Capítulo 4: Una extraña presencia
by Evan on Nov.22, 2009, under
Gonzalo observó la puerta de la habitación y sintió que su corazón comenzó a acelerar los latidos con los que bombeaba la sangre, un escalofrío intenso le recorrió desde la punta de los pies hasta la nuca.
–Quédate aquí mientras yo veo quien es, dependiendo de quien sea, te irás a tu casa o te daré la oportunidad de enfrentarte por primera vez a un espíritu, pero eso sólo si tú quieres, ¿de acuerdo? –sintió que le dijo Jonathan mientras avanzaba hacia la puerta, antes de salir, observó al otro estudiante y frunció el ceño–. ¿De acuerdo, Gonzalo?
–Sí, está bien –dijo el otro sin moverse, completamente nervioso.
Jonathan se retiró de su habitación y fue hasta el comedor, asegurándose de cerrar la puerta para que si Gonzalo veía algo, fuera por su curiosidad y no por otra cosa. De inmediato, pudo ver a Matías sentado en una de las sillas de la mesa redonda de vidrio que estaba en el medio de la habitación, vestido igual que siempre, con un suéter rojo, unos pantalones cortos verde militar y zapatillas blancas, Jonathan suspiró aliviado de que fuera él y no Gabriel, y se le acercó.
–Hola, Mati –le saludó y entonces el hermoso niño de seis años le observó con sus enormes ojos azules–. Hace mucho que no te veía.
–Hola, Jonny. Es que no me gusta venir mucho ahora que ya no quieres jugar conmigo porque has crecido. Escuché que me nombrabas y por eso vine a verte.
–Ah, lo siento, Mati, no quería molestarte, sólo estaba enseñándole una fotografía en la que apareciste cuando tenía seis –se disculpó acercándose aún más y colocándose de cuclillas frente a él–. Si quieres podemos jugar un poco de vez en cuando, pero cuando estemos solos, ¿te parece bien? –el niño sonrió asintiendo y luego observó hacia la habitación en donde estaba Gonzalo.
–Te dará muchos problemas.
–¿Por qué? –preguntó Jonathan observando con atención al niño que no dejaba de mirar hacia su habitación.
–Porque lo sé, lo siento. Tiene a alguien, ¿verdad?
–Sí, por eso estoy intentando ayudarle a que deje de tenerle miedo –el rubio observó hacia la puerta de su habitación un momento, intentando analizar si quizás debería preguntarle a Gonzalo de acercarse a Matías, pero no estaba del todo seguro.
–Si él quiere, ¿puedo jugar un rato con los dos?
–Iré a preguntarle, tú espérame aquí, ¿de acuerdo?
Jonathan vio a Matías asentir, así que se puso de pie y fue hasta la habitación, cuando entró se encontró con Gonzalo sentado en la cama tapándose la cara, como si estuviera intentando controlarse.
–¿Gonzalo? –el chico inmediatamente se levantó de la cama y lo observó con nerviosismo–. ¿Estás bien?
–Eh, sí, sí –balbuceó el otro, pero Jonathan lo veía demasiado pálido como para siquiera preguntarle si quería seguir adelante, no quería que se desmayara ni nada por el estilo, así que al ver su rostro abandonó toda idea de llevarlo hacia Matías.
–Bueno, creo que mejor lo dejamos para otro día…
–¿Por qué? ¿No puedo? ¿Es peligroso? –se apresuró a preguntar, sin perderle de vista un solo segundo.
–No, no es peligroso, pero estás muy pálido y no quiero que te desmayes o algo así –le confesó mirándolo con atención.
–Pero, quiero hacerlo… –Jonathan continuó observando a Gonzalo sin poder creérselo, sabía que tenía miedo pero aún así decía que quería seguir adelante, ahora comprendía por qué siempre atendía los llamados de su madre a pesar de tener un terror absoluto hacia lo paranormal, porque era testarudo–. Es que, cuanto más me tarde en dejar de tenerles miedo, más tardaré en comunicarme con mi mamá…
–Ya, te entiendo, pero no es necesario que te apresures tanto, aún tenemos tiempo…
–Lo sé, pero no quiero que ella siga sufriendo –Jonathan suspiró y se rascó la nuca, no tenía remedio, se arriesgaría a que Gonzalo se descompusiera del susto.
