Capítulo 5: Los sentidos y los espíritus
by Evan on Nov.22, 2009, under
Mientras su corazón chocaba con fuerza contra su pecho, sentía que el aire se le escapaba de los pulmones, la fuerza de gravedad aumentaba como si estuviese en otro planeta, haciendo a su cuerpo cada vez más pesado y difícil de levantar del suelo. Las lágrimas se le escapaban de sus ojos y caían por sus blancas mejillas, mientras aterrado miraba a su alrededor en busca de alguna de esas cosas que lo perseguían e intentaba contener su llanto dentro de su garganta. Se tapó con la frazada completamente y cerró los ojos con fuerza, repitiéndose a sí mismo que no había nadie allí con él, que todo lo que veía era producto de su imaginación, así como se lo había asegurado su padre tantas veces. Nadie vendría a buscarlo, nadie quería matarlo.
Pero él veía a esas personas, ¿cómo podía ser que no existían? ¿Acaso su vista estaba defectuosa? ¿Acaso sus oídos también? ¿Y qué había de su piel? Todas esas cosas que sentía que lo agarraban le dejaban marcas, ¿cómo podía ser posible que su piel también estuviera defectuosa? El niño comenzó a gritar cuando lo destaparon y frente a él se encontró con un adulto blanco y transparente, que tenía agujeros de balazos de lo que parecía una escopeta. Se levantó de su cama y empezó a correr lejos de su habitación, completamente aterrado de aquel hombre que no sabía cómo había entrado a su casa. Subió apresuradamente las escaleras y entró a la habitación de sus padres para esconderse bajo la cama de éstos, tapándose la boca para evitar ser escuchado.
Una mano le agarró del pie y lo sacó de su escondite, el niño rubio comenzó a gritar mientras intentaba soltarse, cerrando sus ojos para no ver a ese extraño intruso que intentaba matarlo.
-¡Jonathan! ¡Jonathan! –el chico abrió sus ojos al sentir la voz de su padre y pudo darse cuenta que quien lo había sacado de debajo de la cama había sido él y no otra persona, pero éste estaba muy molesto, mirándolo de nuevo con su ceño fruncido y sus labios rígidos-. ¿Quieres decirme qué haces ahí abajo?
El chico no respondió, comenzó a tartamudear mientras veía a aquel hombre detrás de su padre sin moverse, demasiado cerca de él.
-¡Hay un hombre en la casa! –tartamudeó el niño y señaló detrás de él-. ¡Está ahí, está atrás tuyo papá! –el hombre observó hacia donde el niño le había señalado y al no encontrar volvió la vista hacia su hijo con fastidio, lo alzó de los brazos y lo sentó sobre la cama, mientras éste miraba hacia atrás de él con los ojos muy abiertos.
-Jonathan, no hay nadie, es tu imaginación –aseguró su padre con cansancio y enojo, ya que todos los días con ese chico eran iguales, temiéndole a cosas que no existían, viendo cosas que no sucedían.
-¡No es mi imaginación! ¡Está ahí, está ahí! –continuó diciendo observando aquella borrosa figura detrás de su padre y entonces el hombre lo sacudió hasta que éste le mirara a los ojos.
-Jonathan, no hay nadie. ¿No lo entiendes? ¡No hay nadie! –el niño guardó silencio y bajó su mano observando a su padre, sin comprender por qué este le decía que no había nadie, siendo que él veía a ese hombre-. Ya te dije que te imaginas cosas, deja de ver películas de terror por la televisión o seguirás teniendo pesadillas.
El niño volvió a observar a ese extraño hombre transparente y luego al piso.
-¿Entonces estoy soñando ahora?
-No, no estás soñando Jonathan. Estás despierto, ahora baja que tendrías que estar en la cama.
-Si no estoy soñando, ¿por qué tengo pesadillas despierto? –su padre suspiró y sin responderle, le agarró una mano y le obligó a bajar las escaleras de a tirones, mientras el niño se negaba a caminar.
