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Capítulo 3: Mirando al mundo con otros ojos

by Evan on Nov.22, 2009, under


Gonzalo no comprendió a dónde quería ir Jonathan, antes de que pudiera preguntárselo el rubio comenzó a caminar hacia la misma dirección de la otra vez y no tuvo más remedio que seguirlo.

–¿A dónde vamos? –le preguntó ni bien habían comenzado a caminar uno al lado del otro.

–A quitarte tu miedo de los espíritus, para que te familiarices un poco con todo esto –Gonzalo se detuvo instantáneamente sin dejar de mirar al otro estudiante a los ojos, con una expresión de angustia en su rostro.

–No iremos a un cementerio, ¿verdad? –preguntó aterrado ante la idea de encontrarse en un lugar así ahora que sabía que todas esas cosas que se decían por la calle eran verdad, ahora que sabía que los fantasmas sí existían. Jonathan se detuvo y lo observó–. ¡No me gustan los cementerios!

–A mí tampoco me gustan –aclaró el rubio–. No es muy agradable encontrarte con ciento cincuenta muertos a la vez en un solo lugar, ofreciéndote como carnada para que te acosen con sus problemas.

Gonzalo torció su boca en una mueca de desagrado, mostrando no estar del todo convencido de querer continuar.

–Vamos, hombre. No iremos a un cementerio, no te pongas así. Sólo iremos a mi casa, para que te muestre un par de cosas, ¿está bien?

El moreno suspiró hondamente y comenzó a caminar junto al chico de la clase 2º B, hacia la casa de éste. De repente, Jonathan se rió en voz alta y Gonzalo no pudo evitar mirarlo para ver por qué lo hacía, viéndolo así, no pudo evitar pensar que quizás si estaba un poco loco.

–¿De qué te ríes?

–Los colores volvieron a tu rostro, ¿sabías? Hace quince segundos estabas más blanco que yo –se burló para volver a reírse y Gonzalo intentó hacerlo también, pero estaba demasiado nervioso como para hacerlo, además, tanto movimiento de gente junta y los ruidos de la calle lo desorientaban.

–Deberías tener un poco de compasión por la gente común y corriente, ¿no te parece? Esto de los fantasmas no es algo de todos los días para nosotros.

–Claro, cuando pasa todos los días, se terminan convirtiendo en lo que soy yo –dijo sonriendo el rubio y mirándolo al rostro, Gonzalo volvió a torcer la boca en forma de disgusto intentando seguirle el paso mientras el otro volvía a mirar por donde caminaba para evitar chocarse con alguien–. A veces olvido que las personas “normales” suelen asustarse mucho con todo lo paranormal, me causa gracia, no puedo evitarlo. Es como una especie de venganza pacífica, el ochenta y cinco por ciento de las personas me llama loco o piensa que lo estoy cuando se enteran que puedo ver y hablar con los espíritus, o con “gente muerta” como lo dicen en la película esa Sexto Sentido, así que no suelo compadecerme de ellos.

–¿Nos culpas? Las personas tendemos a no creer en lo que no vemos.

–Y aún así el noventa por ciento cree en Dios y no pueden verlo o escucharlo, ahora cuando las personas pueden verlo o hablar con Él, las llaman psicóticas, ¿hacia dónde llegamos de nuevo? A que la gente juzga sin saber –Gonzalo observa a Jonathan un momento, entendiéndolo un poco más, aunque aún tenía cierto rechazo hacia sus creencias–. Aunque, bueno, tal vez sea un ochenta por ciento de la gente la que la cree en Dios, quizás no todas vayan cada domingo a misa o se pone a orar antes de dormir, pero creen en Él de todas formas, por sobre todo cuando hay una tragedia, un accidente y cosas así. Por lo general ahí todos se ponen a rezar.

–Buen punto, pero de todos modos…

Jonathan agarró del brazo a Gonzalo y lo echó hacia atrás cuando un automóvil casi lo atropella. El estudiante se quedó mirando el auto que había pasado a toda velocidad tocando su bocina, luego observó al rubio que lo miraba con expresión de fastidio, aún sosteniéndolo de su suéter verde del instituto.