–Okay, déjame llamarlo.
–Aquí estoy –Jonathan se dio la vuelta de inmediato y encontró a Matías a su lado, no pudo evitar asustarse al no haberlo sentido acercarse, pero intentó no parecer asustado para no alterar a su acompañante.
–De acuerdo –dijo Gonzalo, Jonathan sonrió y observó al chico–. ¿Qué, porqué sonríes?
–Ya está aquí –el moreno observó hacia todos lados sin moverse y señaló el piso con ambas manos, Jonathan asintió con su cabeza–. Es que escuchó que lo iba a llamar y vino rápido. Por eso mismo se apareció, porque escuchó su nombre.
–¿Eh?
–Es Matías, el niño que salió en la fotografía de la escalera –le explicó y entonces Gonzalo asintió aún algo dudoso.
–Hace gestos graciosos –confesó Matías entre risas y acercándose un poco hacia Gonzalo, Jonathan también comenzó a reír.
–¿Puedo saber de qué te ríes? –preguntó con dudas Gonzalo sin moverse de donde estaba.
–Matías cree que tienes cara graciosa cuando estás asustado –el moreno torció sus labios y luego sonrió, aún nervioso.
–Ah, y… ¿En dónde está ahora?
–A tu lado.
Fue un acto reflejo, no quería alejarse realmente, pero su miedo había sido más grande y no había podido evitarlo. Gonzalo suspiró hondo y volvió al mismo lugar en donde estaba.
–Em… ¿puede escucharme, verdad?
–Sí, todos pueden escucharte a ti, tú eres el que no los puede escuchar, a no ser que ellos pongan mucho empeño en que lo hagas.
–¿Va a poner empeño?
–¿Hago que me escuche, Jonny? –preguntó el niño, el rubio lo observó un momento para volver hacia el estudiante.
–No, no quiero que le agarre un síncope. Mejor simplemente juguemos un rato.
–¿Eh? –Jonathan le sonrió a Gonzalo y fue hasta su clóset, lo abrió y buscó algo en él.
–Le estaba contestando a Mati, no va a hablarte, sólo jugaremos un momento con él, que en teoría ése fue el trato para que pudieras estar con él.
Del interior del armario, Jonathan sacó una caja alargada pero luego se detuvo.
–Creo que esto sería demasiado para que lo veas, también…
–¡No, yo quiero jugar al Jenga! –comentó emocionado el niño acercándose hacia Jonathan e agarró la caja del juego de madera, pero ésta se le cayó al piso y todos los bloques de madera cayeron al piso–. Ah, ¿ya no estoy tan fuerte como antes…?
–Quizás perdiste la práctica para agarrar cosas porque hace mucho que no aparecías, pero la recuperarás, recuerda que corriste la silla del comedor así que aún tienes fuerza –intentó animar al niño mientras lo veía agacharse e intentar recoger los bloques.
–¿Esos bloques… se te cayeron?
–A mi no, a Mati. Bueno, yo los acomodaré, ¿okay? –dijo al ver que Matías estaba intentando acomodarlos unos sobre otros para empezar a jugar.
–Pero quiero jugar –reprochó el niño.
–Lo sé, pero espera que Gonzalo no puede verte y no está acostumbrado a ver que las cosas se mueven solas, por eso está asustado.
–Jonathan… –el nombrado levantó la vista hasta Gonzalo, que se había sentado en la cama y estaba muy pálido, el rubio de inmediato se puso en pie y se le acercó.
–¿Oye, te sientes bien? ¿Quieres que salgamos afuera?
Gonzalo no sabía que responder, mientras veía que los bloques se movían solos y recordaba la imagen de Jonathan hablando con total normalidad hacia la nada, sabiendo que había un niño allí… era demasiado. Comenzaba a sentir que le faltaba el aire y que las piernas comenzaban a dejar de responderle. Por un momento recordó las sillas que se movieron solas en la casa de su tía Luisana y el corazón comenzó a latirle con fuerza contra el pecho. Sabía que existían, que eran reales, ¿por qué no podía aceptar que allí había alguien, aunque no lo viera?
