Capítulo 1: Acudiendo a "sombra"
by Evan on Nov.22, 2009, under
Los días son difíciles y largos cuando no te acostumbras a
pisar un suelo tan extraño a pesar del tiempo, cuando ves muchos rostros que se
conocen entre sí pero a ti no te identifican y tú no los identificas a ellos,
cuando crees que todo el mundo te ve como un bicho raro o que estarán a punto
de gastarte una broma pesada de la cual no podrás escapar. Así eran las cosas
para Gonzalo Morán, que acababa de terminar su segunda semana en una escuela
secundaria nueva, en su nueva cuidad, en su nueva vida, tras mudarse de su
pequeña casa en donde vivía con su madre hacia la enorme casa de su padre, su
medio hermano y Mariana, su madrastra.
Lo peor no era que sólo extrañaba a su madre, sino a su
casa, sus amigos y hasta a sus vecinos. La vida era demasiado injusta, su madre
había muerto en un accidente de tráfico aún no esclarecido y su tía Luisana no
había podido cuidarlo en su casa más tiempo de tres semanas para poder seguir
en su propia vida, con sus amigos y demás, o al menos eso había dicho. Ahora
tenía que vivir con su padre y eso le fastidiaba, nunca había sido muy allegado
a él y no estaba seguro de poder serlo ni siquiera ahora que se veía obligado a
intentarlo. Gonzalo tenía más que claro que los problemas no tardarían en
llegar, no solo porque su humor no era el de antes, sino porque su padre le
desconocía y ahora intentaría conocerlo, como si tuviese oportunidad para
hacerlo, completamente inconsciente de que esa oportunidad ya la había perdido
hacía muchos años atrás.
Gonzalo terminó de recoger sus libros y guardarlos en su
mochila, para cargársela al hombro y salir de la clase junto con sus demás
compañeros, que estaban absortos en su propio mundo, hablando entre sí sobre
cosas que no entendía... la vida de la cuidad era muy diferente a la del campo.
Recorrió los pasillos esquivando alumnos que caminaban como si él no existiera,
chocándolo, empujándolo, riéndose demasiado alto con sus voces agudas,
molestas, aceleradas. No le agradaba estar ahí, junto con todos esos estudiantes
vestidos igual que él, ¿por qué tenían que usar uniforme? ¿Por qué la gente de
alrededor tenía que distinguirlos como estudiantes de esa escuela ni bien
posaran sus ojos sobre sus cuerpos? ¿Por qué la gente debe uniformarse en la
vida, para clasificarse en un grupo y ponerse en un status? Eso nunca había
podido comprenderlo, nunca había podido entenderlo.
–¿Y, granjero? –sintió que dijeron a su lado y una mano se
apoyó sobre su hombro, descargando un peso considerable en ella. Gonzalo no
dejó de caminar rumbo a su nueva casa, pero no tuvo más remedio que buscar el
dueño de ese pesado cuerpo encima del suyo y se encontró con un chico castaño
no más alto que él, delgado y remarcadas cejas, con su característica sonrisa
de galán con la que tan popular se había hecho con las chicas, si mal no
recordaba, se llamaba Martín Pedrel–. ¿Estás adaptándote al ritmo de la cuidad
o todavía extrañas las vacas?
A su lado rieron un grupo de chicos que no se había
percatado que se habían colado en la curiosa conversación, que más parecía
sorna que un diálogo coherente entre dos personas. Siempre solían estar
alrededor de Martín, como si de moscas atraídas por el olor se tratasen, uno
era muy alto, de cabello oscuro y ojos claros, que no estaba muy lejos de reír
con la misma carismática risa de Martín, otro chico, por el contrario era bien
bajo, algo desalineado y bastante dejado, de cabello castaño oscuro y ojos
marrones, que era el que reía con una risa tonta y difícil de olvidar, lo que
se olvidaba fácilmente era de los nombres de todos. Gonzalo miró hacia el
frente para seguir caminando y obviar el malintencionado comentario de sus
orígenes, moviendo su hombro para alejar esa mano de su hombro.
