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Capítulo 2: Un llamado diferente

by Evan on Nov.22, 2009, under


Capítulo 2: Un llamado diferente

Quizás eran las cuatro de la tarde cuando por fin llegó a su casa, dejó sus llaves colgadas en el pequeño llavero de madera que estaba junto a la entrada y fue directo a su habitación, que estaba cruzando la mitad del pasillo. Una vez dentro, dejó su morral sobre un puff azul que estaba cerca de la entrada y se quitó la corbata, dejándola encima de la que usaba como mochila para sus útiles escolares, se desabrochó su camisa por completo y la quitó por fuera de su pantalón, se quitó los zapatos y los agarró con la mano para llevarlos dentro de su clóset. De allí sacó ropa para cambiarse, una sudadera de mangas largas de color verde musgo y por encima una fina campera de algodón negra, que quitó ese molesto pantalón de vestir y lo dobló junto con su camisa, para colocarlos encima de la silla del escritorio que estaba frente a su cama. Jonathan buscó un pantalón de jean desgastado que era el que solía usar cuando andaba en la casa y se lo colocó. Se despeinó un poco y salió de su habitación, para ir a un refresco antes de ir a ver a si su madre estaba en casa.

Salió por el pasillo caminando con los calcetines puestos sobre el piso de madera que rechinaba a medida que él avanzaba, observó un momento el comedor–cocina y notó que su madre no estaba allí, así que abrió el refrigerador y buscó algo que beber, lo primero que encontró fue un frasco de jugo de naranja abierto, así que lo tomó y le dio un sorbo largo para calmar un poco su sed, luego vio una porción de tarta de jamón y queso que había quedado de la noche anterior y su estómago le rugió, sin pensarlo un segundo más, la tomó y le dio un mordisco, su madre sin duda hacía las mejores tartas del mundo.

–Sabes que no debes comer frente al refrigerador, Jonny –el chico se sobresaltó y se dio la vuelta, buscando la procedencia de esa voz que ya conocía–. Y menos aún descalzo, ¿quieres que te agarre corriente?

Ante él estaba un jovencito con un poco menos de su edad, quince años, vestido con una campera de algodón azul con detalles rojos y un jean oscuro, su cabello era castaño claro y sus ojos eran negros, estaba de pie junto a la mesa redonda de vidrio que estaba en el centro de la habitación. Jonathan volvió a darse la vuelta y dejó la porción de tarta y el jugo dentro del refrigerador de nuevo y cerró la puerta, suspiró hondo y cerró sus ojos, intentando contenerse las ganas de contestar o de hacer algún tipo de comentario para iniciar una conversación. Estaba en su casa de nuevo.

Caminó por al lado del chico para poder atravesar la habitación y subir las escaleras con prisa y buscar a su madre, quizás se había ido a hacer las compras y podía estar tranquilo de "hablar solo" como solía llamarlo su padre, se ahorraría de dar explicaciones de nuevo sobre porqué hablaba solo y así no lo mandarían con un psicólogo de nuevo.

–¿Mamá, estás aquí? –preguntó el chico para luego entrar en la habitación de sus padres, pero al abrir la puerta vio que ella no estaba allí, iba a salir de la habitación cuando el chico se le apareció enfrente suyo y tuvo que dar un paso hacia atrás del susto–. ¡Ah, maldición!

–Tienes una boca bastante sucia, ¿sabías? –sintió que le dijo el chico sonriendo lascivamente, sin moverse de la única salida de la habitación.

Jonathan no dijo nada, sólo observó al chico que estaba con él allí de nuevo, persiguiéndolo por toda la casa como solía hacerlo a diario, a veces detestaba ser él, detestaba ver las cosas que veía, si por lo menos los demás la vieran...

–¿Por qué estás tan callado, Jonny?

–Si te gusta estar entre los vivos, bien, si te gusta perseguirme, también puedo aceptarlo, pero no busques que te hable, Gabriel –Jonathan caminó hacia él y buscó pasar por la puerta, pero el chico no se movió y lo agarró de los brazos con fuerza.