–Mati, no te muevas por favor –sintió que dijo el rubio y entonces dejó de observar a los bloques moverse–. Gonzalo, mejor salgamos un momento afuera, ven –Jonathan le agarró del brazo izquierdo y tiró de él, intentando levantarlo, pero Gonzalo permaneció inerte–. ¿Gonzalo?
–Pídele que me toque.
–¿Qué? No, ¿acaso estás loco?
–Quiero sentirlo. Si lo siento, entonces ya no tendré tanto miedo, porque no será algo que…
Gonzalo dejó de hablar al sentir algo en la mano derecha, que tenía inerte sobre la cama, la observó sintiendo algo extraño en ella, que no sabía si era frío o caliente, más bien parecía frío.
–Dios, Matías, no lo tortures, déjalo que está asustado –dijo Jonathan, sin soltar el brazo de Gonzalo ni un solo instante, por si se desmayaba y se golpeaba la cabeza.
–Es que es gracioso, tiene miedo, pero no se va corriendo, ni siquiera grita, pide que me le acerque, tienes un amigo muy raro –Jonathan suspiró, algo exasperado de no poder controlar a ninguno de los dos que estaban ahí con él–. ¡Quiero jugar con él!
–Si no me haces caso, lo más probable es que termines de aterrarlo y ahí sí que no podrás jugar al Jenga con él ni hoy ni nunca más –Matías hizo muecas de desilusión en su rostro y soltó la mano de Gonzalo.
–Okay… ¿Pero tú sí jugaras conmigo hoy?
–Te lo prometo, cuando él se vaya jugaremos un rato nosotros dos, ¿de acuerdo? –Matías sonrió y abrazó a Jonathan un momento, luego se fue de la habitación traspasando la puerta. El rubio volvió a observar a Gonzalo, que seguía observando su mano–. Dios, ¿qué hago contigo? Te traeré agua, ¿okay? Quédate aquí.
–Me tocó la mano… –Jonathan se quedó observándolo, ya no tan convencido de dejarlo solo, había cometido un grave error de llevar a Matías con él–. Ese niño… me tocó la mano, lo sentí –Gonzalo por fin levantó su vista hasta la suya, y ya no encontró terror en sus ojos, no podía decir que parecía que estaba feliz a pesar de esa sonrisa nerviosa en su rostro, pero por lo menos no parecía que fuera a estallar en gritos.
–Bueno… Pero… Deberías tener cuidado de lo que dices cuando sabes que estás con un espíritu –advirtió el rubio con seriedad y Gonzalo borró la sonrisa de su rostro–. Porque cuando pides algo, si tienen ganas, te harán caso por más que lo que pidas sea algo tan loco como que te golpeen. Y si los ofendes, pueden atacarte.
–––
–¿Ya te sientes un poco mejor? –le preguntó el rubio observando con atención a Gonzalo, que bebía el segundo vaso de agua que le entregaba. El chico dejó el vaso sobre la mesa de vidrio y asintió.
–Sí, estoy bien, no te preocupes –reiteró y observó al otro estudiante hacia los ojos, sintiéndose aún algo extraño ante esa mirada, ¿cómo podía ser que una persona tuviera los ojos de distinto color? Bueno, lo que debía preguntarse en realidad era cómo es que una persona puede ver a los espíritus.
Jonathan suspiró, sentándose al lado del moreno, un poco más aliviado de que al final nada malo había sucedido, a pesar de que la situación se le había ido del alcance de sus manos en un cierto momento.
–¿Se pueden desarrollar esas habilidades? –el rubio levantó la mirada hasta Gonzalo, que permanecía mirando un punto vacío–. Ya sabes, ver a los espíritus, hablarles… esas cosas.