–Eh, no era para que te pongas así, hombre. ¿Qué no tienes
sentido del humor? –Gonzalo frunció el entrecejo fastidiado aún más por ese
último comentario, mientras continuaba caminando, hasta que Martín se le colocó
enfrente y le obligó a detenerse–. ¿Qué no hablas nunca? Estamos intentando
integrarte al grupo ya que parece que eres incapaz de hacerlo tú solo, ¿no lo
captas?
–¿Y para qué querría integrarme a algún grupo? Estoy bien
como estoy. Gracias –Gonzalo se apresuró a pasar por un costado y dejar a esos
chicos atrás, ignorando comentarios y murmullos a su alrededor, apresurándose
lo suficiente para evitar cualquier tipo de problemas.
Bajó las escaleras y salió del edificio, cuando por fin se
vio libre, caminó por las calles de la ciudad, intentando que ningún automóvil
o una persona lo aplastara por el camino de regreso a casa, aunque al ver ese
hermoso y pequeño parque que estaba a tan solo doce cuadras de su escuela, no
pudo evitar detenerse en él un momento.
Aquel lugar, aunque entre medio de todo el caos callejero,
era lo más cercano que había encontrado al campo en ese mes de estadía allí. Le
agradaban los árboles, las estatuillas en homenaje a los soldados caídos en la
última guerra de 1990, la iluminación tenue del lugar y la decoración que le
habían puesto a cada banca de allí. Desde que lo había encontrado, no podía
evitar detenerse y sentarse allí, para descansar un poco de todo ese estrés que
le estaba torturando, la escuela y el avanzado grado de concentración que le
exigía en cada día, para poder ponerse al corriente del grado de estudio de los
demás, la familia lejana que tenía y ahora la tenía a diario, sin saber nada
sobre ellos y sin deseos de tenerlos cerca, del recuerdo de su madre que, como
cada noche, llamaba por teléfono y eso le angustiaba. No comprendía cómo el
destino era capaz de girarse sobre sí mismo y transformar una vida en otra,
modificarla a tal grado de estropearla y torturarla.
Suspiró agotado mientras miraba sus zapatos oscuros un
momento, no tenía más remedio que afrontar todo aquello, pues la vida seguía,
por más que se transformara, por más que otras vidas acabaran, la suya seguía
en pie y era su deber continuar escribiendo su propia historia, su propio
futuro. Levantó su vista y buscó a aquel chico que siempre solía ver en esa
pequeña plaza y ya estaba allí sentado, donde siempre, debajo de una estatuilla
en un homenaje a algún soldado o general. Por su uniforme, había podido notar
que asistía a su misma escuela, pero eso sólo había podido saber por sí mismo a
simple vista, el resto lo supo de los demás a medida que el tiempo fue pasando.
Ese chico, que ahora se la pasaba mirando el piso sentado a en una banca
situada debajo de la estatuilla, se llamaba Jonathan Lozano y era el apodado
"sombra", del cual se rumoreaban miles de cosas sobre él, cosas que
iban desde que veía fantasmas, que era un brujo y practicaba magia negra, que
si te metías con él, algo horrible te pasaba al otro día, hasta cosas como que
su padre experimentaba con él y por eso estaba tan loco.
Era un muchacho rubio y de baja estatura, de seguro le
llevaba una cabeza con facilidad, su piel era blanca como papel, y tenía la
particularidad de tener un ojos de distinto color entre sí, uno azul y el otro
de color miel, según decían era una enfermedad de la cual ya había olvidado su
nombre, pero no era eso lo que lo atraía de él, sino el querer saber si era
verdad alguno de todos esos rumores, porque si así era y si concordaba con lo
que él necesitaba, de seguro podría ayudarlo en su problema. Aunque aún tenía
el inconveniente de no saber cómo presentarse, lo que más le preocupaba era el
hecho de que le habían dicho que solía siempre tener mal humor, ser descortés y
bastante agresivo.
Ya había pasado un mes desde que estaba allí y cada vez que
iba a esa plaza después de clases, lo encontraba allí, así que tenía que por lo
menos intentar hablar con él, no era una obligación, pero más urgente era el
hecho de intentar arreglar ese "inconveniente" que tenía cada noche.