–¿Ya no soy tan importante para ti, verdad?

Jonathan buscó soltarse del chico pero éste empezó a ejercer más fuerza y empezó a sentir calor en los brazos, de repente el aire se volvió pesado y comenzó a aplastarle el pecho, observó a su alrededor y sintió que las cosas se movían. ¿Por qué simplemente no podían dejarlo en paz?

–¿Sabes cuántas horas faltan para las doce?

–Sí, ya lo sé. Gabriel, no hagas esto...

–¿Hacer qué? –el chico se le acercó y lo acorraló contra la pared con su cuerpo, Jonathan desvió la mirada de él cuando sintió que su rostro se le acercaba y sintió su aliento en su cuello, su boca húmeda comenzó pegarse lentamente a su piel, cerró sus ojos con fuerza sintiendo que se le iba el aire.

–¿Jonny? –oyó que la voz de su madre lo llamó desde el pasillo y su corazón comenzó a latir con fuerza, con miedo de que su madre le hubiera escuchado.

Se soltó del chico con un brusco movimiento y salió apresuradamente de la habitación, encontrándose a su madre a mitad del pasillo, avanzando con cautela guiándose de las paredes.

–Aquí estoy –indicó Jonathan cerrando la puerta tras de sí aún algo nervioso y agitado, viendo a su madre acercarse a él–. ¿Cómo estás?

–Bien, hijo, ¿qué tal la escuela? –su madre se acercó y lo tomó del rostro con ambas manos para acariciarle las mejillas con sus dedos pulgares y luego darle un beso pequeño en la frente.

–Normal, supongo –le contestó encogiéndose de hombros. Su madre sonrió y le acarició el cabello.

–Estás más alto, Jonny.

El comentario de su madre era de esperarse, su madre por lo general siempre tendía a analizarlo cada día, a veces incluso buscando lastimaduras, como si aún fuera un niño pequeño que jugando se lastimaba los brazos y las piernas, aunque debía admitir que esas cosas seguían ocurriéndole, aunque no por andar jugando como un niño, sino porque tenía a diario eventos desafortunados con cosas que nadie más podía ver o entender. Quizás aun seguía tratándolo como un niño, pero le gustaba la calidez con la que lo hacía, porque podía sentir ese cariño que intentaba expresarle.

–Ya sé que me quieres, pero no es necesario que me mientas –bromeó el rubio y su madre enmarcó su sonrisa–. Ya sé que soy un enano.

–No es mentira y no eres un enano, hijo.

–Mamá, si vieras a mis compañeros de clase, no tendrías más remedio que admitir que soy enano –Jonathan comenzó a sonreír y tomó a su madre del brazo, para comenzar a bajar la escalera junto con ella, lentamente–. Incluso los que están un curso menos que el mío me pasan, hoy hablé con un chico del 1º A que me llevaba una cabeza, eso es ser enano.

–Ay, no te preocupes, tienes tiempo hasta los veintiuno.

–Me vienes diciendo eso desde que tengo trece... ¿Sabes? Voy a empezar a dejar de creértelo.

Su madre rió y Jonathan continuó sonriendo, le agradaba mucho hablar con su madre, con ella era fácil hablar, a diferencia de lo que sucedía con su padre, que siempre tenía algún reproche para hacerle.

–Bueno, ayúdame a ordenar las cosas que traje del mercado y luego ponte a hacer tus deberes, ¿de acuerdo?

Jonathan asintió y comenzó a ayudarla con las bolsas de papel que había traído del mercado, mientras sentía la vigilante mirada de Gabriel tras su nuca.