–¿Eres algo suicida, verdad? ¿No sabes que cuando el hombrecito blanco ese titila mientras corre, significa que o bien cruzas corriendo la calle a tu suerte si alguien te pisa o esperas calmadito en la acera a que cambie de nuevo? –le preguntó señalando el semáforo para peatones mientras lo soltaba.

–No lo había mirado, solo te seguía a ti y te frenaste de repente –se excuso el otro, mirando la figura del semáforo, ahora en un muñeco rojo que estaba quieto. Jonathan suspiró y negó varias veces con su cabeza, luego sonrió.

–¿Qué clase de peatón eres? Siempre tienes que estar atento a tu alrededor, por más que hables con alguien. ¿Cuándo puedes saber si de repente aparece un tipo escapando de la policía a toda velocidad y te lleva por delante por intentar escapar, o si un cartel mal colocado se te cae en la cabeza o la rama de un árbol se parte porque está vieja y roída y te termina aplastando? –Gonzalo observa a su alrededor, rodeado de gente y luego el cielo, torció los labios al sentirse inseguro. Jonathan podía tener razón, o simplemente ser demasiado paranoico–. Ah, y nunca lleves tu mochila hacia atrás, hay personas que te roban mientras caminas sin que te des cuenta, te abren el cierre y sacan lo primero que encuentran, que por lo general es tu billetera, llévala hacia adelante.

Gonzalo se quitó su mochila y la observó un momento, el semáforo pasó a blanco y Jonathan comenzó a avanzar junto con toda la gente que se había acumulado en esa esquina, el moreno se apresuró a seguirle el paso de nuevo llevando la mochila con incomodidad. El rubio rió un poco y le enseñó cómo llevarla hacia adelante.

–Listo, ahora estás más seguro con tus pertenencias, con lo demás, tendrás que estar atento al mundo que te rodea –Gonzalo sonrió un poco avergonzado y Jonathan volvió a reír, no se había reído tantas veces en el día desde hacía mucho tiempo, extrañamente se sentía cómodo con ese chico, quizás porque era algo torpe y asustadizo, o porque le hacía sentir menos raro–. Oye, ¿puedo preguntarte algo?

–Ya sé lo que me preguntarás –dijo el otro estudiante–. Te ahorraré la pregunta: no, no soy de aquí. Vivía con mi madre muy lejos, en el campo, un pueblo pequeño en donde todos nos conocíamos a todos, no había semáforos y los automóviles no andaban a esa velocidad ni la gente te robaba mientras caminabas sin darte cuenta.

–Ah, eso explica muchas cosas… –Gonzalo rió ante ese comentario y observó al otro estudiante.

–Ya sé, soy torpe, aún no me adapto y sigo sintiéndome como un bicho raro entre tanto pavimento.

–Bueno, al menos encontraste otro bicho raro que puede enseñarte como caminar para que nadie te aplaste.
Gonzalo sonrió junto con el otro chico y se detuvo junto con él en una esquina de varias diagonales mientras él buscaba algo en su morral, observó el semáforo al otro lado de la calle y aún estaba en blanco, en la esquina que se habían detenido había una farmacia, enfrente una entrada al subterráneo tras un edificio enorme que no sabía lo que era pero le parecía muy hermoso y antiguo, al costado había otra entrada al subterráneo y atrás de éste había una avenida ancha y tras ésta vio un inmenso mural blanco, buscó la entrada de éste y al ver su cartel sintió que el estómago se le puso al revés.

–¿“Cementerio Descanso Eterno”?

–Tranquilo, no vamos a entrar, nuestro destino es allá, sólo estoy buscando mis llaves –le dijo el rubio señalando una casa azul de dos pisos y estilo antiguo que estaba a mitad de la manzana, al lado de una moderna veterinaria.

–Dios Santo, puedes ver a los fantasmas ¿y vives a una cuadra del cementerio?

–La vida me bendijo con muchas cosas bonitas, ¿no crees? –Gonzalo observó a Jonathan de nuevo que parecía muy relajado mientras sacaba un manojo de llaves de su morral y volvía a colocárselo al hombro, luego observó el cementerio, aún con un extraño malestar en su interior–. Vamos, no pretendo estar aquí fuera todo el rato, no me gusta siquiera mirar esas paredes y tengo hambre, vayamos a mi casa.