-¡Ya te dije que es tu imaginación, Jonathan! ¡No hay nadie en esta casa más que tú, Eleonor y yo! ¡No me hagas volver a repetírtelo!
El chico sacudió su cabeza mientras cerraba sus ojos, repitiéndose mentalmente que esas cosas no eran reales, que eran producto de su imaginación por cosas que había visto en la televisión, pero que no recordaba ver. Abrió sus ojos de nuevo al sentirse soltado de la mano. La casa estaba vacía y habían más cosas que antes, muebles y adornos diferentes a los anteriores. Buscó un espejo colgado en una pared del pasillo y se observó, ya más grande, con la diferencia del color de sus ojos más remarcada, con su cabello más largo y con más altura que antes, había crecido, ahora ya no era tan niño.
Una sombra negra pasó por detrás suyo que pudo verla por el espejo, y se dio vuelta inmediatamente pero no encontró a nadie consigo, con su cuerpo temblando, retrocedió unos cuantos pasos hasta chocar contra la pared, sin saber a dónde ir, porque no había ningún lugar seguro de la muerte, no había ningún lugar seguro donde nadie lo siguiera. Sintió un escalofrío recorrerle la nuca y se rascó, intentando hacer desaparecer esa sensación desagradable que siempre le sucedía cuando uno de esos seres se aparecía, mientras pensaba en buscar a sus padres para no sentirse tan desprotegido y a la merced de los demonios.
-Jonathan… -el rubio observó sin mirar una figura a su lado, que lo había llamado con una voz extraña, una voz que no era humana, y se mantuvo inmóvil, con la mano en su nuca.
-¿Qué quieres? –preguntó el chico, con miedo.
-Pídele que me perdone –el rubio levantó la mirada con cierta inseguridad y encontró a un hombre mayor, sin ningún tipo de lesión ni nada extraño que le infligiera terror, aunque eso no significara que no le tuviera miedo-. Dile que lo siento… no quise hacerle daño.
-¿A quién?
-A mi esposa, Liliana… -el niño continuó observando a aquel hombre con rostro lleno de tristeza y de repente se sintió vacío-. Vive a dos cuadras de aquí.
-No conozco a ninguna Liliana.
-Jonathan –la voz rígida y autoritaria de su padre lo sobresaltó, encontrándose con éste en el comedor con unos libros en las manos, libros que inmediatamente dejó sobre la mesa de vidrio del comedor-. ¿Con quién estás hablando?
El niño observó hacia al anciano que miraba a su padre sin decirle nada y que luego volvía su mirada hacia él. Jonathan dudó en señalarlo, porque estaba seguro que su padre no lo veía. El hombre rubio y de cabello lacio, se acercó a su hijo y lo agarró de los hombros.
-Escúchame bien, ya me cansé de todo esto. Deja de hablar solo.
-Pero, ahí…
-Ahí no hay nadie –le interrumpió y el chico tuvo que guardar silencio-. Los fantasmas no existen, Jonathan. Repítelo.
-Pero…
-¡Que lo repitas!
Jonathan sintió deseos de llorar al ver que su padre no le creía que veía personas extrañas, él no era un mentiroso, ¿entonces por qué no le creía? Nadie le creía, él no había mentido en toda su vida, porque en la Iglesia le enseñaban que mentir estaba mal, su madre le decía que estaba mal y su padre también. Si se portaba mal, se iba ir al infierno. Dios lo llevaría al infierno. ¿Pero porqué Dios le hacía ver cosas que a los demás no les dejaba ver? ¿Acaso era una prueba para poder comprender el valor de la mentira? Si repetía lo que los demás decían, se convertiría en una mentira ya que él veía a esas personas y si decía lo contrario estaba mintiendo, pero si decía lo que veía, entonces las demás personas lo tomaban como mentira porque para ellos no existen, ¿entonces cuál era la mentira en realidad?