–No lo sé, y si estás pensando en intentarlo, no te lo recomiendo –el moreno dirigió sus ojos hacia los de Jonathan y guardó silencio–. No es un juego, Gonzalo. Es poco probable que te encuentres con muchos “Matías”, no todos los espíritus son tan buenos como él –Gonzalo bajó la vista hacia el piso, entendía lo que Jonathan quería hacerle entender, pero necesitaba ver a su madre al menos una última vez–. Además, das la impresión de ser los que no se detienen hasta que ya es demasiado tarde. Todo esto de los espíritus es algo muy serio y bastante peligroso si no sabes distinguir los límites. Todo tiene su precio, ¿crees que valdría la pena arriesgarte a perder la vida por ver una media hora a tu madre? –Gonzalo sonrió con melancolía sin levantar la mirada del suelo.
–En cierta forma, creo que sí –contestó con franqueza–. Ella era lo único que tenía.
–Puede que con tu padre no te lleves bien, pero ¿y tus amigos? –el moreno suspiró hondamente cerrando sus ojos.
–No lo entiendes.
–Lo entiendo más de lo que lo entiendes tú –recriminó y Gonzalo se vio forzado a mirarlo a los ojos, algo molesto–. Porque sé lo que es perder a alguien que quieres mucho y, más importante aún, porque sé lo que es ver a los espíritus –el moreno volvió a desviar su vista del chico, sintiendo impotencia, sabiendo que debía aceptar lo que el otro decía, porque tenía razón, pero en el fondo no quería escucharlo–. Gonzalo, no sólo la verías a ella, verías a todo el mundo, en todo momento. Te acosarían, porque cuando se dan cuenta que puedes verlos y escucharlos, te persiguen y no te dejan en paz hasta conseguir lo que ellos quieren. He vivido toda mi vida sin dormir bien por culpa de sus acosos, porque te persiguen, te hablan, te empujan y hasta te golpean. Algunos me han mordido, otros me han gritado veinte horas seguidas, me han arrojado cosas, han molestado a la gente de mi alrededor con tal de molestarme a mí, me han querido ahorcar y me volvieron loco a tal punto de terminar haciendo estupideces como intentar matarme, porque no me dejaban en paz… No es tan sencillo como crees.
El moreno alzó la vista hacia Jonathan, que lo miraba de una forma extraña que no podía descifrar.
–Aún así si soportaras todo eso, ¿crees que serías capaz de soportar ver a tu madre todos los días? Es muy difícil avanzar con tu vida y dar por terminada una etapa, cuando ves a esa persona todos los días, por la cual atraviesas un duelo.
–Ya lo sé, ya sé que tienes razón, ¡lo sé! –se exasperó Gonzalo, llevándose las manos a la cabeza y empezarse a tironear el cabello, inclinándose hacia adelante–. ¡Es sólo que quiero verla una última vez! ¡Quiero despedirme de ella, porque nunca pude! ¡Nunca pude y es frustrante! ¡Ése día no la vi, llegué tarde de la escuela porque me había quedado con unos amigos y cuando llegué a casa ella ya no estaba, tuve que esperar hasta las diez y media para que me llamara de su trabajo, y en vez de escucharla, me llegó el primer maldito llamado raro en donde nadie me hablaba, y después de eso llegó la policía a mi casa diciéndome que ella había fallecido!
Gonzalo rompió en llanto mientras se cubría el rostro, dejando escapar esa angustia de su interior y Jonathan comenzó a sentirse culpable, a veces olvidaba el hecho de que la muerte de su madre era muy reciente, que apenas había pasado un mes, según lo que el chico le había dicho. Pero tenía que advertirle, porque su desesperación podía llegar a hundirlo. Verlo ahí llorar le incomodó porque sabía que en parte era su culpa, pero no sabía qué decirle para consolarlo o calmarlo un poco. Dudó un poco, pero apoyó su mano sobre su hombro y le acarició la espalda levemente, esperando que con eso le transmitiera que lo entendía sin tener que golpearlo con las palabras y hacerlo sentir peor.