El castaño siguió al rubio camino hasta su casa aún preguntándose cómo podía ser capaz de vivir con tanta presión y permanecer tan relajado, cruzaron la calle, entraron por el pequeño portal de hierro negro que cubría la entrada y subieron los pequeños escalones de cemento hasta dar con la entrada. Jonathan entró primero y Gonzalo lo siguió.

–Llegué –anunció el dueño de casa mientras colgaba la llave en un llavero en la entrada–. Ven, no te quedes ahí –Gonzalo lo siguió por ese largo pasillo observándolo todo con disimulo para no ser descortés, el piso de madera y paredes con un celeste tenue algo desteñidas y bien altas, habían varios libreros repletos de un lado y al otro, unas mesitas bajas con floreros y revistas y diarios.

Avanzaron un poco más y se encontraron con la cocina comedor, todo parecía tener el aspecto de una casa algo vieja, los muebles eran en su mayoría todos oscuros, el refrigerador estaba a tan solo unos pasos de ellos y al lado había una mesada grande de mármol oscuro, junto con la cocina y los gabinetes, en el centro de la habitación había una mesa redonda de vidrio donde se encontraba una mujer mayor tejiendo algo blanco con dos agujas de madera.

–Hola mamá –dijo Jonathan para acercarse a ella, la mujer dejó sobre la mesa su tejido y se puso en pie, sólo cuando vio a la mujer guiarse con sus manos para darle un beso en la frente al rubio, pudo darse cuenta de que era ciega.

–¿Cómo estás Jonny, qué tal la escuela? –preguntó la mujer con una voz muy dulce y suave, seguramente la mujer estaba por los cuarenta años, tenía su cabello corto hasta un poco más de las orejas y con un flequillo muy prolijo, parecía bastante blanco pero podía notar un poco de rubio en él, estaba vestida con un suéter negro y una falda rosa pálido, y sobre ésta, un delantal a cuadros blancos y grises.

–Aburrida como siempre –dijo Jonathan con desinterés y luego lo observó a su compañero y guió a su madre a él–. Vine con un compañero de la escuela, se llama Gonzalo. Gonzalo, ella es Eleonor, mi mamá.
–Un gusto –dijo el chico para acercarse a ella y tenderle una mano, la cual la mujer tomó con ambas manos y luego buscó palmearle el hombro.

–Encantada de conocerte, Gonzalo –dijo amablemente la mujer para luego sonreír–. Vaya, sí es más alto que tú, Jonny.

–Ay, ya sabía que ibas a decir eso. Gracias por tu apoyo moral, mamá –la mujer rió y Gonzalo no pudo evitar sonreír.

–Bueno, es que sí es más alto, no voy a mentirte –dijo la mujer y luego levantó su mano intentando acariciarle el rostro.

–Mamá –recriminó el rubio cambiando el tono de voz completamente y la mujer de inmediato se alejó del moreno.

–Lo siento, es una mala costumbre el olvidarme de preguntar –excusó la mujer–. Sé que hay gente que se siente incómoda, pero es la única forma de ver que tengo, para poder saber qué aspecto tienen los demás.

–No, está bien, no se preocupe –se apresuró a decir Gonzalo y la mujer sonrió.

–¿En serio? ¿Me permites? –preguntó la mujer alzando un poco su mano y Gonzalo se acercó asintiendo con un sí algo bajo.

–Bien, mientras, déjame que llevo tu mochila a mi habitación –dijo Jonathan acercándose también, el moreno se quitó la mochila y se la tendió al rubio, que la tomó y la llevó tras de sí, hacia el pasillo.

La mujer sin dejar de sonreír llevó sus manos hasta sus mejillas, donde las acarició con sus pulgares y luego los guió hasta su barbilla, luego hacia sus labios y Gonzalo comenzó a sentirse un poco incómodo ante ese delicado tacto viendo los ojos inertes de la mujer, pero Eleonor subió sus manos para llegar a sus nariz y sus pómulos, delinear sus cejas hasta llegar a su frente, luego a su cabello y volver a sonreír.