-Repítelo, “los fantasmas no existen”.
-Los fantasmas no existen –repitió el niño obedeciendo a su padre.
-Y ahora deja de llorar, Jonathan. Siempre estás llorando, ¿no lo ves que toda la gente te mira porque siempre estás llorando como un bebé?
-Pero tengo miedo de que me lleven –confesó el niño y entonces el padre se colocó de cuclillas para estar a la altura de su hijo.
-Nadie va a llevarte a ningún lado, pero si sigues diciendo que ves personas transparentes, voy a llevarte a un loquero, ¿te queda claro?
-No quiero ir a un loquero.
-Entonces deja de decirle a todo el mundo que ves fantasmas, porque solo los locos ven fantasmas y voy a tener que llevarte a un psiquiátrico. ¿Entendido, Jonathan?
Y el niño asintió convencido, porque no quería que lo llevaran con los locos.
Cerró sus ojos un momento y sintió dolor en la cabeza, rodó un momento en el piso y se llevó la mano a la nuca para intentar aliviar ese dolor que sentía. Abrió sus ojos y vio el piso de madera del comedor, miró alrededor y encontró a Gabriel arrodillado a su lado sacudiéndolo y con rostro preocupado.
-¿Estás bien, Jonny?
-¿Dónde estoy? –preguntó somnoliento mientras intentaba levantarse, pero se sentía mareado.
-En tu casa, te caíste por las escaleras y te golpeaste la cabeza –le contestó mientras le ayudaba a sentarse-. Te desmayaste durante mucho rato, me preocupaste. ¿Estás bien?
-Estoy mareado… -contestó el chico para mirar a su alrededor y ver que estaba amaneciendo-. Mierda, ¿qué hora es?
-Casi las seis, Lucio va a levantarse ya y va a verte aquí en el piso, tienes que levantarte e ir a tu habitación.
Gabriel se puso en pie y le tomó una mano a Jonathan, ayudándolo a levantarse, éste, aún mareado y adolorido, caminó a su habitación con él. Se sentó en su cama mientras Gabriel cerraba la puerta y se ponía a su lado mirándolo.
-Tienes que ir con un médico, estuviste inconsciente mucho rato.
-¿Estás loco? No quiero ir a un hospital, es lo mismo que un cementerio o peor… -susurró Jonathan y se sobó la cabeza intentando que el mareo desapareciera-. ¿Qué pasó con el tipo ese?
-No va a volver en un buen tiempo, ya sabe que estoy aquí para protegerte. No te preocupes -el rubio sintió pasos en el pasillo de arriba y observó hacia la puerta de su habitación-. Es Lucio, acuéstate y finge que duermes –le ordenó mientras abría la frazada y él se acostaba, para que luego Gabriel le tapara.
-Jonathan –sintió que le llamó su padre mientras golpeaba la puerta de su habitación y el despertador al lado de su cama comenzó a sonar con un tintineo agudo, su padre abrió la puerta y le observó un momento desde allí, encendiéndole la luz para que le molestara y al mismo tiempo le ayudara a salir de la cama-. Jonathan, levántate, ya son las seis y tienes que ir a la escuela.
-Ya voy –contestó apagando el despertador y acurrucándose en su cama hasta que su padre se retiró. Luego observó a Gabriel a su lado y le sonrió-. Gracias por ayudarme –le susurró y, entonces el castaño le sonrió y le acarició una mejilla.
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Continuó recorriendo el establecimiento buscándolo, ya había pasado por el buffet y ahora se dirigía hacia los baños. En el camino escuchó un cuchicheo de un grupo de chicas y la palabra “sombra” le hizo detenerse al otro lado del pasillo a escuchar un momento, sin poder evitarlo.
-¡Estás loca! –gritó una de las chicas con una voz particularmente aguda, a la cual no observó para no quedar en evidencia que estaba prestando atención a lo que hablaban y no a lo que fingía buscar en su teléfono móvil-. ¿Cómo puede gustarte?