–Vas a poder despedirte de ella, no quizás de la forma que tu quieres, pero vas a poder despedirte de ella diciéndole lo que tú quieras y vas a poder escuchar lo que ella quería decirte –intentó convencerlo–. Es por eso que acepté ayudarte, Gonzalo. Es por eso que ayudo a la gente que me lo pide…
El moreno comenzó a tranquilizarse, dando largos suspiros mientras se frotaba los ojos, aunque no levantaba la mirada, fue entonces cuando Jonathan comenzó a sentir la presencia de Gabriel, levantó la mirada hacia la escalera y lo encontró allí mirándolo a los dos sin moverse.
–Lo que quiero que entiendas, es que no debes pasar los límites, porque es muy arriesgado. Quizás no me expreso bien y por eso no me entiendes, pero…
–Entiendo lo que quieres decirme –interrumpió Gonzalo, secándose las últimas lágrimas y sentándose erguido, para mirar a Jonathan a los ojos–. Es sólo que la extraño y me gustaría volver a verla…
–¿Por qué no le dices cómo puede verla, Jonny? –sintió que dijo Gabriel y el rubio tuvo que alzar la vista, encontrándoselo mucho más cerca de ambos, de pie junto a la mesa.
–Lo sé –Jonathan retiró su mano del hombro de Gonzalo y se rascó la nuca, sintiéndose nervioso, rogando al cielo que a Gabriel no se le diera por empezar a mover cosas, porque la verdad era que ese chico ya estaba lo suficiente perturbado–. Creo que sería bueno que vayas a tu casa, intentes descansar y luego reflexiones un poco en todo esto, sé que estás ansioso por comunicarte con ella, pero tenemos tiempo, Gonzalo. Mejor no apresurar las cosas, porque si lo hacemos, en vez de llevarte un recuerdo agradable de ella, terminarás muy perturbado, ¿y no quieres eso, verdad? –Gonzalo asintió con su cabeza un momento y suspiró. Jonathan observó a Gabriel un momento, que miraba fijamente al moreno.
–¿Puedo… puedo pasar al baño un momento?
–Ah, claro –dijo Jonathan poniéndose en pie–. Ven, está aquí.
El rubio le enseñó una puerta cerca de su habitación y la abrió, Gonzalo se puso en pie y entró allí, Jonathan cerró la puerta. Suspiró al quedarse nuevamente solo con Gabriel y se llevó la mano a la cabeza para despeinarse y pasársela por el rostro.
–No me gusta –sintió que dijo Gabriel, acercándose más.
Jonathan observó al joven que estaba a tan solo unos pasos de él y lo ignoró, agarrando el vaso de agua del que había bebido Gonzalo y lo puso sobre la mesada de mármol.
–A ti no te gusta nadie –susurró el rubio para que Gonzalo no escuchara que estaba hablando.
–Aléjate de él, Jonny.
–¿Por qué? ¿Por qué es la tercera persona que me cree?
–Eh, Jonathan… –la voz del estudiante tras de sí lo sobresaltó y se dio la vuelta de inmediato, sintiendo que el estómago le daba vueltas al ver que Gabriel estaba muy cerca de él–. ¿Crees…? ¿Crees que podría llamarte? Es que… como no tenemos clase hasta el lunes…
–¿Desde cuándo traes a tu casa a la gente que ayudas y les das tu número? Dile que no, Jonny. Que agradezca que está pisando este suelo.
–Eh… –Jonathan buscó apartar su mente de Gabriel para intentar prestarle atención sólo a Gonzalo, odiaba profundamente cuando los espíritus se entrometían cuando tenía una conversación con alguien, pero por sobre todo, odiaba cuando Gabriel lo hacía–. Sí, claro. Buscaré un papel.
Jonathan fue hasta donde estaba el teléfono, cerca de la escalera, para tomar un papel del anotador y una lapicera para escribirle el número telefónico de su casa.
–Jonathan, ¿vas a seguir viéndote con él? –sintió que Gabriel de le decía por detrás–. Sólo hace un día que lo conoces, ya lo trajiste a tu casa ¿y le darás tu número?
–Mi vida sigue, Gabriel –susurró con fastidio el muchacho rubio.
–¿Eh?