–Eres un chico muy guapo, Gonzalo –el estudiante empezó a sentir que su cara comenzó a arderle y la mujer rió por lo bajo para alejarse y volverse a sentar.

–Recuerda mamá, que es más chico que tu hijo y tiene treinta años menos que tú –sintió que bromeó Jonathan atrás de él mientras se rascaba la nuca, despeinado, ya sin corbata y con la camisa totalmente abierta y por fuera del pantalón, podía verle una sudadera blanca por debajo de ésta y ahora parecía un poco más normal. La mujer rió contenta y se llevó la mano a la boca, Gonzalo tampoco pudo evitar reírse.

–¡Ay, hijo, las cosas que dices! –Jonathan fue hasta el refrigerador y lo abrió, buscando algo en su interior.

–¿Qué prefieres para beber, jugo, agua o vino tinto?

–¡Jonathan, el vino es de tu padre! –recriminó al instante la mujer poniéndose en pie y acercándose a su hijo con total facilidad, mientras éste se reía mirándolo.

–Jugo está bien.

–¿Ves? Sabía que iba a responder eso, así que no sé porqué te preocupas por el vino –comentó sacando un frasco de jugo naranja y llevándolo hacia la mesada, para buscar vasos en los gabinetes.

–Les prepararé unos sándwiches para que coman, deben tener hambre, ¿verdad, Gonzalo?

–Sí, tiene, y si no tiene me los das a mí. Tengo tanta hambre que podría comerme una vaca entera.

–Ay, hijo, siempre tan sutil… –recriminó la mujer haciendo muecas para después acercarse hacia la mesada–. No te preocupes, te prepararé más sándwiches para ti, Gonzalo, que eres el invitado.

–Eh, muchas gracias –ironizó Jonathan mirándola con fingido fastidio.

Gonzalo rio complacido ante esa escena, Jonathan en la calle parecía un chico perturbado, cansado y con poca motivación aunque no mostrara ningún tipo de temor, pero cuando estaba dentro de su casa, por lo menos parecía bastante feliz, normal si podía usar este término. En cierta forma le agradaba ver que podía relajarse un momento de los fantasmas y todas esas cosas, si él podía, que los veía veinticuatro horas al día, ¿por qué él no?

–Ten, es de naranja, ¿te gusta verdad? Porque si no, me temo que sólo hay agua… –le dijo entregándole un vaso con el juego, Gonzalo se apresuró a agarrarlo y asentir, para darle un sorbo.

–Vayan a la habitación si quieren y les llevaré sus sándwiches, que seguro deben tener algo de qué hablar.

–Sí, del origen del universo, de historia, física y matemática, unos temas muy interesantes –ironizó Jonathan para acercársele y darle un ligero beso en la mejilla a su madre mientras ella abría un paquete de pan lactal, luego le hizo un movimiento con la cabeza para que lo siguiera y Gonzalo así lo hizo.

Fueron al pasillo y entraron a una habitación que estaba a la mitad de éste, era pequeña y también con piso de madera, había una cama con cobertor azul bajo una ventana y una mesita de madera con una lámpara y un reloj digital pequeño, un escritorio amplio enfrente de éstos, al lado un gran librero repleto de libros, en su mayoría viejos y gruesos, un clóset oscuro en la otra pared, un puff azul al lado de éste donde estaba su mochila y  una mesita enana en donde estaba el morral de Jonathan, en todas las paredes habían varios estantes con libros. Definitivamente, la habitación del rubio era mucho más ordenada que la suya, y eso que se había mudado tan sólo hacía un mes.

–Deja tu vaso aquí si quieres –dijo Jonathan mientras dejaba el suyo sobre el escritorio y comenzó a buscar algo dentro de su armario–. Voy a buscar una radio o algo para que haga ruido, escuché por ahí que a la gente no le gusta mucho el silencio, yo ya estoy acostumbrado...

El estudiante de cabello negro dejó su vaso junto con el otro y continuó observando la habitación, no podía creer la cantidad de libros que había en esa casa, contando por supuesto todos los que había visto en el pasillo, acomodados ordenadamente sobre los libreros altos y anchos que estaban allí, y ni mencionar si subiendo la escalera habían más. Podía apostar que en toda su casa, seguramente sólo habría un poco menos de la mitad de los que Jonathan sólo tenía en su habitación.