-No dije que me gusta, sino que me parece muy interesante –aclaró la otra estudiante y Gonzalo no pudo evitar sentirse incómodo.
-¿Interesante que pueda ver muertos? Es tétrico –comentó otra.
-Además, ni que te fuera a poner atención…
-¡Eh, gracias! –ironizó una de las chicas.
-Agradece que no lo haga, así no terminarás quebrada o muerta.
-Ay, lo dices como si fuera un mafioso –comentó la misma chica que decía que Jonathan era "interesante”.
-No, solo ve a los fantasmas –rió la otra.
-Yo no creo que sea verdad. Los fantasmas no existen así que no puede verlos.
-Yo sí, por algo es tan raro y nadie de su curso se le acerca –afirmó otra totalmente convencida-. Dicen que cada vez que alguien se le acerca, le pasa algo “extraño”, por eso incluso ni lo molestan –Gonzalo se rascó la cabeza, incómodo de continuar escuchando, pero sin moverse de allí. A veces llegaba a preguntarte hasta qué punto llegaba la verdad en el boca en boca-. A finales del año pasado, un chico llamado Damián que ya se cambió de escuela porque quedó más idiota de lo que estaba, una vez terminó con un brazo quebrado por molestarlo adentro del baño, pero nunca se los dijo a los directores.
-¿Eh, por qué no?
-¡Porque Sombra ni lo tocó, estúpida! Supuestamente de la nada sintió que lo golpearon mientras Sombra estaba lejos. Como si fuera un fantasma que lo protege o algo así.
-Qué miedo…
-Son puras mentiras, lo dicen para hacer rumores y para que le tengamos miedo, nada más.
-Ah, ¿escucharon? Lo vieron con un chico de primero la otra vez cerca de la escuela, pero parece que se llevan bien.
-¿Qué chico de primero?
-¿Qué tan “bien”?
Gonzalo se apresuró a desaparecer, cansado y asustado de escuchar a esas estudiantes seguir hablando, ¿cómo podía ser posible que nada quedara oculto en esa escuela? No recordaba que su antigua escuela fuera así, pero ahora tenía algo de curiosidad acerca de lo que le había pasado con el otro chico. Sabía la respuesta, pero ¿por qué un espíritu le había atacado como si estuviera defendiendo a Jonathan?
No continuó torturándose de preguntas y fue a buscarlo al baño, pero tampoco lo encontró allí, así que iba de regreso al aula que le correspondía, cuando sintió que lo agarraron de la espalda asiéndole dar un pequeño brinco de sorpresa. Casi totalmente convencido de que era Martín Pedrel intentando hacerle una nueva broma, cerró uno de sus puños y se dio la vuelta para enfrentarlo, pero se encontró con Jonathan que lo miraba con rostro sin expresiones.
-Hola –saludó el chico y Gonzalo se relajó-. ¿Acaso estabas por golpearme?
-Lo siento, creí que eras uno de mis compañeros de curso que me hizo la broma del viernes –aclaró y luego se rascó la cabeza-. ¿Cómo estás? Pareces cansado.
-Siempre lo parezco, y más en este maldito lugar –contestó el otro a medio sonreír y se llevó las manos a los bolsillos-. ¿Aclaraste las ideas el fin de semana?
-Sí, ya estoy decidido –contestó el otro, haciéndose a un lado para no quedar en el medio del pasillo y estorbar el paso-. Ya dejé de tener tanto miedo por todas esas cosas, así que ahora me siento más preparado para hablar con ella.
-Bien, pero todavía nos queda averiguar cosas –Jonathan observó a su alrededor y frunció el ceño-. Hablamos después, ¿okay? Donde siempre.
Gonzalo observó a su alrededor y encontró a un par de estudiantes observándolos, no entendía exactamente por qué los estaban mirando, pero cuando volvió la vista hacia Jonathan, éste ya se había alejado caminando hacia una dirección contraria a la que él tenía que ir.