–––

Se desperezó lentamente mientras daba un gran bostezo, observó el reloj de pared que estaba cerca de la televisión y notó que ya eran las diez y cuarto de la noche, inconscientemente observó el teléfono blanco inalámbrico que estaba cerca del amplio ventanal que daba hacia el patio trasero de la casa. Quizás lo mejor sería acostarse temprano, ¿qué pasaría si no atendiera el teléfono, por al menos una vez? Quizás primero tendría que preguntárselo a Jonathan, por si algo malo pasaba... Bueno, ¿qué era lo malo que podía pasar? ¿Qué se le presentara? Rogaba que no, no le gustaba la idea, le espantaba. Él siempre había sido un cobarde con esas cosas, si con las películas de fantasmas lo era, en la vida real de seguro tendría un infarto. Sólo por si acaso, se aseguraría de dejar la puerta de su habitación abierta por si tenía que echarse a correr.

Apagó la televisión que estaba viendo para ir hacia su habitación y se colocó su pijama, luego se dirigió al baño a orinar y lavarse los dientes, cuando estaba en pleno proceso, sintió que el teléfono comenzó a sonar. No pudo evitar detener el movimiento de su cepillo de dientes dentro de su boca y mirar hacia la puerta de entrada al baño, ¿lo atendería o no? Quizás dejaría que atendiera Julio, que ya prácticamente le acosaba con saber quién era que llamaba todas las noches a esa hora, porque cada vez que sonaba, él iba corriendo a atenderlo para que nadie más lo hiciera, así se quitaría las dudas de una vez por todas y dejaría de molestarlo diciendo que era su novia. Aunque quizás no era bueno, ¿y si escuchaba algo? ¿Y si se daba cuenta de lo que sucedía? Peor aún, si tenía que explicarle.

Se enjuagó la boca y se la secó con la toalla colgada a un costado del lavabo y se apresuró a atender, mejor mantener el secreto lejos de todo el mundo hasta que Jonathan lo ayudara, pero cuando llegó a la sala, Mariana, la mujer de su padre, ya había atendido.

No cabía más terror dentro suyo porque estaba repleto, la delgada mujer vestida con su característico pijama celeste, continuaba insistiendo con su "hola" mientras en su rostro veía las facciones de la confusión, quizás estaba escuchando algo extraño, quizás no escuchaba nada, ¿y si mejor se iba a acostar y ya? Mariana colgó el teléfono y su padre se acercó desde la otra entrada también vestido con su pijama para irse a dormir, mirando con curiosidad la situación.

–¿Quién era? –Gonzalo escuchó en su interior el llamado para retirarse de la escena, pero antes de eso escuchó la respuesta de Mariana.

–No lo sé, no hablaron. ¿No era el llamado que siempre solías atender, Gonza? –el aludido se detuvo a mitad de camino y observó a la mujer de ojos claros y luego a su padre, que le miraba con el ceño fruncido.

–Eh... No.

–¿No? –preguntó Julio con incredulidad.

–No pidió por mí, ¿verdad? –Mariana negó con su cabeza un par de veces moviendo sus rizos oscuros por un momento y Gonzalo se encogió de hombros para seguir caminando–. Entonces no era para mí...

El teléfono comenzó a sonar de nuevo, y asustado otra vez, Gonzalo lo observó, antes de que siquiera pudiera irse, Mariana lo atendió otra vez. Nuevamente, tras varios "holas" iba a colgar, pero su padre lo tomó antes y se lo llevó al oído.

Gonzalo sabía que tenía que irse a su habitación, porque tanto el rostro de Mariana como de Julio no le alentaban a creer que lo que seguía era algo bueno, pero sus pies se negaban a moverse. ¿Había llamado dos veces? Si no lo atendiera en toda la noche, ¿estaría llamando toda la noche? Una imagen horrible se le apareció en la mente del accidente, el ruido de las ruedas frenando en el pavimento y los vidrios rompiéndose lo sobresaltaron y la sangre roja saliendo de su madre saliendo del automóvil azul que solía manejar, le desagradó a tal punto de tener la sensación de poder olerla. No entendía por qué esa imagen apareció en su cabeza, él no había sido testigo del accidente, ¿por qué comenzaba a torturarse imaginándolo? No, definitivamente tenía que irse a su cama y dormir. Dio media vuelta y caminó con rapidez hasta su habitación, intentando huir.

