo que habrá sido Lucio, aunque es raro… Lucio es demasiado ateo como para andarse con rosarios.
-Qué curioso… -dijo su madre y luego le acarició el cabello-. No recordaba que Gabriel te había regalado uno.
-Sí, me lo dio poco tiempo después de conocernos –le comentó mientras se alejaba e iba hacia su cama.
-¿Hoy…? ¿Hoy era el aniversario? –sintió que le preguntó delicadamente mientras se acercaba y él se sentó.
-No, fue hace antes de ayer.
-Lo siento, lo olvidé –se disculpó nerviosamente.
-Descuida –su madre guardó silencio y luego se sentó a su lado, Jonathan intentó alejarse.
-Jonny, hijo… ¿Aún sigues de duelo? –el rubio no contestó, sus manos comenzaron a temblarle al comenzar a sentirse nervioso mientras los recuerdos le venían a la cabeza, tocaba el rosario con sus dedos, buscando calmarse mientras sentía que comenzaba a abrumarse de nuevo-. Ya ha pasado un año, Jonny, hablar a veces hace bien y te ayudará a superar lo que pasó. No hemos hablado de esto desde…
-Es que no quiero hablar de esto, mamá –su madre suspiró hondamente y buscó acariciarle su mano-. No quiero… perdóname, no quiero.
-Jonny, no te sigas culpando de su muerte. No fue tu culpa, hijo, que no lo hayas podido evitar, no significa que por eso sea tu culpa.
El rubio suspiró y guardó silencio mientras observaba el rosario de plata que llevaba en las manos, buscando olvidarse todos esos recuerdos dolorosos que empezaron a abrumarlo y hacer que sus ojos comenzaran a lagrimear.
-Jonny… -el que su madre le acariciara la espalda le hacía sentir peor, y sus esfuerzos por ahogar su llanto se desvanecían a cada segundo, entonces cerró sus ojos con fuerza así como sus manos sosteniendo aquel regalo, como último intento de continuar aguantándose las ganas de llorar.
-Tengo que dormir temprano, mañana hay escuela y tengo un examen de geografía –excusó el rubio mientras miraba a su madre y ésta sonrió con tristeza.
-Está bien, que descanses hijo –le dijo para darle un beso en la frente y salir de la habitación.
Jonathan dejó el rosario sobre la mesa junto a su cama y se acostó, luego apagó la luz y cerró sus ojos, buscando dormir, pero al sentir que una mano le acariciaba el cabello los abrió de nuevo y miró a su alrededor, Gabriel estaba junto a su cama y luego se sentó a su lado.
-No te pongas triste –sintió que le pidió y Jonathan le sonrió un momento, pero luego volvió a ponerse serio.
-¿Sabes? Se me hace muy difícil hablar contigo de esto sin que me enoje –Gabriel guardó silencio y alejó su mano de él-. No te ofendas, pero no tengo ganas de hablar ahora, solo quiero dormir.
El castaño miró hacia otro lugar y Jonathan le dio la espalda, entonces sintió que se levantó de la cama y caminó hasta la salida. Entonces pudo llorar tranquilo y completamente solo.
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