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Cuando por fin terminó su horario escolar, esperó en la entrada del instituto que el rubio apareciera, salieron casi todos los estudiantes y sólo unos pocos se habían quedado cerca del establecimiento hablando en grupos. Ya estaba por irse a la plaza, creyendo que quizás Jonathan había salido pero no lo había visto, pero una mano en su espalda lo detuvo y lo encontró allí.
-No creí que te quedarías aquí hasta que saliera, pensé que me esperarías en la plaza.
-Vamos para el mismo lado, lo vi algo lógico ir hasta allá los dos –contestó el moreno comenzando a caminar a su lado. Jonathan rió.
-¿No te has dado cuenta aún, verdad? –Gonzalo no pudo evitar mirarlo, sin entender a qué se refería-. Hablarme o caminar conmigo pone en peligro tu reputación.
-¿Por qué puedes ver a los espíritus? –preguntó confuso el moreno, deteniéndose ante un semáforo en rojo-. Por favor, me tiene sin cuidado lo que piensen de mí. Antes de tener amigos como ésos, prefiero quedarme solo.
Jonathan lo observó un momento y sonrió.
-Todo esto es muy diferente a donde vivías, ¿verdad? -Gonzalo suspiró y Jonathan comenzó a cruzar la calle, así que lo siguió.
-Sí, la gente no era tan materialista ni tampoco tan engreída, no humillaban a nadie ni hablaban a su espalda.
-Ah, un paraíso. Ahí tendría que ir a probar suerte, aunque no creo que en ningún lado me vean como una persona normal –Gonzalo sonrió con melancolía, lamentándose al aceptar que Jonathan probablemente tenía razón-. En fin, ¿cómo te ha ido el fin de semana?
-La verdad, mucho mejor que las otras veces –comentó sonriente el moreno.
-¿En serio? –Gonzalo asintió con su cabeza varias veces-. Cuéntamelo, ¿cómo fue?
-El viernes y el sábado no dijo nada, el domingo sí lo hizo –Gonzalo observó a Jonathan un momento y luego volvió a prestar atención por donde caminaba-. Sólo me dijo que me cuidara y luego colgó, pero había mucha interferencia. Aunque esta vez ya no tenía miedo de escucharla –Jonathan sonrió mirándolo un momento y luego fijándose por donde caminaba.
-¿Había interferencia?
-Sí, como sucede en las radios –le comentó y el rubio guardó silencio un momento, intentando recordar algunas cosas y reacomodar piezas-. ¿En qué piensas?
-Bueno, aún no termino de descifrar si tu madre revive su último día o no. Porque supongo que siempre te decía que te cuidaras, ¿o no? Como una despedida… –el moreno asintió varias veces-. Sería importante que descubramos si revive su último día todo el tiempo o si simplemente te dice lo que siente en ese momento. Si fuera así, creo que ni necesitarías de mí, porque al fin y al cabo terminará diciéndote lo que necesita, por medio del teléfono…
-Todos los días no me decía lo mismo –aclaró Gonzalo mientras se detenían en una esquina a que el semáforo cambiara para poder cruzar-. Sólo me repetía lo de la puerta todos los días, el resto podía cambiar.
Jonathan guardó silencio, esperando que la madre de Gonzalo no fuera reiterativa, porque si así era, la situación era más complicada ya que seguramente estaba ligado con el asunto de su muerte, sobre el accidente y eso era algo más que oscuro. Aún quería saber si Gonzalo guardaba algo, algún recorte de diario, las pericias de la policía o alguna otra cosa, porque con lo poco que le había contado, le parecía como si hubiese chocado a algún ser extraño y por eso la policía no había podido encontrar nada.
-Bien, sólo lo sabremos con el tiempo…
-¿Eh?