–No te gusta leer, ¿verdad? –bromeó mirando al rubio, que sacaba un pequeño y ovalado radio–grabador plateado del clóset.

–No, son solo de adorno y para esconder cosas adentro –Gonzalo sonrió mientras veía al otro enchufar el aparato y encenderlo, buscando una radio local.

–Aquí están sus sándwiches, chicos, hay de jamón y queso, y de salame y queso –sintió que dijo Eleonor en la entrada de la habitación y Gonzalo se apresuró a tomar la bandeja que había traído la mujer.

–Muchas gracias.

–No hay de qué, cielo, cualquier otra cosa estaré en el comedor –la mujer agarró el picaporte de la puerta y la cerró, recién ahí notó que tenían vidrio y unas cortinas blancas tapaban la vista hacia el otro lado. Sin duda esa casa era antigua, ninguna casa moderna las tenía ya, habían pasado de moda.

–Bueno, ¿te gusta la música clásica? Es la única radio que agarra sin hacer interferencia, ya me acordé porqué lo había guardado, funciona tan bien con la mitad de su antena…

Gonzalo sonrió y comenzaron a comer los sándwiches, mientras Jonathan buscaba cosas en sus libros, sin dejar de comer, por supuesto, sacando uno tras otro, buscando algo que no quería decirle que era.

–Jonathan, ¿puedo preguntarte algo? –el chico alzó la vista de sus libros y observó al otro estudiante, que lo miraba desde el escritorio, sentado desde la silla de éste–. ¿Desde cuándo… puedes verlos y… eso?

–Eh… desde que tengo memoria, creo –contestó volviendo su vista hacia sus libros, mientras buscaba esas cosas que quería mostrarle a Gonzalo, pero no recordaba en qué libro las había escondido de su padre–. Al principio los veía como una sombra blanca, pero con el pasar de los años comenzaron a volverse más nítidos y ahora veo detalles que me gustaría dejar de ver. ¡Ah! Aquí están.

El rubio sacó un par de fotografías polaroid de un libro grueso y viejo que tenía entre sus piernas, cerró éste y puso las fotografías al revés para que Gonzalo no pudiera verlas aún.

–Bien, contéstame algo. ¿Eras de los que no creen hasta que no ven?

–Eh… eso creo –contestó el otro, algo asustado por lo que el otro tenía en sus manos, no quería ver muertos. Jonathan puso cara de fastidio.

–O sea, no creías en espíritus. ¿Verdad?

–Pues, no, nunca me lo había puesto a analizar. Simplemente vivía mi vida y ya.

–¿Y nunca habías visto películas de terror con fantasmas malditos en una casa embrujada y cosas así, por eso nunca te preguntaste si de verdad existían? –cuestionó el rubio arqueando una ceja, dándose cuenta que Gonzalo sería muy difícil de hacerle ver el mundo de manera diferente.

–Sí, vi pocas…

–¿Entonces…?

–Me daban miedo, ¿ya? –admitió el chico removiéndose incómodo en su asiento–. No te burles de eso…

–No me burlaré, porque si tenías miedo de verlo, o sigues teniéndolo, es porque una parte de ti cree que eso que te presentan como fantasía, tiene algo de verdad y por eso le temes –Gonzalo continuó observando atentamente al rubio, empezando a sentirse nervioso y sin entender a dónde quería llegar el otro–. Ahora que lo experimentaste en carne y hueso, tienes más que asegurado que es verdad, por eso estás asustado, pero no deberías, porque ahora ya lo conoces, a lo que deberías tener miedo en verdad es a lo desconocido.

–Pero sí es desconocido. Qué se yo cómo es que esas cosas hacen aquí.

–Hasta un cierto punto es desconocido, porque te preguntas cómo es que sucede, no por qué realmente existen o qué es lo que quieren. En realidad, sabes que existen, entonces los conoces, no a detalle, pero los conoces –Gonzalo aguardó silencio analizando las palabras del estudiante, buscándoles un sentido.

–No entendí.