–Nada, sólo estaba acordándome de algo –mintió el chico para darse la vuelta y entregarle el papel al moreno, viendo que Gabriel había desaparecido–. Éste es el número de mi casa y el de mi móvil, no sé si tienes uno, pero sería más recomendable que me llames ahí, porque mi papá suele ser bastante tedioso cuando atiende el teléfono.
–Eh, Julio me compró uno el miércoles, pero no le entiendo mucho entonces lo tengo apagado. –le comentó tomando el papel y mirando los números. Jonathan sonrió imaginándose a Gonzalo intentando manejar uno teléfono táctil y haciendo líos–. Ahora le pondré más empeño en aprender cómo se usa.
–Vienen con un manual, te lees eso y de seguro lo entiendes.
–Es que no sé si quiero usarlo –confesó el chico–. ¿Y si mi madre empieza a llamarme ahí?
–Ah, no lo había pensado. ¿Y si lo apagas de noche, no basta?
–Tienes razón, era un poco obvio… –Gonzalo sonrió nervioso y Jonathan se rascó la nuca, el moreno podía parecer estar más tranquilo, había podido entender un poco las cosas, pero aún necesitaba tiempo para asimilar todo lo que había pasado y lo que habían hablado–. Bueno, ya me iré a casa, que de seguro habrán notado que tardé más de la cuenta.
–Okay, voy por tu mochila.
Jonathan fue hasta su habitación y él le esperó ahí, observando la casa, particularmente la escalera, recordando la fotografía en donde salía ese niño que le había dicho que se llamaba Matías. ¿Qué aspecto tendrían? ¿Serían como las películas y en las fotografías, blancos y transparentes? ¿Entonces porqué Jonathan decía que a veces veía más detalles de los que quisiera ver?
–Aquí está.
–Ah, gracias –el moreno se colocó la mochila al hombro y comenzó a caminar hacia la entrada, acompañado del otro estudiante.
–¿Estás orientado, no? ¿Sabes cómo volver a tu casa?
–Sí, por suerte tengo bastante memoria para esas cosas –Jonathan abrió la puerta de entrada y bajó los escalones de cemento de la entrada y abrió la reja negra que cubría la casa–. Bueno, ¿nos veremos el lunes en la escuela?
–Claro, en el receso si quieres y luego después cuando salimos –sonrió el rubio.
–––
Gonzalo observó el reloj que marcaba las diez y veinte de la noche y encendió el teléfono móvil que le habían regalado. Suspiró hondamente sentado cerca del teléfono inalámbrico y esperó el llamado, quizás ya habían pasado dos días tras haber hablado con Jonathan y no haberse comunicado más, pero habían sido suficientes para terminar de aceptar que los espíritus existían y que, aunque no era capaz de verlos, podía sentirlos por lo menos cuando lo tocaran. Ya había abandonado la idea de buscar caminos para poder verla, sabía que de algún modo la sentiría y además, tenía la suerte de haber encontrado a alguien que pudiera hablar con ella y pudiera transmitirle su mensaje, no iba a ponerse caprichoso, además, no quería encontrarse con cosas raras el resto de su vida.
El teléfono inalámbrico comenzó a sonar, sobresaltándolo, miró la pantalla de su teléfono móvil y no aparecía nada en ella, bueno, quizás seguiría una vieja costumbre. No dejó que el teléfono continuara sonando, así que lo levantó y atendió la llamada, nervioso, pero no tan asustado como antes.
–¿Hola? –del otro lado no se escuchó nada y Gonzalo volvió a saludar, esperando escucharla de nuevo, aunque le dijera lo mismo. Su corazón comenzó a latirle con fuerza contra el pecho–. ¿Mamá?
–Gonza… –se llevó una mano al rostro, tapándose la boca, había vuelto a hablarle, había vuelto a hablarle. Sus manos comenzaron a temblarle del susto y su corazón golpeaba más fuerte contra su pecho aún escuchando ese extraño sonido, como si fuera una interferencia con algo–. Cuídate.
El moreno colgó el teléfono tras escuchar varios tonos en que la llamada había terminado, aún conmocionado por lo que había escuchado. Era corto, había mucha interferencia, pero había sido ella otra vez y le había dicho algo diferente a lo de la otra vez.