-Eh… ¿Dije eso en voz alta? –Gonzalo rió y Jonathan también-. Olvídalo, a veces me pasa eso de pensar en voz alta -cruzaron la calle cuando el semáforo les dio el paso y llegaron a la plaza de los caídos, así que el rubio se sentó inmediatamente debajo de la estatuilla en la que solía estar.
-¿Primero tenemos que saber si revive todos los días su último día, para que vengas a mi casa y la escuches? –le preguntó el moreno sentándose a su lado.
-No, no sería estrictamente necesario, pero sería conveniente.
-¿Porqué? –Jonathan se encogió de hombros cuando una brisa de aire frío recorrió sus cuerpos.
-Pues… Yo creo que los espíritus que reviven su último día significa que buscan que se aclare su muerte ya que no pueden descansar tranquilos hasta que la verdad salga a la luz, como por ejemplo, los que mueren asesinados, en un incendio, un accidente, cosas así. Los espíritus que hacen lo que se les da la gana están por una razón en concreto, decirle algo a un ser querido, esperar o proteger a alguien… Aunque claro, también me encontré con algunos que buscaban que su muerte se aclare, pero no revivían su último día, pero son una minoría.
-Entonces, si revive todos los días, quiere decir que lo más probable es que busca que se esclarezca cómo murió…
-Y sólo podremos comunicarnos con ella a las diez y media, que es cuando te llama. Eso o después de la hora muerta –Gonzalo frunció el entrecejo sin responder.
-¿Qué es la hora muerta? ¿Las tres de la madrugada?
-No, la hora muerta es a las doce de la noche en punto. No pertenece ni a un día ni al otro y es como si el tiempo se detuviera en ese minuto hasta llegar al otro día, por eso se le dice hora muerta. Jesucristo murió a las tres de la madrugada, lo que se llama la hora no santa, su contraria son las tres de la tarde que sería su resurrección y por eso se le dice hora santa o divina.
-Ah… ¿Para qué son todas esas cosas de las horas? ¿De qué sirven?
-En la hora santa se hacen trabajos de magia blanca… A las tres de la madrugada se hacen los trabajos de magia negra.
-¿Magia negra? No necesitamos eso, ¿verdad?
-Yo no sé hacer esas cosas ni quiero saberlo. Si me comunico con ella será como siempre lo hago, sin rezar, sin la ouija ni nada de eso. Pero si lo intento de noche, después de las doce y antes de las tres, quizás es más probable que me la encuentre, aunque también de seguro me encontraré con más espíritus además del de ella –Gonzalo suspiró y observó el piso, aparentemente preocupado-. No te desanimes, ya descubriremos lo que te quiere decir.
-En mi casa tengo cosas del accidente –comentó Gonzalo sin levantar la mirada-. Tengo dos recortes de los periódicos locales que hablan del accidente. Los dos tienen una fotografía del automóvil, cómo quedó y eso... También tengo el reporte de la policía, la autopsia, aunque esa la tiene Julio y debo encontrar dónde la escondió...
-No creo que necesite leer eso, si me puedo comunicar con ella fuera el horario de las diez de la noche, es que simplemente te quiere decir algo y no busca que aclaremos cómo es que tuvo el accidente. Primero asegurémonos si revive el último día o no, ¿te parece? -Gonzalo asintió varias veces y se puso de pie.
-¿Te parece de ir a mi casa ahora?
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-Adelante –Jonathan entró tras de Gonzalo a su casa, una casa mucho más grande y moderna que la suya.
Se encontró con una sala amplia y había dos puertas a cada lado de ésta. Tenía una televisión plana a un costado y bibliotecas grandes en las paredes, con adornos y libros en perfecta armonía, separadas entre sí por un inmenso ventanal con vista a un patio. Había unos sillones marrones en el medio de la sala con una mesa auxiliar entre medio, apuntando hacia la televisión. A un costado cerca de ellos, había una escalera que iba hacia el primer piso. De inmediato, Gonzalo tuvo la sensación de sentirse en un espacio denso y un hormigueo le recorrió la nuca. No pudo evitar rascarse la cabeza porque sabía lo que eso significaba completamente, en cierta forma se alegraba de sentir eso, quizás la madre de Gonzalo no revivía su último día, pero podía estar algo molesta de que estuviera allí. Sintió dolor al tocarse la cabeza, pero intentó apartarlo, para concentrarse en otras cosas.