–Cuando ves un fantasma, lo oyes, o ves que algo se mueve solo, no sé, alguna cosa de esas, tú lo primero que haces es buscar una excusa para que eso haya sucedido y si no la encuentras, comienzas a preguntarte porqué esa silla se movió y sigues negándote a que es real alegando que es tu imaginación, aunque haya pasado ante tus ojos y no en una película, ¿me entiendes a dónde quiero llegar?

–¿A que tengo que aceptar que existen?

–¿De qué otra forma entonces puedes distinguir entre verdad y fantasía, cuando te diga lo que tu madre me ha pedido que te dijera? Porque los fantasmas no existen, entonces no puedo hablar con ellos, ¿o sí? Si no existen, en teorías creerías que te estoy mintiendo, ¿verdad? –Gonzalo suspiró hondamente y miró el piso.

–Lo sé… No es que no te vaya a creer en lo que me digas, es que se me hace difícil aceptar que existen, porque no los veo, solo veo cosas que se mueven solas –Jonathan levantó una fotografía y se la enseñó a lo lejos, el otro estudiante levantó la mirada.

–¿Qué es lo que ves?

–A un niño rubio jugando con una pelota roja –contestó el otro, mirando la fotografía–. ¿Ése eres tú?

–Sí, no importa. Mira bien la foto y dime lo que ves.

Gonzalo volvió a observar la fotografía, esta vez con más atención. En el medio de la fotografía instantánea, se veía a Jonathan de niño, jugando con un balón rojo casi de su mismo tamaño, sonriendo a la cámara, estaba en un parque vacío en un día soleado con un poco de nubes, atrás no había nada, solo un parque infinito con un par de árboles. Buscó en los árboles lo que se suponía que tenía que ser un fantasma, pero no encontró nada. Volvió su vista hasta el rostro de Jonathan, sonriendo, miró su ropa, su sudadera azul y su pantalón corto celeste, sus zapatillas blancas y ahí abajo, en la sombra, había una mano sosteniendo su pie.

–Dios mío…

–¿Ya lo encontraste?

–¿Eso…? ¿¡Eso es una mano!? –balbuceó el joven, sin poder dejar de mirar la fotografía.

–Sí, y quizás te sorprenderías de saber que en ese momento yo no sentí nada –Gonzalo levantó un momento la vista hacia Jonathan, que seguía atentamente a todos sus movimientos–. Para ese entonces sólo tenía cuatro años recién cumplidos, me acuerdo que mi padre tomó esta foto en un parque al que habíamos ido los tres después de ir a un circo, me habían comprado esa pelota y yo estaba contentísimo con ella. Nunca sentí nada que me hubiese agarrado el pie y por supuesto, mis padres no vieron nada.

Gonzalo volvió a observar la foto, ya no tan asustado como antes, pero sí sorprendido y con cierto temor aún, así que bajó la fotografía y levantó otra.

–¿Qué ves ahora?

El moreno se acercó un poco con su silla y se echó hacia adelante para intentar captar los detalles con más atención. Esta vez, en la fotografía Jonathan estaba más grande, con unos seis años quizás, sentado en la mesa de vidrio que estaba en el comedor, junto con dos niños de su edad, ambos de cabello castaño claro, y el único que no miraba a la cámara era Jonathan, porque parecía muy concentrado jugando con unos bloques de madera de varios colores. Esta vez ni siquiera se fijó en los detalles del entorno, buscó directamente en Jonathan algo fuera de lo normal, pero no halló nada. Luego de mirarlo un poco más, lo entendió.

–No estabas mirando tus bloques, estabas mirando el piso, hacia sus pies porque había alguien allí, ¿verdad?

–No, de hecho, tendrías que mirar la escalera que está detrás de mí –Gonzalo lo buscó y al instante pudo encontrarlo, entre los barrotes había sin duda lo que veía, eso definitivamente era un niño, un rostro, un cuerpo blanco y algo transparente sentado en uno de los escalones de la escalera.

–¿Ése es el rostro de un niño, verdad? Dios mío, ¡eso es más aterrador todavía que el anterior!