Una vez decidido, Gonzalo se puso en pie y comenzó a caminar
en dirección al chico que parecía estar sumergido en su propio mundo mirando
uno de sus pies. Una vez a su lado, carraspeó un poco su garganta para llamar
su atención, pero el chico no lo observó, así que lo intentó de nuevo y al
obtener el mismo resultado, decidió acercarse un poco más hasta estar a unos
pocos cuantos pasos de él, y éste alzó la vista. De inmediato, el extraño color
de sus ojos le hizo perder el hilo que se había armado en su cabeza para
intentar establecer un diálogo con él, su rostro frío y rígido le hizo poner un
poco nervioso, tenía facciones hermosas y armoniosas, seguramente podría
trabajar como modelo si lo quisiera, pero Gonzalo despejó esa ráfagas de ideas
por la primera impresión y se apresuró a hablar, porque el chico había
comenzado a fruncir el ceño ni bien le vio el escudo verde y azul con una
espada por encima y las palabras "Instituto Los Alpes" debajo de
éste, reconociéndolo como un integrante de éste y que posiblemente era como los
demás, que solo quería molestar.
–Hola, em... –empezó a decir algo nervioso y ya no tan
convencido de querer presentársele, el chico se quedó observándolo con cautela
e hizo una extraña mueca con su boca que en una céntima de segundos se aseguró
de borrar–. Me llamo Gonzalo Morán, voy a la clase 1º A del instituto Los
Alpes... ¿De casualidad eres Jonathan Lozano?
El chico sonrió socarronamente y desvió la mirada hacia su
frente, luego agarró su morral que estaba junto a sus pies y volvió a
observarlo.
–Sí, es fácil identificarme con los ojos que me dan
expresiones de locura, ¿no?–la seca y despreciadora forma de su voz gruesa le
incomodó, no sabía cómo le iba a preguntar las cosas si se ponía en esa actitud
tan defensiva, quizás había cometido un error en intentar preguntarle–. ¿Qué
quieres?
–No quería molestarte –se apresuró a contestar el chico–.
Sólo quería preguntarte si es verdad que puedes ver y hablar con los espíritus –ante
aquello, el rubio levantó la mirada hacia el más joven y lo observó con
cautela, no sabía de qué se las traía ese estudiante que nunca había visto en
el instituto, pero nunca nadie había sido tan directo con él de atreverse a
preguntarle como si nada sobre uno de los tantos rumores que se decían por ahí
de él–. Es que, verás...
El chico que se había presentado como Gonzalo y algo más, se
rascó la nuca y observó hacia otro lado, aparentemente incómodo o nervioso
sobre lo que quería hablar, le observó el cuerpo con más atención mientras
titubeaba y se dio cuenta que era muy alto, de seguro le llevaba una cabeza y
media, tenía el cabello demasiado negro y unos impresionantes ojos cafés, de
seguro era algún tipo de atleta por su espalda ancha y su bronceado tono de
piel. El chico balbuceó algo que no pudo entender y volvió a observarlo a los
ojos, se había llevado las manos a los bolsillos de su pantalón gris y desvió
la mirada al piso, donde pateó una piedra que había allí.
–No sé cómo decírtelo, la verdad... Es que si es cierto y no
solo un rumor que puedes verlos y todo eso, quizás podrías ayudarme con un
problema que tengo –terminó por decir el joven.
Jonathan continuó observándolo cuando el otro estudiante
levantó la mirada con algo de indecisión, luego de pensarlo un poco, se apartó
un poco para hacerle un poco de espacio para que el otro se sentara.
–Siéntate, si quieres y explicas tu problema. En cuanto me
entere que lo que me digas sea mentira y te ha mandado alguien para hacerme una
bromita, voy a hacerte ver a ti y a esos que algunas cosas que dicen de mí son
verdad –amenazó el rubio para entonces observar al otro, y éste, luego de dudar
un poco, se sentó a su lado.
–No es mentira lo que te voy a contar, nadie me ha mandado a
hablarte ni nada de eso, ni siquiera tengo a alguien para que me mande a hacer
bromas... –excusó Gonzalo, apesadumbrado–. Aunque si lo tuviera, tampoco lo
haría, no me gustan esas cosas de las bromas...