-Tienes una casa muy bonita –comentó observando su entorno, aún sintiendo ese aire denso a su alrededor, y entonces encontró un teléfono inalámbrico cerca de la televisión.
-Gracias –contestó el moreno observando a Jonathan, que parecía examinarlo todo en busca de algo-. ¿La ves por aquí? –no pudo evitar preguntarle mientras le miraba con atención por si en su rostro encontraba alguna respuesta. Jonathan le observó.
-No, pero siento algo –le contestó para volver a mirar su entorno-. Quizás anda cerca.
Gonzalo guardó silencio un momento mientras Jonathan se adentró un poco en la casa y cerró sus ojos.
-Hacia allá está la cocina y el comedor –dijo el dueño de casa señalando hacia la puerta izquierda-. Y allá hay un estudio donde trabaja mi padre y un baño. ¿Recorremos toda la casa?
-No –contestó Jonathan aún con los ojos cerrados, inspiró hondo y luego abrió sus ojos lentamente-. ¿Qué hay arriba?
-Los dormitorios y otro baño más pequeño que éste –le contestó viendo como Jonathan parecía entrar en una especie de trance mientras volvía a cerrar sus ojos-. ¿Jonathan?
-Aguarda –le pidió con voz calma-. Estoy intentando dejar que me guíe.
Inspiró aire lentamente y la dejó salir de sus pulmones en iguales condiciones que habían llegado, intentando agudizar su oído y que su cuerpo comenzara a moverse solo intentando llegar hacia aquella presencia que sentía en algún lugar de la casa, no sabía si era la madre de Gonzalo o alguien más, pero tenía que intentarlo. Comenzó a sentir la necesidad de subir las escaleras, como si alguien lo llamara o lo invitara, Jonathan abrió sus ojos y volvió a observar su entorno, la presión del aire aumentaba.
-¿Podemos subir? –Gonzalo respondió con un movimiento de cabeza y fue hasta la escalera con el rubio, subiendo primero éste con pasos lentos.
Una vez en el pasillo de la casa, Jonathan dejó pasar los detalles que lo adornaban, volvió a cerrar sus ojos y sintió una especie de susurro inconfundible para sus oídos, y caminó hacia su izquierda con cautela para intentar encontrarlo, seguido seguramente de Gonzalo por detrás. A medida que avanzaba comenzaba a escuchar un zumbido grave y constante, se detuvo ante la puerta que lo separaba de aquel sonido mientras sentía que algo le oprimía el pecho. La abrió lentamente y sintió que una correntada de aire lo traspasó, entonces todo se fue.
-¿Jonathan?
-¿Lo sentiste? –le preguntó el rubio, viendo para el interior de la habitación y sin verla realmente, intentando sentir esa presencia otra vez.
-Una especie de aire frío cuando abriste la puerta –contestó el moreno con bastante tranquilidad-. ¿Era ella?
-No lo sé, pero sea quien haya sido, tenía miedo –Jonathan continuó intentando seguir la corriente, pero ya no sentía ninguna presencia ni ningún ruido que lo guiara-. Creo que le asusté. Me tenía miedo y por eso se había escondido aquí.
-Es mi habitación –comentó Gonzalo y Jonathan le miró, entonces el otro sonrió.
-No sabemos si era ella, no te adelantes –Gonzalo suspiró.
-Okay… ¿Entramos? –le preguntó y Jonathan rió.
-Tú eres el dueño de casa.