–Gonzalo –la voz de su padre lo sobresaltó y lo buscó con la mirada, estaba con una bata azul marino cruzado de brazos en la entrada a la sala de estar, con mirada seria como si estuviera a punto de recriminarle algo–. ¿Quién es esa mujer que te llama todas las noches a esta hora?
El moreno buscó excusas en su cabeza con rapidez, no quería decirle a su padre lo que pasaba, lo trataría de loco o le mandaría con un psicólogo alegando que la muerte de su madre le había afectado demasiado. Por un momento recordó a Jonathan y no quería vivir lo mismo que él tenía con su padre.
–Una amiga –contestó cortante para ponerse en pie e intentar ir a su habitación.
–¿Una amiga con… veinte, treinta años más que tú? –Gonzalo se detuvo ante esa pregunta, entre asustado y sorprendido–. Sé que quien te llama no tiene tu edad, Gonzalo. ¿Quién es?
–¿Eh, no puedo tener una amiga que sea más grande que yo? –observó a su padre con frustración y enojo, la situación no era real, pero igual le fastidiaba que su padre se pusiera tan pesado con algo tan estúpido como la edad de sus amistades.
–No me refiero a eso, su voz me resultó familiar –Gonzalo sintió que un escalofrío le recorrió el cuerpo entero, observando la suspicacia de su padre, no podía ser que se hubiese dado cuenta con una simple frase que ella era su madre, ¿o sí?–. Gonzalo, ¿la conozco?
–No lo creo, nunca fuiste a visitarme mucho –el moreno de repente se sintió invadido y comenzó a ofenderse cada vez más, desistiendo de alejar abruptamente a su padre. Prefería que lo odiara a que supiera la verdad–. Mira, ya sé que ahora que estoy contigo se te da de preguntarme cosas, pero… no lo hagas. Me cuesta siquiera hablarte, ¿sabes? ¿De repente voy a tener que darte detalles de mi vida, cuando antes si me veías cinco veces al año era un milagro? –notó cómo su padre poco a poco fue desistiendo de preguntar, y cuando éste bajó la mirada al piso, Gonzalo decidió retirarse–. Buenas noches, Julio.
–––
Abrió sus ojos al escuchar un grito desgarrador de un hombre, a pesar de estar sobresaltado no se levantó de su cama, ni siquiera se movió, sabía de dónde provenía ese grito y era del cementerio. El grito se escuchó más fuerte, como si estuviera más cerca, Jonathan se acurrucó en su cama y se tapó la cabeza con la almohada, cerrando con fuerza sus ojos, quería dormir y dejar de escuchar cosas. A veces odiaba vivir en esa casa, ¿por qué no podían estar más lejos del cementerio?
El grito se escuchó de nuevo, pidiendo ayuda y suplicando, Jonathan se removió molesto en su cama, comenzando a sentir angustia y dolor, como si ese grito se lo transmitiera. El grito continuaba y continuaba, mientras él intentaba continuar durmiendo, observó el reloj digital sobre la mesa que estaba junto a su cama y eran las tres de la madrugada. Suspiró con cansancio mientras escuchaba pasos en la calle, alguien corría y se sentía un ruido a cadenas que habitualmente solía escuchar a esa hora cuando estaba despierto.
Centenares de veces, cuando era más chico y no comprendía del todo las cosas que le pasaban, solía pensar que era el Diablo o algún demonio, un ser maligno que deambulaba por el cementerio y que luego comenzaba a caminar por las calles, y siempre temía que lo fuera a buscar para matarlo porque era capaz de verlo y estaba lo suficiente cerca de él como para que lo sintiera. De chico vivía aterrado de que un ser monstruoso se apareciera en su casa e intentara matarlo por poder ver a los espíritus– Sólo cuando lo vio cruzar enfrente de su casa, pudo entender que simplemente se trataba de un espíritu que había muerto ahorcado por una cadena y por eso lo escuchaba caminando por la calle, para dirigirse a un lugar que desconocía. No era un demonio, ni mucho menos el Diablo. Su miedo engrandecía la realidad, pero no podía culparse de eso, porque con la cantidad de cosas horribles que a veces veía, estaba más que justificado.