–¡Gonzalo!

Que le gritaran su nombre no había hecho más que hacerle dar un pequeño respingo, de nuevo tenía el corazón atravesado en la garganta. ¿Por qué, por qué tenían que pasarle esas cosas a él?

–Gonzalo, no te vayas que es para ti –no era eso precisamente lo que el estudiante quería escuchar, quizás hasta había preferido que le pidiera explicaciones por el llamado, porque si sabía que era para él, significaba que...

–¿Te pidieron por mí?

Y Julio asintió con su cabeza que había sido así.

–––

Observó su reloj una vez más, ya casi eran las tres y media, si Gonzalo no aparecía en los próximos diez minutos se iría. Se rascó la nuca en un acto reflejo que tenía desde niño, observó hacia ambos costados para ver si el chico se aparecía, pero no lo veía por ningún lado, sólo se encontró con el mismo viejo de la otra vez, sentado en el mismo lugar y con la misma ropa...

–Mientras no me veas y sigas en tu propio mundo, estará todo bien.

Jonathan suspiró hondamente y se abrió el botón de la manga de su camisa, se la echó hacia atrás y se miró la marca roja con forma de una mano que tenía en el antebrazo. Comenzaba a preguntarse si había algún tipo de remedio para lo que era, como si se tratara de una enfermedad. El que "tipos extraños" le persiguieran todo el rato era muy frustrante, nunca tenía un momento de paz, nunca podía estar completamente solo que alguien se le aparecía. ¿Qué haría cuando fuera un adulto, andaría por su trabajo perseguido por fantasmas? Comenzaba a desalentarse profundamente acerca de su futuro, de seguro no podría ser nunca una persona normal.

–Hola, siento llegar tarde –escuchó una voz decirle a su lado, escondió la marcado de su antebrazo y levantó la mirada para encontrarse con un agitado Gonzalo que buscaba recobrar el aliento tras una aparente maratón. Jonathan no pudo evitar sonreír al verlo apoyarse sobre sus rodillas y buscar calmar su respiración.

–Hola. Tienes suerte, estaba por irme...

–Lo siento, es que unos hermosos compañeros de mi curso tuvieron la genial idea de hacerme una broma antes de salir –dijo Gonzalo con sarcasmo y luego levantó la vista hacia él, en ese instante Jonathan pudo notar con claridad que ese chico no había dormido, o bien, sólo había sido por un par de horas. Se hizo a un costado y el otro chico se sentó a su lado para luego suspirar hondamente.

–Un día difícil, ¿no?

–Un día sería superable, ya un mes es insoportable –comentó el otro aún intentando normalizar su respiración, Jonathan sonrió sin saber porqué exactamente, él tampoco había tenido una buena noche como para sentirse más afortunado–. Aunque, bueno... ahora estoy un poco más animado de saber que es probable que todo esto acabe pronto.

Gonzalo observó al chico que estaba sentado a su lado con atención esta vez y pudo darse cuenta que no había sido el único que no había dormido bien, él era más pálido, y las ojeras debajo de sus curiosos ojos se le remarcaban más, estaba despeinado y estaba sentado encorvado, como si estuviera cansado.

–¿Estás bien? –la pregunta quitó a Jonathan de sus pensamientos y lo observó entre asombrado y confundido, un ser humano, y completamente vivo, que no lo conocía en absoluto, se preocupaba por él. Eso no ocurría todos los días–. Es que estás muy pálido.

–Yo siempre estoy pálido –rió el otro–. Y siempre tengo ojeras, así que no te guíes de mi apariencia.

Gonzalo se sintió un poco incómodo y se frotó las manos, dejando de mirar al chico y centrándose en un pequeño arbusto que había frente a ellos.

–Bueno, ¿ha vuelto a llamarte anoche? –Gonzalo asintió con su cabeza un par de veces sin dejar de mirar el arbusto.