-Ya, pero por ahí sentías algo dentro todavía… -comentó entrando a su habitación y dejando su mochila a un lado en el piso.
-No, ya se fue.
---
Jonathan continuaba observando el recorte del periódico que Gonzalo le había entregado, viendo con atención la foto del automóvil azul en donde la parte delantera del mismo había sido como partida a la mitad al llevarse algo por delante.
-Es como si se hubiera llevado algo puesto -el rubio dejó sobre la cama el recorte del periódico junto al otro y los observó de lejos. Unos recortes no le aclararían qué era contra lo que la mujer había chocado, pero esas fotografías le aclaraban la escena en su cabeza.
-¿Te llamó esa noche? –le preguntó sin dejar de mirar la foto de uno de los periódicos.
-Sí, desde ahí empezó todo.
-¿Sólo te llama, o ahora ya empiezan a pasar otras cosas? –Gonzalo guardó silencio mientras miraba el techo intentando rememorar cosas y se removía incómodo sobre su cama.
-No sé si será de relevancia o si sólo fue mi imaginación… -empezó a decir, mirando con nervios hacia Jonathan-. Pero anoche sentí algo raro.
-¿Raro como qué?
-Que había alguien aquí, pero no me sentía seguro.
-¿Qué sentiste?
-No sé si pueda explicarlo…
-Inténtalo –pidió Jonathan, atento a todo lo que Gonzalo dijera.
-Bueno –el moreno suspiró y se rascó la cabeza-. Me desperté porque sentía frío y como que me faltaba el aire. Estaba como pesado, y cuando me senté, me pareció sentir algo aquí, pero no había nada… Me agarró miedo, así que me tapé por completo e intenté dormir.
-¿Te acuerdas la hora que era? –Gonzalo sonrió nerviosamente y se mordió el labio inferior.
-Como las doce o la una –Jonathan no podía estar seguro de que era ella, pero si lo hacía sentir inseguro, probablemente no lo era, aunque Gonzalo de por sí se ponía nervioso con el tema y su percepción era escasa, así que era probable que se sintiera inseguro por estar asustado y no por creer que era otra persona-. ¿En qué piensas?
-Que te estás volviendo más perceptivo –le contestó mirándolo a los ojos mientras el otro parecía incómodo-. Aunque no sé si será bueno o malo, ya que te va a poner nervioso en más de una ocasión.
-¿Qué sientes cuando...? –le preguntó el moreno, pero luego se detuvo y observó el techo un momento, para volver a mirarlo después-. ¿Cómo sabes cuando hay un espíritu cerca?
-Em… hay veces que primero los veo antes de sentirlos, en la mayoría de las veces los siento antes de verlos, pero depende de ellos.
-Sí, pero a lo que quiero llegar es cómo los sientes sin verlos. Como hiciste hoy cuando entraste.
-Ah, ¿cuándo los busco yo, me dices? Cierro los ojos y me dejo llevar por los sentidos. Cuando cierro los ojos, no me enfoco en ninguna cosa de mi alrededor, sólo en las sensaciones que experimento. En mi oído y por sobre todo en esa “cosa extraña” que siento que me guía hacia dónde ir. No sé cómo explicarte, la verdad. Es complicado.
Gonzalo comentó algo, pero no pudo escucharlo porque en ese momento sintió una voz que le captó toda su atención. Estaba seguro que era una voz de una mujer y luego de un momento la sintió de nuevo, no gritaba pero tampoco decía nada, era como un largo suspiro que intentaba llamar su atención, observó la puerta de entrada, por debajo de ésta y vio una sombra asomarse.
-¿Jonathan? –sintió que le llamó Gonzalo y le miró-. ¿Qué sucede?
De repente, ese denso aire que le quitaba el aire a sus pulmones regresó, la voz de la mujer se sintió más fuerte y cerca, la habitación se puso fría y un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando, al mirar por detrás de Gonzalo, había una lastimada mujer con traje de enfermera.
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