–Okay, ya entendí. ¿Hablarás de una vez o solo darás
vueltas?
Gonzalo suspiró, buscando un modo de organizar todos los
eventos de su cabeza para enseñárselos a Jonathan, que parecía muy tranquilo
apoyándose sobre la estatuilla.
–Bueno... Es que hace poco murió mi madre –comenzó a decir–.
Ella era enfermera y trabajaba mucho, por eso solía verla muy poco. En las
noches solía llamarme, a eso de las diez y media, para saber si estaba en casa,
si todo estaba en orden, si había comido bien, si ya me iba a dormir, cosas así
–Jonathan alzó su vista hacia el resto del parque, había gente que pasaba por
él, pero nadie se quedaba, nadie excepto un viejo apoyado en un bastón, sentado
en una de las bancas que estaba cerca de la esquina. Comenzaba a presentir esa
extraña esencia inconfundible, entonces miró al otro chico pero no halló nada
extraño en él–. La cuestión es que falleció hace poco más de un mes, y a donde
vaya, si hay un teléfono, a las diez y media, suena. Esa noche del accidente,
también sonó aunque nadie me contestó, según las pericias, para las diez y
media ella ya había fallecido.
–¿Te llama por teléfono?
–Sí. Es extraño, no importa si estoy en la casa de mi papá,
en la de mi tío, en la de un viejo amigo, en la calle o en un restaurante, un
teléfono suena y sé que es ella. Es como...
–¿Sólo eso tienes? –la pregunta que le interrumpió su relato
lo dejó entre ofendido y molesto, así que observó al muchacho junto a él e iba
a reprochárselo cuando éste empezó a hablar de nuevo–. Ya sé cómo son las
situaciones para normales, es una pérdida de tiempo que intentes explicarme
algo con lo que he convivido toda mi vida. Lo que más me interesa es si esas
situaciones perturban tu vida a tal punto que no te dejen existir.
Gonzalo decidió guardarse lo que tenía para decirle y se
puso a analizar su situación, no era que no lo dejara vivir, pero era algo que
le molestaba, porque luego de aquella noche, no pudo volver a ser él mismo y si
la situación seguía, seguramente no podría serlo nunca más. Bajó su vista hacia
el piso y se froto un poco las manos, comenzaba a tener frío.
–Puedo convivir con los llamados, no es algo que me moleste
realmente pues es sólo un teléfono sonando, sólo me incomoda. Lo que más me
perturba es que siento que me estoy volviendo loco con las cosas que se mueven
solas, los ruidos extraños y la sensación de que me están persiguiendo, pero
soy solo yo el que siente estas cosas. Creo que es ella, pero todo esto no me
gusta y quiero ser el que solía ser... no el Gonzalo que se siente paranoico y
no puede concentrarse en nada. Además, estar pendiente en todo momento de ella,
no me hace sentir bien. Por eso, cuando escuché los rumores de que veías y
hablabas con los espíritus, pensé que podrías ayudarme a liberarme del fantasma
de mi madre, quiero que descanse, y quiero descansar yo también.
–Entiendo tu punto –dijo el rubio tras un rato de silencio,
Gonzalo alzó la mirada para encontrarse con la de él–. Mira, yo no soy
exorcista ni soy una persona religiosa, solo veo lo que veo y escucho lo que
escucho, ¿okay? –aclaró Jonathan con calma, observando una banca vacía que
estaba cerca de la esquina–. No voy a decirte que la liberaré de estar atrapada
entre los dos mundos y esas cosas "extrañas" que te pasan
desaparecerán de tu vida, ni ninguna de esas cosas. Yo solo podré verla,
hablarle, escucharla y nada más. Si hay algo que aprendí de todas estas cosas
es que los espíritus se quedan estancados aquí por tres posibles razones.
Necesitan hacer o decir algo a alguien, no quieren irse o no comprenden que han
muerto.
–¿Crees que ella esté intentando decirme algo?
–No lo sé, no conozco tu relación con ella y tampoco cómo
falleció, pero si todas las noches se te presenta, supongo que será fácil
averiguar qué quiere.