–Bueno, a medida que fueron pasando los años, fueron haciéndose más claritos para mí y para las fotos también, esto de las fotos es extraño –comentó el rubio inclinando la foto para verla él un momento–. Ése niño era con el que solía jugar cuando mis primos no venían a visitarme, se llama Matías. Mis padres creían que era un amigo imaginario, de esos que dicen los niños que se inventan cuando no tienen muchos amigos.

–¿Jugabas con él?

–¿Por qué no? Para mí era un niño normal que aparecía en mi casa de vez en cuando y le gustaba jugar conmigo con mis bloques o a dibujar –Gonzalo torció un poco sus labios, pero ya no parecía tan aterrado, eso era bueno. Bajó la fotografía y levantó otra para mostrársela–. ¿Qué ves en esta?

En esta ocasión, Jonathan no estaba en la fotografía, era un paisaje de piedras y pastizales, con un río que lo cruzaba, buscó con rapidez alguna sombra blanca que estuviera fuera de lugar o que no concordaba con el resto del paisaje, un rostro, un cuerpo… y halló uno por detrás de un grupo de pastos largos, parecía un hombre mayor que estaba agachado observando la cámara.

–Ahí, un hombre viejo escondido entre el pasto –dijo señalando el lugar en donde estaba el hombre, Jonathan simplemente sonrió y buscó otra fotografía para mostrarle.

–La última, que ya le vas agarrando el sentido a esto –dijo mostrándole otra fotografía.

No hacía falta buscar en esa última, simplemente estaba el televisor en ella y en él se veían reflejados varios rostros, en el centro de la televisión habían unos ojos muy nítidos de color claro, Gonzalo sintió un escalofrío al verlos.

–¿Sigues creyendo que son una fantasía?

Gonzalo iba a contestar que no, pero unos golpes a la puerta lo sobresaltaron y no pudo evitar darse media vuelta para mirar la entrada.

–¿Jonny? –sintió que la voz de Eleonor preguntó al otro lado.

–¿Si, mamá? –preguntó el rubio poniéndose en pie y abriendo la puerta

–Me acordé que tengo que devolverle un libro a Graciela, estaré fuera unos minutos, ¿de acuerdo? –comentó la mujer sin pasar a la habitación.

–De acuerdo, ¿quieres que te acompañe?

–No, estaré bien, quédate con Gonza que parece que se están entreteniendo. Cualquier cosa atiende el teléfono, ¿está bien?

–Okay, no te olvides de llevar tu carnet –la mujer asintió y sonrió, le dio un beso a su hijo en la frente y luego se retiró. Jonathan cerró la puerta y volvió a sentarse en el piso, junto con las fotografías, no le había mostrado todas, pero Gonzalo sentía que ya no hacía falta seguir viéndolas, ya no iba a volver a negar la existencia de los espíritus, aunque le dieran terror.

–Bien, parece que ya no vamos a necesitar esto –dijo comenzando a juntarlas, pero luego se detuvo y observó al moreno–. ¿O quieres verlas todas? –Gonzalo dudó un poco, pero luego las tomó cuando Jonathan se las alcanzó y comenzó a mirarlas–. La mitad de todas esas me las encontré en un cajón de la mesa de noche de mi padre hace un par de semanas, se ve que no quería que las encontrara, otras las tomé yo en alguna ocasión cuando estaba intentando entender porque en las fotografías aparecen, pero me rendí y me quedé con la incógnita.

–¿Por qué crees que tu papá quería ocultarlas de ti? –preguntó Gonzalo alzando la mirada hacia el otro chico, lo encontró mirando el piso y con una expresión en su rostro que sólo pudo entender como tristeza y no pudo evitar sentirse culpable.

–Porque no quiere admitir que no estoy loco, supongo que le es más fácil creer eso de mí a que los espíritus existan –Jonathan se puso en pie y se fue hasta su ventana, corrió la cortina blanca que la cubría y observó a través de ella–. Mi papá siempre supo que no soy como los demás y me llamaba loco, mi mamá también lo sabe, pero en cambio, simplemente me decía que era especial y nada más, pero no puede saber mucho porque quedó ciega cuando yo tenía cinco, así que en teoría no sabe ni la mitad de cosas que me pasan, porque no puede verme, aunque constantemente me anda atrás para ver si estoy lastimado –Jonathan suspiró y se rascó la nuca–. Desde bebé miraba para otros lugares y sonreía ante algo gracioso que los demás no encontraban, cuando niño jugaba con personas que no existían y ya más grande hablaba solo, pero porque a algunos los veía tan nítidos y sin ninguna lesión, que no me daba cuenta de lo que eran hasta que alguien me miraba con cara extraña, ahora ya aprendí a distinguirlos. Mi padre prefiere creer que estoy loco, porque creo en cosas que no existen para él, siempre dice que todo está en mi cabeza.