–Sí, pero pasó algo muy extraño –el estudiante se apoyó sobre sus rodillas inclinándose hacia adelante con un evidente estado nervioso y observó al otro–. No la atendí, la atendió mi madrastra pero colgó al no escuchar nada, luego llamó otra vez, la atendió mi padre... y pidió por mí.

Un grupo de niños con uniformes de jardín de infantes pasaron corriendo frente a ellos gritando y jugando, seguidos de una madre que les ordenaba que no cruzaran la calle, Jonathan los observó un momento y luego volvió su vista hacia Gonzalo.

–¿Dijo tu nombre y tu padre la escuchó? –el chico de cabellos oscuros asintió repetidas veces con movimientos cortos de cabeza, luego volvió la vista hacia el arbusto frente a ellos–. ¿Te dijo algo cuando la atendiste? Porque la atendiste, ¿verdad?

–Sí, la atendí porque tenía miedo que llamara toda la noche, se apareciera por ahí o algo así –Gonzalo se rascó el cuello nervioso y luego cerró sus puños–. Me habló... por primera vez escuché su voz luego del accidente.

Jonathan esperó a que siguiera hablando, pero Gonzalo parecía más aterrado que un gato callejero al ver una jauría de perros al otro lado de la calle, así que tenía que preguntarle.

–¿Y qué fue lo que te dijo?

–"Gonza, no te olvides de cerrar la puerta con llave cuando te vayas a acostar".

El rubio observó al chico del 1º A levantarse y empezar a caminar de un lado a otro frente a él, llevándose la mano derecha a la boca y presionándosela contra el rostro, friccionándoselo como si aquello que había dicho le hubiese lastimado las labios al hacerlo, sus ojos cafés se pusieron vidriosos y de inmediato entendió que estaba demasiado conmocionado como para poder calmarse. Lo comprendía a la perfección, porque sabía lo que era escuchar por primera vez a esa persona que crees muerta y que nunca volverías a escuchar, aunque en su caso, también había tenido que verla. Lo que no comprendía, porqué de repente podía oírla, cuando nunca antes se había manifestado así, quizás estaba con más energía ante un Gonzalo que comenzaba a creer en lo que sentía, porque antes seguramente creía que todas esas cosas eran producto de su imaginación o que simplemente estaba loco. La pregunta más importante era hasta dónde llegaría su madre.

–Ella... ella siempre me decía eso –balbuceó el chico que se había detenido un momento para mirarlo a Jonathan y volvió a caminar de un lado a otro–. Siempre me lo decía cuando me llamaba, cuando estaba por colgar. Porque yo siempre solía olvidarme la puerta que daba a la calle sin llave.

–Bien, intenta calmarte, aunque te suene imposible en este momento –Gonzalo se sentó a su lado, aún nervioso y sin dejar de mover los pies un solo segundo–. Intenta recordar que no te hará daño, ¿de acuerdo? No quiere lastimarte, todo lo contrario. Sigue siendo esa madre cariñosa y protectora que solía serlo en vida.

El chico de cabellos oscuros suspiró hondamente y cerró sus ojos, deteniendo el nervioso movimiento de sus pies, se apoyó sobre sus rodillas y se llevó las manos al rostro.

–Pero aún así, todo esto es aterrador. ¡Mi madre está muerta, ¿cómo puede aún llamarme por teléfono?! –Jonathan sonrió y pensó en ponerse serio al ver que Gonzalo lo observaba con miedo y exasperación, pero no tenía sentido ponerse serio con él, sólo lo asustaría. Primero tenía que ayudarlo a asimilar el nuevo mundo, hacer que dejara de tenerle tanto miedo y recién ahí podrían preocuparse por el hecho de hablar con su madre.

–No lo entenderemos porque estamos vivos, cuando moramos, quizás lo entendamos –su respuesta no lo dejó convencido y Gonzalo se removió en su asiento incómodo, entonces Jonathan se puso en pie, acomodándose su morral negro al hombro–. Mientras, podemos intentar hacer algo para que dejes de tener tanto miedo y podamos seguir adelante.

–¿Eh?

–Ven, levántate, vamos a dar una vuelta.
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