Gonzalo se frotó las manos una vez más y observó el piso,
analizando las palabras del rubio con atención, no había pensado en la opción
de que su madre quizás estaba intentando decirle algo, pero no podía
escucharla.
–Nadie sabe cómo falleció exactamente –comentó Gonzalo
mirando un punto vacío, ensimismado en sus recuerdos. Jonathan lo escuchó con
cautela–. Bueno, sí se sabe cómo murió, fue en un accidente de tránsito,
pero... no se explica por qué ocurrió el accidente, si iba sola en una
carretera y no hay rastros de que otro automóvil la hubiese golpeado ni ninguna
otra cosa similar... El auto parecía haber chocado algo, pero no tenía la forma
de haber sido contra otro automóvil, no había rastros de sangre, así que no era
ningún animal ni ninguna persona...
–¿Y tu relación con ella?
–Nos llevábamos bien. Nos veíamos poco porque cuando yo me
levantaba, ella dormía, y cuando yo llegaba a casa, tenía que trabajar o ya lo
estaba haciendo. Pero siempre me llevé muy bien con ella, era toda la familia
que necesitaba...
Jonathan guardó silencio por un momento, buscando posibles
conexiones para relacionar la historia. No podía explicarse a sí mismo porqué
era que se había decidido a ayudar a aquel chico, siendo que ya había tenido
una mala experiencia con eso, quizás influía en el hecho de que el chico
parecía estar bastante perturbado y cansado, como si varias noches se la
hubiera pasado en vela.
–Sé que irrumpo en tu vida como si nada, pero la esperanza
de poder cambiar todo esto fue más grande que cualquier otra cosa que me ha
pasado, desde que llegué aquí. La verdad es que quiero ser el que era antes y
poder vivir sin estar pendiente si esta vez voy a escuchar algo al otro lado
del teléfono.
Jonathan no contestó y se rascó la cabeza, luego se colocó
su morral y se puso en pie.
–Voy a intentar ayudarte, pero te repito, no prometo hacer
que tu vida sea la de antes, pero si ver si es ella y si tiene algún mensaje
para ti, quizás es por eso que siempre te llama, ¿de acuerdo?
–Está bien, con eso es más que suficiente –dijo Gonzalo para
mirarlo a los ojos y ponerse en pie también–. No tengo mucho dinero, pero
conseguiré lo que me pidas por esto... o al menos eso intentaré.
–No necesito dinero por esto –aclaró Jonathan, se desajustó
un poco la corbata azul con rayas verdes de su cuello y se llevó las manos a
los bolsillos de su pantalón, al ver la expresión de incomprensión del otro,
decidió apresurarse–. No lo quiero porque no aseguro nada, y aunque así fuera,
tampoco lo pediría. No me gusta jugar con la vida de las personas –antes de que
Gonzalo hiciera algún tipo de comentario, Jonathan alzó su mano izquierda y
observó el reloj que llevaba en ésta–. No puedo ayudarte ahora porque tengo que
hacer otras cosas, pero mañana nos encontramos después de clases, ¿te parece
bien?
–Sí, genial... –Jonathan sonrió un poco y comenzó a alejarse
en reversa.
–Okay, entonces nos vemos mañana, aquí a las tres de
nuevo... eh, ¿Gonzalo, verdad?
–Sí, Gonzalo... Aquí a las tres –Jonathan dio media vuelta y
le hizo un gesto con la mano en forma de despedida, luego comenzó a caminar en
dirección contraria a la que tenía que ir él–. ¡Gracias!
Gonzalo se puso en pie y observó al muchacho irse, aún no se
creía que iba a ayudarle. No parecía ser lo que los rumores decían, ahora se
sentía tonto de haberse puesto nervioso al intentar hablarle. Se puso en pie y
comenzó a caminar en dirección opuesta a la del rubio, también con las manos en
los bolsillos y recordando las fotografías del accidente. No sabía por qué
había ocurrido ni tampoco si alguien algún día sería capaz de explicarle, pero
ahora era probable que pudiera saber porqué esas insistentes llamadas ocurrían
cada noche a las diez y media, como si ella todavía estuviera viva en algún
otro lugar.
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