Gonzalo no supo qué decir ante aquello, observó las fotografías en sus manos y con esa evidencia si una persona seguía insistiendo que no existían, era porque simplemente estaba aterrada y bloqueada. Por fin pudo comprender a dónde quería llegar Jonathan mostrándoselas, a que dejara de bloquearse.

–Mi papá es profesor de física en la universidad, trabaja también en un instituto de investigaciones de no sé qué cosa –comentó el rubio para darse la vuelta y mirarlo–. Con todo eso, queda más que claro que nunca va a cambiar de opinión, y siempre le encontrará una explicación a estas cosas, y en caso de no encontrarlas, acusa a la imaginación del hombre. Por eso es que no tolero a la gente cerrada que cree que lo que ella piensa es verdad y no hay ninguna otra verdad, que si el otro piensa o siente distinto, es mentira.

–Por eso te ríes de ellos…

–Sí, de todos modos, seguirán creyendo que estoy loco, así que da igual lo que piensen –Jonathan guardó un momento silencio y luego se le acercó–. Yo no tengo todas las respuestas, solo dejo que las cosas pasen porque pasan, sólo no voy a negar su existencia.

–El hombre no tiene respuestas para todo, siempre van a haber cosas que desconozca y que no pueda explicar.

–Exacto, y no me importa porqué los muertos están escondidos entre los vivos, sólo sé que lo hacen. No leo libros de magia negra, no molesto a los espíritus intentando contactarlos por medio de la ouija, ya no los molesto intentando sacarles fotografías o grabándolos para demostrarles a los demás que existen, no invoco al Diablo para maltratar a alguien ni mucho menos le vendo mi alma para intentar comprender más este mundo. Sólo intento vivir mi vida y ayudar a aquellos que me lo piden, tanto espíritus como personas, porque en parte siento que es mi deber. Nací con la capacidad de verlos, sentirlos y poder escucharlos cuando otras personas no pueden hacer lo mismo y solo le pasa una o dos veces en la vida, no puedo fingir que es mentira, porque no lo es. No para mí.

Gonzalo sonrió y le devolvió las fotografías, Jonathan las tomó y volvió a esconderlas dentro de aquel libro.
–¿Sabes? Ahora entiendo muchas cosas –el rubio guardó el inmenso libro sobre uno de los estantes que estaba arriba de su cama y observó al otro estudiante sonriéndole.

–¿En serio? ¿Entonces sigues pensando que estoy loco?

–Em… solo un poco, sólo los locos tienen tantos libros sólo para esconder cosas y no para leerlos.

Jonathan se rió a carcajadas y bajó de su cama, para agarrar el resto de libros en el piso y volver a colocarlos junto con el que ya había guardado.

–Eres agradable, Gonzalo. Lástima que no estés en mi curso, la escuela pasaría más rápido contigo.

El moreno sonrió y Jonathan se bajó de la cama, entonces se sintieron unos pasos caminar por el piso de arriba y los dos miraron hacia el techo poniéndose serios de repente. Los pasos avanzaron y comenzaron a bajar las escaleras rápidamente y el rechinido de una silla que se arrastró hizo eco por el comedor, Jonathan observó con seriedad hacia la puerta y Gonzalo comenzó a ponerse nervioso a tal punto de tener que levantarse de la silla.

–Jonathan, tu mamá ya se había ido, ¿verdad? –preguntó con cierto temor el estudiante de la clase 1º A, mirando cómo el rubio estaba sin perder de vista la puerta completamente inmóvil, como si pudiese ver algo por detrás de la cortina que protegía al vidrio de la puerta.

–Sí, pero parece que ya no estamos solos en la casa.

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