Pero esos gritos no eran de ese espíritu que todas las noches se paseaba por ahí con sus cadenas, lo sabía, quizás era de alguna tumba nueva que habían colocado, porque siempre trasladaban a alguien ahí ya que era un cementerio enorme. De repente, comenzó a sentir mucho silencio, algo que le extrañó, pero quizás podía volver a conciliar el sueño, así que suspiró y cerró sus ojos de nuevo. Sintió ruidos en el piso de madera del pasillo, estaba en su casa...
Su corazón comenzó a latirle con fuerza contra el pecho y contuvo el aliento, esperando no volver a oírlo, pero lo sintió otra vez y comenzó a sentir el aire denso, como si una fuerza inexplicable le oprimiera el pecho y le paralizara el cuerpo entero. Ya estaba hecho, había entrado en su habitación, y no era ni Gabriel ni Matías, porque ninguno de los dos solía molestarlo de noche, a no ser que estuvieran ofendidos por algo.
Comenzó a sentir una respiración ronca cerca de la entrada y unos pasos acercarse, no se movió hasta que sintió que estaba encima de la cama, que Jonathan se quitó la almohada de la cabeza para buscar a ese espíritu que le había arruinado la noche y se encontró con un hombre de unos veinte años de pie sobre su cama, con vestimenta deportiva y la frente destruida, como si le hubiesen golpeado algo contra ella, estaba perdiendo sangre y manchaba su ropa, Jonathan comenzó a sentir náuseas y asco de ver tanta sangre. El joven comenzó a agacharse y el rubio se quedó inmóvil observándolo, sintiendo que le faltaba el aire, hasta que de un movimiento rápido, le empujó y se levantó de la cama.
Salió de la habitación a toda prisa buscando recobrar el aire que le faltaba y quitar el nauseabundo olor a la sangre de su nariz, pero sus pasos rápidos llegaron hasta él y sintió que le agarró de los hombros. Jonathan se aguantó las ganas de gritarle que le dejara en paz y que no podía ayudarle, era más grande el miedo de despertar a sus padres que el que le tenía a ese hombre que desde hacía dos días lo acosaba y peleó contra él para liberarse. No sabía hacia dónde ir y salir a la calle no era un opción, así que subió las escaleras y cuando estaba casi por terminar de subirlas, volvió a agarrarlo, aunque esta vez de los brazos y del tórax.
–Ayúdame, ¿por qué no quieres ayudarme? –Jonathan se agarró de las paredes del pasillo mientras sentía que el hombre lo arrastraba hacia atrás.
–No puedo ayudarte, yo no sé quién te mató –balbuceó el rubio, aún ejerciendo fuerza para no ir hacia abajo junto con el hombre aquel que se empeñaba a fastidiarlo.
–¡Vas a ayudarme!
Comenzó a sentir calor, los brazos del hombre parecían arder y no podía evitar sentir dolor, suprimía esa necesidad de gritar porque no quería despertar a sus padres que estaban a pocos pasos de él, pero no podría aguantarlo por mucho más.
–Suéltalo –la voz de Gabriel en el pasillo no hizo más que tensarlo porque sabía lo que significaba, y seguramente terminarían peleando, pero en esa situación, no le importaba que sucediera, ya que ese tipo estaba lastimándolo y sólo quería tenerlo lejos–. ¡Que lo sueltes!
Jonathan vio a Gabriel acercarse a una velocidad impresionante y atacar al hombre que lo tenía agarrado, cerró sus ojos al sentir que gritaban y que el otro hombre no lo soltaba. Una de sus manos perdió la fuerza con la cual se sostenía de las paredes y terminó cediendo, con la fuerza de los otros dos sobre su cuerpo, uno intentando agarrarlo y otro soltarlo, Jonathan sintió que comenzó a caer junto con los dos y lo último que vio antes de golpearse la cabeza contra el barandal de la escalera y quedar inconsciente, fue a Gabriel intentando protegerlo de aquel fantasma.
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